Situaciones humillantes (II)

En la segunda entrega de este bonito tema dedi­cado a subiros la auto­es­tima voy a rela­ta­ros la que creo que es la situa­ción más humi­llante que he sopor­tado en mi vida. En este caso mi sub­cons­ciente y Freud me han trai­cio­nado y la anéc­dota en cues­tión no ha sido repri­mida y olvi­dada en absoluto.

Resulta que mi madre, lejos de ser una de esas per­so­nas super pro­tec­to­ras de sus reto­ños, era par­ti­da­ria de que los niños cuanto antes espa­bi­la­sen y apren­die­ran a apa­ñár­se­las solos mejor. Es por esto que cuando tenía 8 años le dio por man­darme 15 días en verano a una espe­cie de cam­pa­mento lla­mado colo­nia infan­til. Una colo­nia infan­til es un recinto con ins­ta­la­cio­nes como cam­pos depor­ti­vos, pis­cina, etc, donde varios cien­tos de niños enra­bia­dos de entre 8 y 12 años inten­tan con­vi­vir en base a la ley de la jun­gla. Es como los cam­pa­men­tos de idio­mas en Ingla­te­rra donde van los niños pijos, pero en mi caso, el cam­pa­mento estaba en Ronda y el idioma era el espa­ñol malagueño.

Con­tra todo pro­nós­tico, no me con­vertí en el mono de feria del cam­pa­mento e incluso me divertí allí. Mi madre con­si­deró que era posi­tivo para mi edu­ca­ción, dado que durante el curso yo ten­día al ais­la­miento social y a la inadap­ta­ción que pro­voca el hablar con las Bar­bies. Así pues, al año siguiente tocó repe­tir en el mismo sitio. Des­pués de los pri­me­ros días, reen­cuen­tros con las anti­guas ami­gas, anti­guos moni­to­res y todo eso, andaba yo en bikini una tarde por la pis­cina en unas horas libres que tenía­mos. No recuerdo qué pasaba por mi mente en esos momen­tos, pero algún motivo estú­pido pro­vo­cado por mi inex­pe­rien­cia me impulsó a tirarme en bomba a la pis­cina (ya sabéis, aga­rrando las rodi­llas en el aire). Des­pués de hun­dirme en las pro­fun­di­da­des de la pis­cina, decidí que era hora de tomar el sol, así que enfilé la esca­le­ri­lla y salí. Mien­tras lle­gaba a mi toa­lla me paré edu­ca­da­mente a salu­dar a unas cuan­tas cono­ci­das des­per­di­ga­das por el ces­ped, que me mira­ron con cara cier­ta­mente extraña y diver­tida. Con­ti­nué andando, escu­chando gri­tos de niños a mi alre­de­dor pero que obvia­mente no iban con­migo. Lle­gué, al fin, a mi toa­lla donde estaba mi amiga del cam­pa­mento ges­ti­cu­lando. Se me quedó mirando muy seria y me señaló el torso. Miré hacia abajo y dije “Tie­rra, trá­game, pero YA”. Había estado paseán­dome por medio ces­ped con la parte de arriba del bikini medio enro­llada en el cuello.

Al con­tra­rio que la mayo­ría de las niñas de 9 años, yo sí que tenía de lo que aver­gon­zarme. Os diré que fui una niña bas­tante pre­coz en mi cre­ci­miento y el resto lo dejo a vues­tra gua­rra ima­gi­na­ción. Al pare­cer, mi amiga había inten­tado adver­tirme desde lejos cuando salí del agua, pero a esa edad yo ya era miope per­dida y en la pis­cina no lle­vaba gafas.

A estas altu­ras de la vida, he apren­dido que tirarse en bomba con un bikini tipo top no es una idea bri­llante. Ni que decir tiene que des­pués de ese año no volví a pisar una colo­nia infantil.

Situaciones humillantes (I)

Este es un tema que siem­pre da mucho juego para escri­bir, sobre todo si la per­sona que lo escribe no se carac­te­riza por su des­treza y habi­li­dad. La natu­ra­leza ha que­rido que nunca me fal­ten anéc­do­tas de este tipo para con­tar. Ayer, sin ir más lejos, en el gim­na­sio me metí un buen chute de humi­lla­ción pública gra­cias a ese arte­facto ende­mo­niado lla­mado máquina de correr.

Lle­gué al gim­na­sio como siem­pre, cogí el iPod y la toa­lla y todas las cosas y me dis­puse a correr 11 minu­tos (que es lo que toca esta semana como parte de mi entre­na­miento de supera­ción per­so­nal para con­se­guir correr 20 minu­tos segui­dos sin que luego me ten­gan que intu­bar). Me subí en la máquina de correr, la encendí y se me ocu­rrió la estu­penda idea de prac­ti­car un poco de ale­mán durante la carre­rita. Resulta que tengo meti­dos en el iPod dos CDs de mi libro de ale­mán con los tex­tos, la pro­nun­cia­ción y todo eso, así que mien­tras corría me puse los auri­cu­la­res y apreté el play. El des­tino es capri­choso y quiso que el iPod tuviese puesto el volu­men al máximo des­pués de la última vez que lo usé con la radio de un coche. Un estruendo en ale­mán me atra­vesó los tím­pa­nos. En esos momen­tos sólo podía pen­sar en bajar el volu­men inme­dia­ta­mente, pero con los ner­vios y la pre­sión de una sor­dera pre­ma­tura no ati­naba con la dichosa rue­de­cita tác­til. Como ade­más estaba corriendo, el iPod al final se me res­baló de las manos, se soltó de los auri­cu­la­res sal­ván­dome de tener que lle­var audí­fo­nos el resto de mi vida y des­a­pa­re­ció de la cinta. Yo estaba tan des­con­cer­tada con todo que olvidé que me encon­traba sobre una cinta a 8 km/h y quise recu­pe­rar mi iPod del suelo, así que no sé por qué, me paré. Hacer eso y salir des­pe­dida hacia atrás fue todo uno. Tras­ta­bi­llé como pude casi apo­yando las manos en la cinta cons­ciente de que estaba haciendo el más abso­luto de los rídicu­los y gra­cias a que un ama­ble lec­tor de este blog se encon­traba en la cinta de al lado y paró la mía no acabé estam­pada con­tra las bici­cle­tas está­ti­cas del fondo.

Una ama­ble chica me trajo mi iPod de vuelta. Eché un vis­tazo alre­de­dor y vi a toda la gente del gim­na­sio (mucha gente a esa hora) mirán­dome con una expre­sión que no era pre­ci­sa­mente de preocupación.

El iPod afor­tu­na­da­mente salió ileso gra­cias a la funda de sili­cona que tiene puesta. Lás­tima que no ven­dan fun­das para el orgu­llo y la dignidad.

Los compañeros de piso

Los 4 años y medio que llevo viviendo en Sevi­lla me han dado la opor­tu­ni­dad de con­vi­vir con varia­dos espe­cí­me­nes y algu­nas for­mas de vida pri­ma­rias más cono­ci­das como com­pa­ñe­ros de piso. Ahora me gus­ta­ría com­par­tir todas mis expe­rien­cias con vosotros.

El pri­mer año que vine, siendo joven, incauta e igno­rante de la vida, com­partí piso con dos cha­va­les de mi pue­blo. A uno de ellos, Gosku, lo recuerdo como un gran com­pa­ñero de piso que nunca quiso impo­ner­nos su volun­tad mediante téc­ni­cas dic­ta­to­ria­les y al que nunca se le pudie­ron oir fra­ses como “¡esto no se pone ahí por­que no me sale de los cojo­nes!”, y que ade­más me deja tener este weblog en su hos­ting por la cara.

El otro, al que lla­ma­re­mos P., salió de mi pue­blo siendo lo que podría­mos lla­mar un chico sano, juga­dor de balon­cesto, no fuma­dor, inocente, amante de la bio­lo­gía… Dicha afi­ción le llevó a matri­cu­larse de 1º de Far­ma­cia. Influen­ciado, supo­ne­mos, por los per­so­na­jes que pobla­ban su facul­tad y alre­de­do­res, y vién­dose lejos del con­trol materno, P. me dio la posi­bi­li­dad de ver durante dos años el pro­ceso de deca­den­cia humana en todo su esplen­dor. Empezó pri­mero a no pisar las cla­ses, a vege­tar en el sillón viendo la tele y a leer de vez en cuando alguno de los libros que nos dejá­ba­mos por el salón. Este modo de vida lo sumió en el más abso­luto de los abu­rri­mien­tos. De ahí al con­sumo de dro­gas por apa­tía y a la dedi­ca­ción abso­luta a la mas­tur­ba­ción en sitios poco afor­tu­na­dos hay un pequeño paso que P. no dudó en dar.

Nues­tra diver­gen­cia de opi­nio­nes con el casero a pro­pó­sito del sofá y la ubi­ca­ción de la vivienda (pró­xima a las 3000) nos hizo aban­do­nar nues­tro pri­mer piso de estu­dian­tes y bus­car otro, de 4 dor­mi­to­rios (3 dor­mi­to­rios y 1 agu­jero en la pared). Como noso­tros éramos 3, nos vimos en la obli­ga­ción de encon­trar a alguien para que ocu­pase el zulo sin ven­ta­nas que nadie que­ría. Así fue como cono­ci­mos a R., com­pa­ñera de piso ejem­plar donde las haya, con la única pega de que su novio pare­cía mili­tar en las juven­tu­des hitle­ria­nas. Al prin­ci­pio sólo la mal­tra­taba psi­co­ló­gi­ca­mente a ella, cuando olvi­daba las lla­ves o no había estu­diado lo sufi­ciente, hasta que un des­afor­tu­nado día nos escu­chó a Jorge y a mí hablar refi­rién­do­nos a él como el pequeño dés­pota. Desde enton­ces nos declaró la gue­rra y estu­vi­mos sufriendo sus mues­tras de hos­ti­li­dad el resto de curso. Entre eso, la ame­ri­cana que se ins­taló en mi piso para ale­grarle la vida a Gosku y P. fumando peren­ne­mente en un sillón en la pipa de agua que se había fabri­cado con una bote­lla de agua Lan­ja­rón roñosa, ese año fue cuanto menos curioso.

Al aca­bar el curso mi vida dio un giro radi­cal y cam­bié de carrera, de piso y de com­pa­ñe­ros. Tres chi­cos fue­ron los afor­tu­na­dos. El pri­mero de ellos, mi amigo Juanjo, es todo lo que alguien que­rría como com­pa­ñero de piso: es el típico mani­tas, lo arre­gla abso­lu­ta­mente todo, desde la cis­terna a las per­sia­nas, desde la nevera a la mam­para de la ducha, no importa lo que sea­mos capa­ces de des­tro­zar. Ade­más, es un gran coci­nero, posee una Play Sta­tion 2 y es muy diver­tido, lo cual sirve para poder des­co­jo­nar­nos del resto de com­pa­ñe­ros cuando no están o cuando no nos escuchan.

El segundo de ellos, Miguel, ya ha apa­re­cido en algu­nos posts y no está ahora en mi piso. Todos los que cono­ce­mos a Miguel coin­ci­di­mos en que es un tipo pecu­liar. Fruto de su edu­ca­ción dis­persa (en Ando­rra, Cádiz, EEUU, cole­gio en fran­cés, inglés, espa­ñol…), sus esque­mas de razo­na­miento y cono­ci­miento no se corres­pon­den con lo nor­mal. Es capaz de estu­diar inge­nie­ría de tele­co­mu­ni­ca­cio­nes sin dema­sia­dos pro­ble­mas pero tro­pieza al relle­nar pape­les con pala­bras como “domi­ci­lio”, al inten­tar recor­dar los meses del año o el abe­ce­da­rio. Miguel vive ahora en un cha­let de estu­dian­tes en Madrid y estu­dia en una uni­ver­si­dad pija. Intento man­te­ner con él una corres­pon­den­cia regu­lar (irre­gu­lar por mi parte). Para que os hagáis una idea de sus excen­tri­ci­da­des men­ta­les, la pri­mera carta que me envió la mandó por Seur, des­pués de expre­sar su asom­bro por los ele­va­dos pre­cios del correo. Tras varios inten­tos des­cu­brió Correos, los sellos y los buzo­nes amarillos.

El ter­cer com­pa­ñero de piso, J.E.S.U.S. el robot cris­tiano, daría para varios posts de his­to­rias espe­luz­nan­tes, así que lo deja­re­mos para Hallo­ween o para cuando se olvide acci­den­tal­mente de que la esco­bi­lla del váter no es un adorno y des­pierte mis deseos de venganza.

Casi a punto de empe­zar el nuevo curso, Miguel anun­ció que nos aban­do­naba para ir en busca de una vida mejor. Para evi­tar la ruina enco­nó­mica, comen­za­mos a colo­car car­te­les para encon­trar un nuevo com­pa­ñero de piso. Con sep­tiem­bre empe­zado nues­tras expec­ta­ti­vas no eran muy bue­nas. Tras recha­zar a una fran­cesa robusta y a una ita­liana que sólo que­ría que­darse hasta febrero para des­gra­cia de Juanjo, ele­gi­mos a “La nueva”. Pro­ce­dente de un pequeño pue­blo del norte de Cór­doba y dis­puesta a estu­diar 1º de Indus­tria­les, el pri­mer día llegó con toda su fami­lia y sus esca­sas per­te­nen­cias. Como bue­nos com­pa­ñe­ros de piso, ade­más de lim­piar a fondo para que su madre pen­sase que dejaba a su hija en bue­nas manos, deci­di­mos hacer que se inte­grara un poco jugando todos una par­tida de Risk. Como “La nueva” des­co­no­cía los entre­si­jos del juego, no se nos ocu­rrió nada mejor que ponerla de pareja con J.E.S.U.S. La pobre nunca se recu­peró de aque­lla par­tida de casi 4 horas y no nos habló en todo el resto del curso. Se limi­taba a res­pon­der­nos con mono­sí­la­bos cuando le pre­gun­tá­ba­mos y a des­pla­zarse sigi­lo­sa­mente de la cocina a su habi­ta­ción. Comía con sus pro­pios pla­tos, cubier­tos y ser­vi­lle­tas, supongo que para no con­ta­giarse de nues­tras infec­cio­nes, y se piraba todos los fines de semana a su pue­blo. En una de sus ausen­cias la curio­si­dad nos pudo y entra­mos en su cuarto a ver si ave­ri­guá­ba­mos qué tipo de per­ver­sión se traía entre manos para ser así de extraña. Lo único que des­cu­bri­mos fue que tenía las pare­des total­mente recu­bier­tas de pós­ters, cual tinei­yer, de todos los ídolos juve­ni­les habi­dos y por haber, desde Fran Perea hasta Car­los Baute.

Durante un año, como bien defi­nió Jorge una vez, fue como si el 4º juga­dor de nues­tro piso hubiera sido la máquina. La última semana de curso vino a visi­tarla una her­mana y un tipo bas­tante alto que nunca supi­mos quién era ni qué tipo de rela­cio­nes (sexua­les) man­te­nían. Durante 7 lar­gos días vege­ta­ron los tres frente a la tele devo­rando todas las tele­no­ve­las que yo jamás ima­giné que ponían. Como “La nueva” no tuvo un año nada pro­ve­choso en pri­mero de indus­tria­les, deci­dió bus­car un futuro mejor en otra parte y tras esa semana se largó. Ni siquiera nos dejó lle­varla a la esta­ción. Creo que si ahora me la encon­trase por la calle se pon­dría a mirar algún esca­pa­rate fin­giendo que no me conoce.

Como ya venía siendo habi­tual, en junio nos pusi­mos a bus­car otra com­pa­ñera de piso para este año. Des­pués de un duro cas­ting que rea­li­za­mos entre Juanjo y yo, encon­tra­mos a Catie, yan­kee de pro. Pen­sá­ba­mos que podría­mos mejo­rar nues­tro inglés y todas esas cosas. El día que fui­mos a reco­gerla al aero­puerto no sabía­mos que está­ba­mos metiendo en nues­tro piso a una ver­da­dera arma de des­truc­ción masiva ame­ri­cana con la misión de no dejar ni un solo elec­tro­do­més­tico fun­cio­nando cuando ter­mi­nase el curso. La tía, en lo que va de año, ha des­tro­zado lo menos 6 o 7 cosas, ade­más de algu­nas de las que no nos habre­mos dado cuenta. Cada vez que se escu­cha un estruendo en algún lugar de la casa, Catie viene y dice su frase mágica: “Rosa, he rotado otra cosa en el piso” y noso­tros nos echa­mos a tem­blar por nues­tra fianza.

Así a bote pronto recuerdo que ha roto, desde prin­ci­pios de octubre:

  • La bati­dora. A juz­gar por como quedó la tapa, segu­ra­mente la tiró al suelo y la piso­teó con sus pode­ro­sos pies (la tía anda des­calza sin inmu­tarse por nues­tro asque­roso piso de estu­dian­tes, hasta por la cocina). Hay que decir a su favor que com­pró otra bati­dora casi igual que habría des­tro­zado nada más sacar de la caja, si Juanjo no llega a intervenir
  • La cerra­dura de la puerta, aun­que de esto tene­mos que atri­buirle parte del mérito a J.E.S.U.S. La broma nos costó 90€ de cerra­jero ade­más de un buen rato tira­dos en la calle sin poder entrar.
  • Un toa­llero, supo­ne­mos que el con­cepto de col­gar las toa­llas es dife­rente en Amé­rica. Allí implica apli­car una gran fuerza ver­ti­cal para que que­den bien colgadas
  • La gro­tesca taza más ancha que alta que la bisa­buela de J.E.S.U.S. le entregó en su lecho de muerte y que éste le había prohi­bido ama­ble­mente a Catie usar. Cuando Juanjo y yo vimos que Catie había olvi­dado la prohi­bi­ción y gol­peado dicha taza con una cuchara de helado hasta rom­perla, por poco nos mori­mos de la risa allí mismo.
  • La sand­wi­chera. Gol­peó con su hom­bro for­nido la balda de la cocina donde estaba colo­cada hasta tirarla al suelo donde reventó. Aún pudi­mos sal­var los leds de encendido.

Des­gra­cia­da­mente podré actua­li­zar esa lista durante el resto del curso. Qui­tando todo eso de rom­per cosas, la tía es gra­ciosa, sim­pá­tica y no es mala com­pa­ñera de piso. Es la coci­nera más nefasta que hemos visto nunca, prueba de ello son sus famo­sas cro­que­tas con­ge­la­das en el micro­on­das y su ali­men­ta­ción a base de tos­ta­das con Noci­lla (ya que aquí no tene­mos man­te­qui­lla de cacahuete), y tiene millo­nes de ami­gos de todas las nacio­na­li­da­des que inva­den nues­tro salón un fin de semana sí y otro también.

Por cierto, a todos los que aún vivís con vues­tros papás os reco­miendo que pro­béis la expe­rien­cia de com­par­tir piso, yendo de Eras­mus o en verano a tra­ba­jar a algún país o lo que sea. Ahora que ya no hay mili obli­ga­to­ria, hay que bus­car for­mas alter­na­ti­vas de cur­tirse en la vida.

A la tercera va la vencida

Un breve inciso en vues­tras vidas y mi aje­treada exis­ten­cia para infor­mar de que, des­pués de muchos ner­vios, sudor e incluso lágri­mas, un exa­mi­na­dor borde y cabrón ha mar­cado por error la casi­lla de Apto en mi ficha del exa­men prác­tico de conducir.

Mhahahahaha!!!!

Desñoñización

Vengo refle­xio­nando esta última semana sobre el aire ñoño que emana este blog y es algo que no me gusta dema­siado. Es cierto que desde hace un par de años mi per­so­na­li­dad cam­bió a ser un poco (bas­tante en oca­sio­nes) ñoña, pero ha lle­gado el momento de un nuevo cam­bio hacia la madu­rez. Puede que tenga que qui­tar a la oveja de la cabe­cera y los tonos rosas del tema. Es triste por­que es mi pri­mer dibujo con el Gimp, pero hay que ser dura. Aun­que… ¿real­mente la oveja de la cabe­cera es ñoña? ¿No tiene un aire refle­xivo y con­tem­pla­tivo, como de vuelta de todo? Y en cuanto a los colo­res del tema, ¿no son en el fondo un home­naje a mi nom­bre, un reflejo de mi ego?

Creo que lo dejaré todo tal como está, escri­biré cosas no ñoñas y cam­biaré mi per­so­na­li­dad (aun­que lo de ves­tirme de princesa/hada en Car­na­val sigue en pie, Miguel).

Pro­meto vol­ver en breve con posts más lar­gos y con más sus­tan­cia que las cho­rra­das éstas.

The Queen of Dance Floor

La vida real (léase exá­me­nes y tra­ba­jos de febrero) me man­tiene muy ocu­pada estos días, pero que­ría ense­ña­ros mis dos últi­mos rega­li­tos de reyes, por cor­te­sía de Juanjo, que parece que aca­para esta sección.

El pri­mero está des­ti­nado a amar­gar la vida de los veci­nos de abajo, sobre todo teniendo en cuenta lo que somos capa­ces de viciar­nos en mi piso cuando hay alguna ton­te­ría nueva como ésta:

Alfombrillas de dance dance revolution

Ver­nos a Juanjo y a mí bai­lando “You Sexy Thing” de Hot Cho­co­late en las cosas esas es algo que nadie se puede perder.

El otro regalo viene a engro­sar el mon­tón de cosas fri­kis que acu­mulo por las estan­te­rías de mi cuarto.

Mario por delante

Mario por detrás

Ah, y tam­bién está hecho a mano. Se ve que Juanjo era un asi­duo de Art Attack! y de Bri­co­ma­nía y ahora cana­liza su crea­ti­vi­dad en rega­li­tos y en arre­glar la cis­terna y todo lo que Catie des­troza de nues­tro piso.