Jet lag en Akihabara, Shinjuku y Museo Ghibli

Des­pués de un viaje de casi 30 horas, de las cua­les 19 trans­cu­rrie­ron den­tro de un avión, puedo afir­mar que Emi­ra­tes es la mejor aero­lí­nea en la que he volado jamás. Tam­poco es que yo tenga una gran tra­yec­to­ria de vue­los así de lar­gos pero vaya, com­pa­rada con Air France o Luft­hansa hay una dife­ren­cia exa­ge­rada, y no lo digo sólo por la barra libre de lico­res durante el vuelo.

Desde que ate­rri­za­mos en Narita pasando por Dubai, así han trans­cu­rrido nues­tros pri­me­ros días en Tokyo:

Jim­bo­cho, Akiha­bara y Shin­juku nocturno

El pri­mer día, un poco reven­ta­dos a pesar de haber dor­mido más o menos, empe­za­mos con los jar­di­nes del Pala­cio Impe­rial, donde des­afor­tu­na­da­mente los cere­zos toda­vía no esta­ban en flor. Des­pués nos dimos una vuelta por Jim­bo­cho, una zona llena de libre­rías y tien­das de libros vie­jos muy bonita que pillaba de camino hacia Akiha­bara. Allí era todo exac­ta­mente como en las fotos y los vídeos que ya había visto sobre el barrio tec­no­ló­gico y otaku de la ciu­dad. Tal vez por ser domingo había muchí­sima gente en todas par­tes, ade­más de que las calles esta­ban cor­ta­das al trá­fico. Las tien­das de elec­tró­nica, espe­cial­mente Yodo­bashi Akiba, son inmen­sas y un poco apa­bu­llan­tes, como tan­tas otras cosas en Tokyo.

Akihabara
Akihabara

Calles de Akiha­bara

A eso de las 5 de la tarde, no sé si en parte por el jet lag o sim­ple­mente por el nivel de dete­rioro físico absurdo que me he ganado a pulso a mis 28 años, me empecé a encon­trar real­mente mal, por lo que tuvi­mos que vol­ver al hotel. Tres horas más tarde y bas­tante recu­pe­rada a base de dor­mir, deci­di­mos apro­ve­char que era tarde y que nos alo­já­ba­mos en Shin­juku para explo­rar la zona de Kabu­ki­cho, el barrio rojo de Tokyo y posi­ble­mente el más peli­groso (lo que en tér­mi­nos espa­ño­les es pro­ba­ble­mente más seguro que la Puerta del Sol a plena luz del día) con los yakuza y las casas de masaje. Tam­bién estu­vi­mos por el Gol­den Gai, 6 calle­jue­las reple­tas de bares y res­tau­ran­tes cerca de la esta­ción de Shin­juku. Según la guía, la mayo­ría de los bares allí son temá­ti­cos y dimi­nu­tos. Algu­nos tie­nen sitio para 7 u 8 per­so­nas, tie­nes que pagar por sen­tarte y no admi­ten a extran­je­ros o ni siquiera a clien­tes no habi­tua­les. Es un sitio guay para ver de noche.

Golden Gai

Una de las calle­jue­las del Gol­den Gai

Par­que Inokas­hira, Museo Ghi­bli y tien­das en Shinjuku

El día siguiente, des­pués de dor­mir 4h y hacer un desa­yuno japo­nés, estu­vi­mos en lo que va a ser uno de los high­lights del viaje: el Museo Ghi­bli. Pri­mero estu­vi­mos explo­rando un poco el bonito barrio de Kichi­joji, al lado de la esta­ción donde nos baja­mos. Luego fui­mos hacia el museo, al que lle­ga­mos dando un agra­da­ble paseo por el par­que de Inokas­hira, que habría molado más si hubie­sen estado ya los cere­zos lis­tos.

Calle en Kichijoji
Museo Ghibli

Una calle de Kichi­joji y entrada al Museo Ghi­bli

El Museo Ghi­bli es com­pli­cado de des­cri­bir y ade­más estaba prohi­bido hacer fotos den­tro. Es uno de los sitios más boni­tos que he visto en los últi­mos años, como estar den­tro de una pelí­cula pre­ciosa de Miya­zaki. Es total­mente must-see en cual­quier viaje a Tokyo y hay que com­prar las entra­das por ade­lan­tado (cada día hay 100 dis­po­ni­bles para visi­tan­tes de Europa), en una agen­cia de via­jes espe­cial desde fuera de Japón. La de España es JTB Via­jes, con una sucur­sal en Madrid, donde tam­bién es posi­ble com­prar el Japan Rail Pass. Con la entrada tie­nes la opor­tu­ni­dad de ver un corto iné­dito en una sala de cine peque­ñita, donde pro­yec­tan la pelí­cula en una cámara enorme que parece sacada de un cuento. El corto que nos tocó ver fue pre­cioso, ima­gino que todos los que ponen lo son.


Isetan

Dorae­mon en la esta­ción de Shin­juku y un mos­tra­dor en Ise­tan

Tras dar otra vuelta por Mitaka vol­vi­mos a Shin­juku, para ver los gran­des alma­ce­nes reco­men­da­dos por Lonely Pla­net, como Ise­tan o Takas­hi­yama Times Square, donde hay un Tokyu Hands bas­tante grande. Lo más des­ta­ca­ble de todo lo que vimos fue de lejos la sec­ción de ali­men­ta­ción gour­met de Ise­tan, sobre todo la enor­mí­sima sec­ción de mos­tra­do­res y stands de dul­ces, que pare­cía más una joye­ría que un sitio donde se com­pra comida. La obse­sión de los japo­ne­ses por el empa­que­tado y los peque­ños deta­lles lle­vada a su máximo nivel, dando como resul­tado unas caji­tas pre­cio­sas que da pena abrir, y ya no diga­mos comer lo del inte­rior. Tam­bién estuvo guay la sec­ción de Tokyu Hands dedi­cada a arti­lu­gios para sobre­vi­vir o pre­ve­nir daños en caso de desas­tres natu­ra­les, desde toda clase de comida enla­tada y cas­cos ple­ga­bles hasta cáp­su­las para refugiarse.

Y aquí ter­mino con Tokyo por el momento. Mien­tras escribo nos encon­tra­mos en el Shin­kan­sen (tren bala) de camino a Kyoto, donde cam­bia­re­mos ras­ca­cie­los y neo­nes por tem­plos y santuarios.

Allá vamos

Japan sheep flagDije que en enero había estado a la espera, haciendo muchos pla­nes para días futu­ros. La mayo­ría de esos pla­nes eran peque­ñi­tos y ya han suce­dido, pero ahora ha lle­gado el momento de que se mate­ria­lice el plan más gordo de todos.

Es una pena que me fal­ten las ganas y la ilu­sión, supongo que por el can­san­cio y por todos los pro­ble­mas de los últi­mos meses, inclu­yendo la ope­ra­ción que me espera a la vuelta. Pero bueno, sin duda, allá vamos.

Reencuentro con Barcelona

Hace como 9 años estu­vi­mos en Bar­ce­lona e hici­mos un puñado de cosas turís­ti­cas típi­cas con un pre­su­puesto ridículo. Desde enton­ces he estado varias veces pero siem­pre de paso, menos de 24 horas, sin tener tiempo de nada. Así que en la visita de 3 días que hici­mos hace un par de fines de semana no nos preo­cu­pa­mos de ir al Park Güell ni a la Sagrada Fami­lia ni al Museu Nacio­nal d’Art de Cata­lunya en Mont­juïc, sino de cono­cer y explo­rar los barrios del cen­tro de la ciu­dad, ver sitios boni­tos y pro­bar cosas ricas, apro­ve­chando que nues­tro pre­su­puesto ha mejo­rado bas­tante desde enton­ces y a pesar del tiempo horri­ble que nos hizo.

Algu­nos de los high­lights:

Kilo. En mi lista de luga­res no podía fal­tar el res­tau­rante deco­rado por Mr. Won­der­ful, Kilo Res­tau­rant, que sólo por el ambiente y los men­sa­ji­tos de la carta ya merece la pena pero que ade­más tiene una comida muy rica. Tuvi­mos suerte con­si­guiendo mesa por­que lle­ga­mos muy tarde para comer pero tiene tanto éxito como para estar com­ple­ta­mente lleno a base de reser­vas un jue­ves a medio día.

Kilo Restaurant

El res­tau­rante Kilo en L’Eixample

Boa­das. Tam­bién nos pasa­mos por el mítico Boa­das, el bar de cóc­te­les abierto en 1933 por un ex-barman del La Flo­ri­dita en la Habana, donde Miró y Heming­way obte­nían sus dosis de alcohol, y donde por supuesto me pedí un dai­quiri.

We Pud­ding. Me encan­tan los cafés ori­gi­na­les así que cuando des­cu­brí este que pare­cía sacado de un cuento de hadas, setas gigan­tes incluí­das, lo añadí inme­dia­ta­mente a mi lista de Fours­quare para Bar­ce­lona. Efec­ti­va­mente, el sitio era súper bonito, y bien merece una visita. La única pega es que está total­mente orien­tado a los niños, por lo que cuando fui­mos había un buen mon­tón de ellos. Y a mí la deco­ra­ción como de cuento y los sitios boni­tos me encan­tan pero los niños…

Boadas
We Pudding

La placa de Boa­das y el espa­cio de cuento en We Pud­ding

Dos Pali­llos. Desde un mes antes de ir tenía hecha la reserva para comer en el res­tau­rante Dos Pali­llos en el Hotel Casa Cam­per. Había que­rido ir a pro­bar la comida allí desde que me enteré de que Cam­per iba a abrir un res­tau­rante y cuando hace unos meses les otor­ga­ron la pri­mera estre­lla Miche­lín me vino que ni pin­tado, por­que así mataba dos pája­ros de un tiro: pro­bar el Dos Pali­llos y comer por pri­mera vez en un res­tau­rante con uno de estos galar­do­nes. El sitio mola bas­tante por­que es una barra asiá­tica en la que los coci­ne­ros pre­pa­ran todo delante de ti y te sir­ven, y aun­que es caro, merece la pena al menos una vez en la vida. Algu­nos pla­ti­llos de los que pro­ba­mos como la dimi­nuta japo-burger con shiso, jen­gi­bre, pepino mari­nado y pan casero al vapor con sésamo negro o la papada de cerdo ibé­rico a la can­to­nesa, coci­nada durante 16h a 72º y cara­me­li­zada, fue­ron sim­ple­mente espectaculares.

Dos Palillos
Japo-burger en Dos Palillos

La inad­ver­tida entrada al Dos Pali­llos en el Raval y la chi­quita japo-burger

He de admi­tir que la comida más rica de todo el viaje no fue en el Dos Pali­llos, ni en el Kilo ni nada fancy y ela­bo­rado, sino las anchoas sobre pa amb tomà­quet acom­pa­ña­das de una copa de xam­pan­yet en El Xam­pan­yet, apre­tu­ja­dos y de pie en una barra. El cho­co­late suizo con melin­dros y la tarta de crema cata­lana en la Granja Via­der, el sitio donde inven­ta­ron el Cacao­lat, tam­bién mere­cen una men­ción aparte.

Cosas ricas aparte, lo que más me gustó del viaje fue pasar horas calle­jeando por Grà­cia, el Raval, el Barrio Gótico y sobre todo por el Born. La pro­por­ción de sitios chu­los en este último barrio puede que supere a la de mis barrios favo­ri­tos en el cen­tro de Madrid. A veces resul­taba un poco cómica la can­ti­dad de gale­rías, estu­dios de arte y loca­les gafa­pasta orien­ta­dos a los artis­tas que te encon­tra­bas andando por cual­quier calle­juela. Estu­vi­mos tanto el vier­nes por la noche como el sábado durante el día, y me encantó en ambas oca­sio­nes. Tam­bién saca­mos un rato para ir al Cai­xa­Fo­rum, puesto que nunca había estado y el Cai­xa­Fo­rum de Madrid es uno de mis museos favo­ri­tos. El Palau de la Música Cata­lana es posi­ble­mente el edi­fi­cio que me ha gus­tado más de toda la visita y de los 3 días de reco­rrer calles, algu­nos de los sitios que más me gus­ta­ron y que recuerdo son:

  • Ivo & Co, como para que­rer com­prar todo lo que tie­nen ahí
  • El café El Colec­tivo (súper agradable)
  • La espec­ta­cu­lar tienda de Vinçon en el paseo de Gra­cia, no la cono­cía y no me extraña que venga en la mini guía de Lonely Pla­net. Nos vino que ni pin­tada para refu­giar­nos de la tromba de agua en hori­zon­tal que nos calló la pri­mera tarde.
  • Ramo­nas, una tienda de cosas chu­lis para la bici en una bonita plaza del Born.
  • La con­cept store de Med­winds. No sabía que tenían tienda en Bar­ce­lona y cuando lle­ga­mos esta­ban en plena entre­vista y sesión de fotos con Naoto Fuka­sawa. Hablé un rato sobre la marca con uno de los jefes y nos invitó a un encuen­tro con blog­gers, el dise­ña­dor japo­nés y copas de sake y vino.
Ivo & Co
Laminas en el Born

El inte­rior de Ivo & Co y bonita plaza por el Born

Si no fuese por la hume­dad horri­ble no me impor­ta­ría pasar una pequeña tem­po­rada en Bar­ce­lona. Aun­que me pre­gunto cuánto tar­da­ría en tener el mono de Madrid.

Ganchilleando en Black Oveja

Parece que la catás­trofe anímica, de salud y per­so­nal que está siendo este mal­dito invierno no va a aca­bar nunca. Yo intento plan­tarle cara, lle­nando los días de acti­vi­da­des en apa­rien­cia ale­gres y diver­ti­das que no siem­pre salen bien. Sin ir más lejos, sir­van de ejem­plo las dos entra­das para un monó­logo de Ernesto Sevi­lla que tiré a la basura el otro día por­que reír es algo con­tra lo que mis múscu­los facia­les y mi cere­bro se rebe­lan y con­tra­ata­can con dolor. Aun­que no todo sale fatal: hace un par de sába­dos dedi­qué una tarde entera a uno de los cur­sos de ami­gu­rumi cero pata­tero en una de las tien­das más chu­lis de Madrid: Black Oveja.

Black Oveja

Intento de esfera sobre mi bolsa de tela

Black Oveja es el pro­yecto de Mer­che Grosso, una arqui­tecta de ésas que dejan su tra­bajo de ofi­cina por algo mucho más valiente y diver­tido, ganán­dose mi sin­cera admi­ra­ción. Estaba en mi punto de mira desde antes de venirme a vivir a Madrid, de hecho se inau­guró poco des­pués de que yo lle­gara. El local que tie­nen en la calle Sagasta hace las veces de taller y tienda y no podría ser más bonito. Tie­nen lanas, telas japo­ne­sas pre­cio­sas, muchos acce­so­rios para tejer y cosi­tas de craf­ting varia­das. Pero el punto fuerte de Black Oveja creo que son los cur­sos: punto, gan­chi­llo, pat­ch­work, cos­tura, ami­gu­rumi.… A uno de esos me apunté con una compi de tra­bajo y tuvi­mos que reser­var con bas­tante ante­la­ción por­que las pla­zas se ago­tan súper deprisa.

Black Oveja

La laña de España

Yo nunca había hecho nada de gan­chi­llo y que­ría pro­bar sobre todo para hacer muñe­qui­tos y tal. Sin embargo, tras 5 horas con la aguja, con­tando pun­tos y lidiando con la lana a ritmo de jazz, me con­si­dero capaz de afir­mar que el gan­chi­llo y en gene­ral tejer no son pasa­tiem­pos aptos para mí. Sí, una vez que ter­mi­nas la bufanda o los lem­mings que dejan a todo el mundo con la boca abierta está guay. Pero el pro­ceso inter­me­dio no es algo por lo que yo pueda pasar, así que le regalé los ovi­llos a mi amiga y le deseé suerte con sus futu­ras ces­tas y muñequitos.

Black Oveja

Cac­tus, león y ele­fante

Por supuesto, me ale­gro bas­tante de haber ido, siem­pre mola pro­bar cosas nue­vas aun­que luego no sean lo tuyo. Como extra, el sitio era estu­pendo para pro­bar la Sony RX100, y por supuesto, como prueba per­so­nal, estar 5 horas segui­das con gente sin nece­si­tar luego una alta dosis de sole­dad para des­in­to­xi­carme nunca viene mal.

III Encuentro Madrid bloggers

Esto de escri­bir a veces sobre Madrid en el blog y estar un poco obse­sio­nada con cono­cer la ciu­dad como la palma de mi mano, ente­rarme de todo lo que pasa y encon­trar los sitios más chu­lis tiene la ven­taja de que acabo cono­ciendo a gente que hace lo mismo (aun­que de forma mucho más dedi­cada y pro­fe­sio­nal, claro) y for­mando parte de una espe­cie de colec­tivo. En Lon­dres era bas­tante com­pli­cado dado su tamaño, la can­ti­dad de blogs y por supuesto el fac­tor del idioma. Aquí es todo más mane­ja­ble y cercano.

La T Gastrobar

La foto­gé­nica entrada de la T gas­tro­bar

Una de las mejo­res cosas que se deri­van de esta acti­vi­dad, ade­más de coger fama y que todo el mundo de alre­de­dor te pida con­se­jos, es poder asis­tir a algu­nos even­tos como los encuen­tros de Madrid blog­gers orga­ni­za­dos por Madrid Dife­rente, uno de los mejo­res blogs donde man­te­nerse al día de sitios que molan y de todos los acon­te­ci­mien­tos cul­tu­ra­les y de ocio que mere­cen la pena en la ciu­dad. El ter­cero de estos encuen­tros tuvo lugar el jue­ves pasado y yo tenía ganas de ir. Ya me había per­dido el segundo encuen­tro por el triste y más que jus­ti­fi­cado motivo de estar en un cemen­te­rio del sur de España des­pi­diendo a mi abuelo, que había muerto exac­ta­mente el día ante­rior. No podía pasar algo tan feo esta vez.

Encuentro Madrid bloggers
Encuentro Madrid bloggers

Blog­gers, doble fer­men­ta­ción y rubia

El lugar ele­gido era un nuevo gas­tro­bar de Mala­saña, la T, cerca de la calle Pez. Para com­ple­tar el nivel cool reque­rido, patro­ci­na­ban las cer­ve­zas Bra­bante y el café Mür, un sitio muy inglés que desde que abrió hace poco en Conde Duque estaba en mi lista de pen­dien­tes de 4sq. Cono­cer a gente intere­sante y ver sus vídeos de pre­sen­ta­ción, pro­bar las ricas tapas que nos ofre­cie­ron los de la T, la Bra­bante Oro de doble fer­men­ta­ción que para no gus­tarme la cer­veza no tuve nin­gún pro­blema en beberme entera, y sobre todo las tar­tas que tra­je­ron de pos­tre los chi­cos del Mür hicie­ron del jue­ves el único día bonito de una semana sor­pren­den­te­mente horri­ble. Ya era así en Lon­dres. Al final, siem­pre es la ciu­dad la que me res­cata.

Sobrio y eterno febrero

Febrero no se está por­tando nada bien. Ter­mi­nar enero sin deses­pe­rarme ya me costó lo suyo, pero para­dó­ji­ca­mente, el mes más corto del año está durando una eter­ni­dad. Los días pasan ente­rra­dos bajo un mon­tón de horas de tra­bajo nada diver­ti­das y situa­cio­nes frus­tran­tes, sin el con­suelo final de aho­gar las penas el vier­nes a base de copas y desahogo. Sema­nas de anti­bió­ti­cos que inten­tan librarme de una inter­ven­ción qui­rúr­gica cada vez más inmi­nente (e inevi­ta­ble) me man­tie­nen apar­tada del alcohol que con­suela al resto, mien­tras que los pro­ble­mas pare­cen venir de cual­quier parte sin avi­sar. Para colmo, me dedico a leer libros como Zapa­tos Ita­lia­nos, lle­nos de cru­deza y frialdad.

Ni siquiera des­cu­brir museos tan genia­les como la Imprenta Muni­ci­pal o el genuino Mer­cado de Moto­res, reírme un rato en el tea­tro gra­cias a Fer­nando Tejero, cele­brar el Pan­cake Tues­day o pro­bar cosas ricas en alguno de mis sitios pen­dien­tes de Fours­quare sir­ven como reme­dios para este mes tan feo. Hace un año hacía punto de cruz, hace tres hacía cup­ca­kes… está claro que antí­do­tos hay. Este año está más com­pli­cado, pero sólo falta encon­trar el adecuado.

Desayunos tardíos en La Mojigata

Piza­rra de La Moji­gata