#TuentiChallenge3

Ya ha ter­mi­nado la ter­cera edi­ción de nues­tro par­ti­cu­lar cha­llenge. Cuando empe­za­mos a pre­pa­rarlo hace unos meses yo tenía bas­tan­tes dudas sobre si sal­dría bien, si sería decep­cio­nante com­pa­rado con los dos ante­rio­res… Com­pa­ñe­ros que habían sido clave en años ante­rio­res ya no esta­ban y yo había here­dado, por así decirlo, la batuta de organizador.

Y ahora, cuando la final con bar­ba­coa, fiesta y vier­nes de reunio­nes y entrega de pre­mios con resaca ya han pasado, pode­mos afir­mar que ha sido una expe­rien­cia genial. No sólo ha salido todo media­na­mente bien, si no que me ha devuelto gran parte de la moti­va­ción y la ilu­sión en lo que al tra­bajo se refiere. Tam­bién ha ser­vido para recor­dar por qué estoy tan orgu­llosa de tra­ba­jar aquí y la suerte (y el honor) que es hacerlo junto a unos com­pa­ñe­ros como los míos. Este año más gente ha cola­bo­rado poniendo pro­ble­mas que molan un mon­tón y pro­bán­do­los para que todo saliera más o menos bien.

La semana del con­curso (del 29 de abril al 7 de mayo) fue un estrés en la que, con la ines­ti­ma­ble ayuda de Jorge, hice de sysad­min, sup­port y com­mu­nity mana­ger las 24h. A pesar de las cosi­llas malas ha mere­cido total­mente la pena. Para quien tenga ganas de echar­les un vis­tazo a los pro­ble­mas de esta edi­ción e incluso inten­tar­los, están dis­po­ni­bles por aquí. Hay uno con claro sello ovino, algu­nos de segu­ri­dad muy diver­ti­dos y uno en con­creto que supera todas las acep­cio­nes de la pala­bra awe­some.

Un festiBal con B, una casa del lector y un día internacional de los museos

Es cierto que desde que vivo en Madrid he dejado la bici bas­tante de lado, más que nada por­que casi todo me pilla cerca cami­nando y a pie es mucho más fácil subir y bajar las cues­tas de Lava­piés, La Latina y Mala­saña. Pero sigo teniendo mi bici, mi casco y no he per­dido ni un ápice de inte­rés por todo el mun­di­llo de las dos rue­das y el ciclismo urbano, y supongo que cuando mi situa­ción actual cam­bie vol­veré a usar la bici como trans­porte habi­tual. Por eso, des­pués de lo mucho que me gustó su pri­mera edi­ción el año pasado, no podía per­derme la nueva entrega del Fes­ti­Bal con B de bici en Mata­dero Madrid.

FestiBal con B de Bici
FestiBal con B de Bici

Bici­cle­tas everyw­here, tam­bién en libros y cua­der­nos

Este año estaba genial, incluso con el frío y la llu­via que insis­ten en apa­re­cer por Madrid en mayo: música estu­penda, el carrito de Toma Café (que no se pierde ni un sólo sarao cool), cate­ring de Oli­via te cuida, talle­res de Peseta, una bici­li­cua­dora para hacerse zumos, pues­tos con cosas súper boni­tas y sobre todo bici­cle­tas por todas par­tes. Más fotos chu­lis del fes­ti­Bal por aquí.

Zumo a pedales
Zumo a pedales

Zumos a peda­les en la bici­li­cua­dora by Cicla­Lab

Apro­ve­chando la visita me pasé tam­bién a ver las nue­vas expo­si­cio­nes en La Casa del Lec­tor. No he hablado en el blog de este espa­cio, que se inaguró hace varios meses y está dedi­cado exclu­si­va­mente a los lec­to­res, con expo­si­cio­nes, espa­cios para leer, acti­vi­da­des cons­tan­tes, clu­bes de lec­tura o un sis­tema de prés­tamo de kind­les. Creo que es lo que más me gusta de Matadero.

Exposición Lecturas de Cabecera

Expo­si­ción Lec­tu­ras de Cabe­cera en la Casa del Lec­tor

Para ter­mi­nar de expri­mir el sábado, al salir de la expo­si­ción me mar­ché para el Thys­sen, gra­tis con motivo del Día Inter­na­cio­nal de los Museos. Alguien me diría que no era el mejor día, puesto que cuando lle­gué la plaza de Nep­tuno estaba ya com­ple­ta­mente tomada por los hin­chas del Atleti y acor­do­nada por la poli­cía. Sin embargo, aun­que el fút­bol ni me va ni me viene, me anima el ambiente fes­tivo y de cele­bra­ción. El bro­che al sábado, por raro que parezca, lo pusie­ron un par de hori­tas en la ofi.

Libros camino de la azotea

Desde que vol­vi­mos de Japón he estado bási­ca­mente habi­tando la ofi­cina (es otra vez esa época del año) y tra­tando de dis­fru­tar los cam­bios de tem­pe­ra­tura y el mon­tón de pla­nes dis­po­ni­bles. Por supuesto, eso implica dejar de lado otras cosas como escri­bir aquí a pesar de que había cogido algo de carre­ri­lla durante el viaje.

Sin embargo, hoy no podía dejar de escri­bir como ya hice el año pasado, con motivo del Día del Libro. Tengo ganas de que el 23 de abril caiga en sábado para poder par­ti­ci­par en más acti­vi­da­des de los cien­tos que hay orga­ni­za­das en Madrid un día como éste. A la hora de comer me escapé rápido para ver los pues­tos que algu­nas de mis libre­rías favo­ri­tas habían mon­tado en la Plaza de Callao. Por la tarde sólo tenía­mos tiempo para hacer algo corto a par­tir de las siete, así que el Círculo de Bellas Artes era el can­di­dato per­fecto. Por supuesto, tenía que mar­car el día de hoy con un plan bien cultureta-gafapasta.

Tenía muchas ganas de ver la estu­penda expo­si­ción de Elmyr de Hory, el famoso fal­si­fi­ca­dor de cua­dros al que Orson Welles dedicó un docu­men­tal, F for Fake. De temá­tica más rela­cio­nada con los libros, estaba el bonito mon­taje Biblio­teca de Babel XI y tam­bién había una sala en la que tenía lugar una lec­tura con­ti­nuada del Qui­jote durante 48 horas.

Biblioteca de Babel
Biblioteca de Babel

Biblio­teca de Babel XI en el Círculo de Bellas Artes

Para ter­mi­nar con la visita, la subida obli­gada a la azo­tea para admi­rar el cielo de Madrid que, me aver­güenza reco­no­cer, toda­vía no había visto desde allí.

Últimos días en Tokyo

Los últi­mos días en Tokyo los hemos dedi­cado a relle­nar los hue­cos pen­dien­tes de nues­tra lista, de la guía Tokyo Encoun­ter de Lonely Pla­net y a hacer cosas que no nos había dado tiempo antes o que nos ape­te­cía repetir.

Pre­cio­sos jar­di­nes pasa­dos por agua y Super Potato

El miér­co­les tenía­mos pla­neado ir por la mañana a los jar­di­nes Kois­hi­kawa Kora­kuen, que nos había­mos sal­tado al prin­ci­pio, y eso hici­mos. Craso error, por­que estuvo llo­viendo cada vez más fuerte desde que sali­mos del hotel y lo que habría sido una visita bas­tante chula por­que los jar­di­nes eran pre­cio­sos, se con­vir­tió en un asco de mañana. Para com­pen­sar un poco, secar­nos y entrar en calor nos fui­mos a Akiha­bara a comer unagi y a bus­car la tienda de Super Potato, que nos había­mos sal­tado el pri­mer día.

Koishikawa Korakuen
Koishikawa Korakuen

Kois­hi­kawa Kora­kuen bajo la llu­via

Super Potato es una pasada de tienda de video­jue­gos retro, nunca había visto nada igual. Está en las plan­tas 3, 4 y 5 de un edi­fi­cio un poco escon­dido. Subiendo por unas esca­le­ras lle­nas de cosas pega­das en la pared (recor­tes, dibu­jos…) te encuen­tras estan­te­rías reple­tas de jue­gos de NES, SNES y Game­boy y sus res­pec­ti­vas con­so­las, mer­chan­di­sing anti­guo, Vir­tual Boys, Game & Watch en sus cajas ori­gi­na­les, dece­nas de guías anti­guas, un mon­tón de jue­gos y pla­ta­for­mas des­co­no­ci­das (al menos para mí)… En la última planta tenían ade­más un arcade con máqui­nas retro y un puesto con un mon­tón de chu­ches japo­ne­sas. Es un sitio chu­lí­simo que me extraña que no venga men­cio­nado en la Tokyo Encoun­ter, ya que ese tipo de sitios tan lla­ma­ti­vos casi siem­pre aparecen.

Super Potato

Guía de Super Mario World en Super Potato

De paseo por el barrio hips­ter: Shimo-kitazawa

El penúl­timo día lo pasa­mos en gran parte dando vuel­tas por las calles de Shimo-kitazawa, al pare­cer uno de los barrios más cool de Tokyo, Está lleno de tien­das de ropa vin­tage y de segunda mano, bou­ti­ques inde­pen­dien­tes y cafés chu­lis y venía como high­light en la Lonely Pla­net y reco­men­dado en dis­tin­tos sitios. Era un cam­bio con res­pecto a los ras­ca­cie­los que tanto abun­dan en otras par­tes de la ciu­dad y la ver­dad es que cier­tas calles me recor­da­ron incluso un poco a Europa.

Shimo-kitazawa
Shimo-kitazawa

Paseando por Shimo-kitazawa

Karaoke!

Casi al final del viaje toda­vía nos que­daba una cosa pen­diente por hacer: ir a un karaoke. Bus­qué cuál era el que salía en la peli de Lost in Trans­la­tion y resultó ser uno de Shi­buya que nos pillaba genial: Karaoke-kan, súper cerca de la esta­ción. No es que a noso­tros nos encante el karaoke la ver­dad, como mucho nos gusta jugar al Ultras­tar, pero era por la gra­cia de la experiencia.

Karaoke-kan

La entrada del Karaoke-kan en Shi­buya

Cuando lle­ga­mos al sitio la chica que aten­día no hablaba nada de inglés y tenían todos los folle­tos y car­te­les en japo­nés, así que el prin­ci­pio fue un pelín com­pli­cado. Com­pren­di­mos que se pagaba en fran­jas de 30 minu­tos y que tenía­mos que pedir como mínimo una bebida por per­sona, que acabó siendo una fanta de melón con hie­los para cada uno. Una vez acla­rado el meca­nismo, nos subimos a la habi­ta­ción que nos habían asig­nado y que no tenía nada que ver con las espa­cio­sas 601 y 602 (las que salen en la peli), que tie­nen estu­pen­das vis­tas de Shi­buya y están a la altura de Scar­lett Johans­son y Bill Murray. Era más bien un cubículo con micró­fo­nos, sofás y unos tablets para con­tro­lar el karaoke. El pro­blema es que todo estaba en japo­nés. Des­pués de mucho esfuerzo con­se­gui­mos poner parte de la inter­faz en inglés y can­tar Hotel Cali­for­nia, Miche­lle y Won­der­wall mien­tras nos aca­bá­ba­mos nues­tras fan­tas de melón justo a tiempo para salir antes de los pri­me­ros 30 minu­tos. La ver­dad es que por menos de ¥1000 en total (unos 8€ y pico) fue bas­tante diver­tido.

Des­pe­dida en el Edo-Tokyo Museum

Para el último día no tenía­mos nada pen­sado para antes de salir hacia el aero­puerto, así que deci­di­mos visi­tar el Edo-Tokyo Museum, que lo ponían muy bien en la guía y que nos había­mos sal­tado sin saber muy bien por qué. Y menos mal que fui­mos por­que nos gustó muchí­simo, más que el Tokyo Natio­nal Museum.

Edo-Tokyo Museum
Maqueta en Edo-Tokyo Museum

Fachada de tea­tro y minia­tu­ras de en maqueta en el Edo-Tokyo Museum

Ade­más de la exhi­bi­ción per­ma­nente sobre la his­to­ria de Tokyo, que es real­mente intere­sante, de pura casua­li­dad coin­ci­di­mos con la expo­si­ción tem­po­ral Kat­sus­hika Hoku­sai Exhi­bit, donde pudi­mos ver pin­tu­ras tan famo­sas como The Great Wave off Kana­gawa o Fine Wind, Clear Mor­ning.

Y del Edo-Tokyo Museum a por las male­tas al hotel y de camino a Narita. Más de 30 horas des­pués aquí esta­mos, ya en Madrid, aguan­tando el sueño como pode­mos para ven­cer el jetlag. Echa­re­mos un poco de menos la lim­pieza extrema, la gente súper edu­cada, los baños guays por todas par­tes y la comida rica y barata dis­po­ni­ble a cual­quier hora y en cual­quier lado. Aun­que enten­der todo lo que te dicen se agra­dece, la verdad.

Días de contrastes: budas, consumismo, rascacielos y pescado fresco

Que Japón es un país lleno de con­tras­tes y que en Tokyo se pue­den expe­ri­men­tar al máximo ima­gino que no se le escapa a nadie. Eso per­mite inter­ca­lar acti­vi­da­des muy dife­ren­tes incluso en pocos días de viaje

Budas y tem­plos en Kamakura

El lunes era nues­tro último día de Japan Rail Pass, así que deci­di­mos dedi­car la mañana a ir de excur­sión a Kama­kura. Era un poco rollo por­que hacía bas­tante frío y llo­viz­naba todo el rato. Aun así, la moles­tia mere­ció muchí­simo la pena por­que allí pudi­mos ver dos de las mejo­res cosas del viaje:

  • El gran buda de Kama­kura, una esta­tua gigante del buda Amida en el tem­plo Kotoku-in. Es más pequeño que el buda de Nara, pero al estar al des­cu­bierto y poder acer­carte mucho más (pue­des incluso entrar den­tro de él), creo que la impre­sión es mayor.
  • El pre­cioso tem­plo de Hase-dera, cons­truido en una ladera en varios nive­les. Había una cueva a la que podías entrar aga­chado y reco­rrer pasi­llos y dis­tin­tas estan­cias, con esta­tuas de la diosa Ben­zai­ten, alum­bra­das con velas y mon­to­nes de peque­ñas esta­tui­llas que la gente deja con mensajes.
Estatuillas para Benzaiten
Buda muy mono

Esta­tui­llas den­tro de la cueva y un buda muy mono en Hase-dera

Al salir del tem­plo, como la llu­via era más fuerte y hacía mucho frío, deci­di­mos vol­ver a Tokyo y poner­nos a cubierto cediendo ante el con­su­mismo: ¡Ginza!

De tien­das en Ginza

Nues­tra pri­mera parada para refu­giar­nos de la llu­via, justo al lado de la esta­ción del JR, era la enorme tienda de Muji, una espe­cie de mini-IKEA ver­sión japo­nesa. Con un super­mer­cado, un café-restaurante y hasta una casa de dos plan­tas a la que pue­des entrar deco­rada com­ple­ta­mente con cosas de Muji, es el paraíso para los fans de la marca sin nom­bre. Una pena que las cosas no val­gan más baratas.

Cruce de Ginza

Cruce de Ginza

Camino del cruce de Ginza pasa­mos por el Sony Buil­ding, un poco decep­cio­nante, para con­ti­nuar hasta la flags­hip de Uniqlo. Echa­mos un mon­tón de menos esta tienda desde que nos muda­mos de Lon­dres y aquí, con los pre­cios más bajos y un mon­tón de plan­tas, Jorge apro­ve­chó para hacer una de sus súper com­pras de ropa bi-anuales. De allí, con algu­nas para­das inter­me­dias más, lle­ga­mos a la última tienda de nues­tra lista, Itoya, el paraíso para los faná­ti­cos de las cosi­tas de pape­le­ría y el mate­rial de ofi­cina ele­vado al máximo gra­cias a la obse­sión japo­nesa por estos temas. En mis pape­le­rías favo­ri­tas de Lon­dres no había una sec­ción tan guay de washi o de úti­les de cali­gra­fía japonesa.

Miffy en kimono

Miffy en kimono

El día siguiente tam­bién tuvo su espa­cio de con­su­mismo, en algu­nas tien­das de Shi­buya. En par­ti­cu­lar, en la octava planta de los gran­des alma­ce­nes Seibu tenían una sec­ción de mer­ce­ría genial, con toda clase de kits DIY extre­ma­da­mente kawaii y una tienda pop-up many many Miffy muy graciosa.

Sushi para desa­yu­nar en Tsukiji

Una de las cosas que más tenía ganas de hacer cuando pla­nea­mos el viaje a Japón era visi­tar el mer­cado de Tsu­kiji, la lonja de pes­cado más grande del mundo. Para ver la subasta del atún que tiene lugar a dia­rio hay que lle­gar sobre las 4:00 de la mañana y la ver­dad es que nues­tro inte­rés no lle­gaba a tanto, así que nos levan­ta­mos a eso de las 6:30 y lle­ga­mos un poquito más tarde pero con bas­tante frío.

Pescado en Tsukiji
Pescadero rallando bonito seco

Pes­cado expuesto y pes­ca­dero rallando bonito seco (kat­suo­bushi)

Una vez en Tsu­kiji tie­nes que tener muchí­simo cui­dado y estar alerta todo el tiempo, ya que el mer­cado es un aje­treo bru­tal de carros moto­ri­za­dos, motos y pes­ca­de­ros con armas muy afi­la­das inten­tando hacer su tra­bajo a pesar de todos los turis­tas miro­nes. En la parte exte­rior hay pues­tos de ver­du­ras, úti­les de cocina, cuchi­llos y diver­sos ingre­dien­tes en can­ti­da­des gran­des y a pre­cios más bajos que en las tien­das, abier­tos desde muy tem­prano. La parte inte­rior, con los pues­tos de pes­cado, abre al público a par­tir de las 9:00. Una vez te can­sas de dar vuel­tas por los pues­tos y de admi­rar lomos de atún gigan­tes, gam­bas rarí­si­mas y pes­ca­de­ros con cuchi­llos enor­mes cor­tando pes­cado, es obli­ga­to­rio ir a uno de los mini-restaurantes de sushi que están al lado para desa­yu­nar sushi súper fresco.

Cola en Daiwa Sushi
Sushi en Daiwa Sushi

La cola de la puerta y el sushi de Daiwa Sushi

Para ele­gir el sitio donde comer, había­mos leído que el truco era ir a donde había más japo­ne­ses haciendo cola, y que los dos mejo­res (o al menos más famo­sos) eran Sus­hi­dai y Daiwa Sushi. La cola de Daiwa Sushi era un poco más pequeña y ade­más estaba más res­guar­dada del viento y del frío, así que allí nos pusi­mos a espe­rar (creo que unos 45 minu­tos). Cuando por fin ocu­pa­mos nues­tros tabu­re­tes en la apre­tada barra eran como las 10:30, así que para nues­tros hora­rios japo­ne­ses se podría con­si­de­rar casi un brunch más que un desa­yuno. Los chefs pre­pa­ran el pes­cado delante de ti y van colo­cando los tro­zos de sushi direc­ta­mente en la tabla donde tam­bién te ponen el wasabi y el jen­gi­bre. Y sí, todos los que me habían hablado del sushi de Tsu­kiji tenían razón: es el mejor sushi que he comido en mi vida, ade­más de haber podido pro­bar algu­nos hasta ahora des­co­no­ci­dos para mí como el de ikura gukan (hue­vas de sal­món) o el de uni (góna­das de los eri­zos de mar, así como suena). Jorge, que pen­saba que no le gus­taba el sushi, cam­bió radi­cal­mente de opi­nión al pri­mer bocado de la pieza de toro (corte graso del vien­tre del atún).

Ras­ca­cie­los y Dra­gon Quest en Roppongi

Habiendo comido posi­ble­mente el mejor sushi de nues­tra vida, pilla­mos el metro direc­ción Rop­pongi para ver muchos ras­ca­cie­los y la Tokyo Tower. La zona de Rop­pongi Hills me recordó una bar­ba­ri­dad a Canary Wharf en Lon­dres. En Rop­pongi tenía­mos ade­más un sitio mar­cado en el mapa: el Luida’s Bar, un bar temá­tico de Dra­gon Quest donde pue­des comer limos y beber pocio­nes con la música del video­juego de fondo y Luida dando vuel­tas por allí. Nunca había estado en un bar temá­tico y aun­que no soy fan del Dra­gon Quest me pare­ció chu­lí­simo, así que nos que­da­mos un rato. Des­pués de repo­ner fuer­zas por unas pocas mone­das de oro y apro­ve­chando que ya no hacía tanto frío, segui­mos dando vuel­tas por Rop­pongi durante un buen rato y luego nos vol­vi­mos a Shi­buya andando, unos 3km, que en dis­tan­cias de Tokyo se tra­du­ci­rían en “más cerca impo­si­ble”, imagino.

Roppongi Hills

Araña en Rop­pongi Hills, con la Tokyo Tower al fondo

Vuelta a Tokyo: tiendas, santuarios y cerezos en flor

La des­in­to­xi­ca­ción de tem­plos y natu­ra­leza fue inme­diata al vol­ver de Kyoto y salir de la esta­ción de Shi­buya, justo en su famoso cruce, de camino a nues­tro segundo hotel en Tokyo. Nada más sol­tar las male­tas nos fui­mos a dar vuel­tas por la zona, pasar por la Love Hotel Hill y por supuesto ver bien el cruce. Pasa­mos por él varias veces junto al resto de la marea humana, lo foto­gra­fia­mos desde la ven­tana enorme del Star­bu­cks y fui­mos a ver la esta­tua de Hachiko. Las calles de Shi­buya molan muchí­simo, creo que repre­sen­tan un poco la ima­gen men­tal que muchos tene­mos de Tokyo.

Cruce de Shibuya

Cruce de Shi­buya

Estos últi­mos días la migraña ha deci­dido ata­car así que nos ha cos­tado bas­tante man­te­ner el ritmo pero aun así hemos podido ver cosas muy chulas.

Sakura, his­to­ria y tem­plos en Ueno, Asa­kusa y Harajuku

El sábado por la mañana nos levan­ta­mos bas­tante tem­prano para ir al par­que de Ueno. Esta vez sí que esta­ban todos los cere­zos en flor y el par­que era un her­vi­dero de gente, incluso antes de las 9 de la mañana. Ya había gente haciendo pic­nic y pues­tos de comida en pleno fun­cio­na­miento como si fue­sen las 12 del medio­día. Nos pasa­mos pri­mero por los tem­plos Benten-do y Kiyo­mizu Kannon-do para ir luego a visi­tar el Tokyo Natio­nal Museum, donde ade­más había un jar­dín precioso.

Parque de Ueno
Wakizashi

La tumba de los sol­da­dos Shogi-Tai en Ueno y waki­zashi en el Tokyo Natio­nal Museum

Al salir del museo fui­mos andando en direc­ción a Asa­kusa. La pri­mera parada era la zona de Kappabashi-dori, bási­ca­mente una calle con dece­nas de tien­das que ven­den todo lo que un res­tau­rante puede nece­si­tar, excepto la comida. Nues­tra inten­ción era ver las tien­das que ven­den répli­cas de comida hechas en cera o plás­tico. En Japón un mon­tón de res­tau­ran­tes expo­nen mode­los de los pla­tos que sir­ven en una espe­cie de esca­pa­rate, algo bas­tante prác­tico para gente como noso­tros que no tiene ni idea de japo­nés. La ver­dad es que es cuanto menos curioso.

Luego nos diri­gi­mos hacia la parte más guay: el tem­plo Senso-ji y la zona de alre­de­dor. No sé si por ser sábado o por las flo­res de cerezo o sim­ple­mente por­que es Tokyo, había una can­ti­dad de gente increí­ble. Casi todas las calles alre­de­dor del tem­plo son pea­to­na­les y están aba­rro­ta­das de sitios para comer, muchos con mesas en la calle para apro­ve­char el buen tiempo. En uno de ellos comi­mos genial (soba fríos, mis nood­les favo­ri­tos, y arroz con tem­pura) por una can­ti­dad irri­so­ria de dinero, como hasta ahora en Tokyo.

Acceso a Senso-ji
Restaurante en Asakusa

Una de las calles que lle­van a Senso-ji y gente comiendo por la zona

El domingo por la mañana nos fui­mos andando al par­que de Yoyogi, que no es tan bonito ni mucho menos como el de Ueno pero que estaba lleno de gente haciendo toda clase de depor­tes, algu­nos un poco raros. Estaba en nues­tro camino a Meiji-jingu, un san­tua­rio que me encantó por lo sobrio y majes­tuoso que pare­cía. El camino de entrada está como en medio de un bos­que, mar­cado por unos altos torii de madera. Se esta­ban cele­brando dos bodas y todo ema­naba un aire muy solemne y tra­di­cio­nal.

Boda japonesa en Meiji-jingu

Foto de boda en Meiji-jingu

Gatos, tien­das y sobre­do­sis de kawaii

El sábado por la tarde nos fui­mos a ver la zona de Ike­bu­kuro. Aquí se sue­len encon­trar las otome, algo así como el equi­va­lente feme­nino de otaku, prin­ci­pal­mente en Otome Road donde hay varias tien­das de manga que hacen mucho enfá­sis en el género yaoi. Sin embargo, mi mayor inte­rés en esa zona era el Japan Tra­di­tio­nal Craft Cen­ter por lo que fue una gran decep­ción encon­trár­noslo cerrado por reno­va­ción. No obs­tante, apro­ve­cha­mos para tachar otra cosa de nues­tra to-do list edi­ción Japón entrando en un Cat café, bási­ca­mente un sitio donde pagas por jugar con gatos durante un rato. Suena tan absurdo que tenía­mos que pro­barlo, aun­que luego los gatos no nos hacían ni caso.

Chicas en Shibuya

Chi­cas en Shi­buya

Una buena parte del domingo la pasa­mos en Hara­juku, zona cono­cida por la ave­nida Omote-sando, que al pare­cer es algo así como el equi­va­lente en Tokyo a los Cam­pos Elí­seos de París. No es tan bonita ni mucho menos, pero es ancha y está reple­tas de tien­das de gran­des fir­mas y cen­tros comer­cia­les lujo­sos. Des­taca la tienda de Prada Aoyama, a la que merece la pena acer­carse sólo por ver el edi­fi­cio. En Shi­buya tam­bién hay un mon­tón de tien­das y gran­des alma­ce­nes, algu­nos de ellos muy fas­hion que me recuer­dan mucho a algu­nas de Lon­dres o NY pero con dise­ña­do­res des­co­no­ci­dos para mí, y por supuesto, con unos pre­cios en gene­ral altí­si­mos. Los que más me gus­ta­ron fue­ron Parco (Part 1, 2 y 3), en Shi­buya y Lafo­ret en Hara­juku, ambos con muchas tien­das pop-up dife­ren­tes, espa­cios para expo­si­cio­nes y even­tos, cafés… Allí des­cu­brí la marca Pou Dou Dou.

Mascota

Mas­cota calle­jera en Hara­juku

Pero la ropa no era lo impor­tante en nues­tro caso. La tienda de Kiddy­land en Hara­juku y la Cha­rac­ter Street en la inmensa esta­ción de Tokyo eran dos luga­res que tenía apun­ta­dos en mi lista de tien­das cute y la ver­dad es que no han defrau­dado. Kiddy­land son 4 plan­tas de jugue­tes y cosi­tas súper monas, con su pro­pia Snoopy Town y una tienda entera del oso Rilak­kuma. Tam­bién tie­nen una buena selec­ción de mer­chan­di­sing de Ghi­bli. En la Cha­rac­ter Street de la esta­ción de Tokyo hay un buen mon­tón de tien­das de dis­tin­tas TVs japo­ne­sas, ven­diendo mer­chan­di­sing de per­so­na­jes, desde Dorae­mon hasta nues­tro nuevo des­cu­bri­miento, el hams­ter con pati­tas minús­cu­las Kapibara-san.