Desde hace 2 semanas me desplazo con mi casco de hormiga atómica por las calles otoñales de Londres en agosto sobre una pasada de Globe Carmel 3, a la que por supuesto le he colocado mi gigantesca cesta de mimbre. Mi antigua bici vintage (vieja, de al menos 20 años de edad), de una sola velocidad (con el cambio atascado en el plato central), frenos progresivos (flojísimos e inservibles cuando llueve, además uno se rompió hace 3 semanas y a punto estuve de estamparme contra un pobre chino) y asiento ergonómico para tipos duros y no para niñitas que necesitan suspensión, fue convenientemente anunciada y vendida en el plazo de 4 horas en Gumtree (por £15 menos de lo que me costó a mí en octubre). En las fotos parece súper chula y retro y en la realidad se aprecia lo roñosa, pesada y cascada que estaba la pobre. No se le puede negar una vida interesante, eso sí, el tipo que me la vendió ya la había comprado antes en Gumtree.
Conseguir una bici y cambiar medio litro de agua por medio litro de Powerade azul de vez en cuando eran las partes fáciles del nuevo camino. La parte difícil es, obviamente, recorrerlo. Aunque me llevo intentando acercar tímidamente a la entrada desde más de un mes, hoy era cuando realmente tenía que empezar a dejar las huellas de neumáticos Specialized Hemisphere sobre las baldosas amarillas.
Ha sido un día significativo que merece ser contado.
Me levanté a las 6:15 tras llevar desde el domingo por la mañana trabajando literalmente sin parar, excepto por supuesto para ir al gimnasio, para leer durante el desayuno y para maldormir 6 horas al día (todo vital). El motivo es el proyecto. O más bien su deadline, el 17 de septiembre. Aunque casi toda la parte de programar (en Prolog) está lista, pensad en un report (memoria) lleno de definiciones matemáticas formales y descripciones precisas de refinamientos inventados para razonamiento automático con tableros semánticos de los que por supuesto es crucial que demuestre que son correctos y completos. Más o menos. Quien haya terminado una ingeniería o carrera ténica con proyecto entenderá el agobio tremendo incluso un mes antes de la fecha de entrega. Quien no haya estudiado nada de eso pero me conozca también lo entenderá.
Desde las 7:30 hasta las 10:15 seguí trabajando y conseguí terminar a duras penas lo que le tenía que enviar a mi tutora por e-mail para que lo pudiese leer el fin de semana. Demasiado tarde, comencé los frenéticos preparativos para llegar a las 11:00 a mi cita en la agencia de viajes de Oz. Maldiciendo porque tendría que coger el metro-que-odio en vez de la bici-que-adoro y con el peor dolor de cabeza que recuerdo desde mayo, salí de la ducha y me vestí a toda prisa corriendo por la habitación. No hagáis eso cuando hay muebles cerca, de verdad (*). En este caso no fueron las piedras del post anterior, sino nuestra enorme cama de madera maciza. Le di tal golpe con la espinilla a una de las esquinas que Jorge que estaba encima se asustó de cómo se movió incluso con la moqueta. Mientras flipaba de dolor me empecé a poner el colorete que me hace parecer persona viva y no zombie, cuando me percaté de la enorme protuberancia que se empezaba a marcar a través de las medias azul marino tupidas. Me quité las medias ignorando la sangre reseca y decidí llevar pantalones. La Victoria Line atestada de gente con maletas puso el broche a la mañana.
La agencia de viajes de Oz es un sitio de esos que en España sólo existen en los documentales y puede que en las vidas de la gente que tiene pasta y mala suerte. Aquí existen en la realidad, son gratis y hasta puedo ir yo, aunque haya lista de espera. Descubrí que conservo todos mis centímetros de estatura pero a cambio me extrajeron sangre por sorpresa. Volví a casa con mi dolor de cabeza intacto, mi espinilla palpitante, un diario que tengo que escribir por el camino (y que ya he empezado a rellenar con maniática precisión) y la promesa de que me enviarán un mapa y una guía. También me han dado el pase a las armas químicas y el aviso de que un día de estos me van a inyectar technetium-99. Un sitio raro, Oz.
A las 18:00 tuve que dejar de trabajar porque o dejaba de mirar la pantalla o el dolor de cabeza me haría vomitar. Salí, compré más ibuprofeno y un antifaz de gel y le estuve dictando a Jorge una historia sobre interpretaciones de Herbrand uniformes, electrones, núcleos, cláusulas de Horn e hiperresolventes.
Ya tengo el transporte perfecto, el antifaz a juego con el Powerade y con la palabra “isómero nuclear”, que medio congelado también vale para la pierna y el sitio donde me van a ayudar a que no me odie profundamente por ver un 95 en vez de un 92. Además, hace dos semanas corté cualquier posibilidad de contacto maligno por parte del mundo exterior. La duda que me queda es si sobreviviré a A Theorem Prover for Equality using Lemmas, a mi adicción al agua y a los accidentes domésticos en general (**) y si es así, si realmente seré capaz de llegar a Oz y en qué estado.
Prometo posts menos raros en el futuro. Hoy me he pasado con el dolor, el trabajo y la automedicación, me temo.
(*) Tampoco corráis por los supermercados por mucha prisa que tengáis. Puede haber tomates espachurrados por el suelo y a menos que estéis en EEUU y podáis demandarlos por ello, no merece la pena. Os lo advierte una persona con bastante prisa con tendencia a correr por los pasillos del Waitrose. Ejem. Ya casi no se me nota el morado de la rodilla.
(**) Los que leen mi Buzz saben que la semana pasada me volqué una infusión hirviendo encima. Lo que no saben es que en la reunión del martes con mi tutora volqué su vaso de té con limón y jengibre mojando un montón de importantes papers y carpetas de encima de su extremadamente desordenada mesa y tuvimos que secarlo todo a la carrera con papel higiénico y luego consultar artículos con olor a cítricos. Menos mal que ella es the nicest one.