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Cuentos de Londres, estrés, oscuridad y por qué no, Canterbury

Hoy me levanté a las 4:30 de la mañana con la intención de viajar hasta Brujas en un autobús de International Friends, ver el mercado de Navidad, comer un gofre belga en Bélgica y comprar bombones y pralinés. Sin embargo, a las 8 de la mañana estábamos parados al lado de Dover, rodeados de camiones y de un montón de nieve, esperando noticias sobre las posibilidades de cruzar el Canal de la Mancha. Finalmente, el guía tuvo que admitir que no íbamos a poder coger el ferry a Calais ni tampoco cruzar el túnel, por lo que dimos la vuelta. Así fue como acabé pasando 2 horas en Canterbury, 2 horas en Rye y más de 8 metida en un autobús. No ha sido mi mejor sábado, Canterbury y Rye eran bonitos pero si me hubiesen preguntado, me habría quedado metida en la cama. Estoy intentando poner al mal tiempo buena cara y con un poco de suerte, igual mi vuelo Gatwick - Málaga del lunes sale y todo y puedo pasar la navidad en ausencia de nieve.

Como estoy viendo venir que uno de mis propósitos de año nuevo va a ser dejar de procastinar en cuanto a escribir en el blog, creo que me lo voy a ahorrar, junto con todas las excusas que rondan mi cabeza, y simplemente voy a hacer como si hubiese estado escribiendo de forma regular y casi todos mis posts de este trimestre se hubiesen borrado. He dicho trimestre, sí, tengo el máster dividido en trimestres, es como la vuelta al instituto. Éste que termina, denominado trimestre de otoño ha sido uno relativamente estresante, no tanto en cuanto a la carga de trabajo (aunque las asignaturas son muchísimo más complejas, la cantidad de cosas que hacer es sustancialmente menor que en la ETSII, cuando me matriculaba de más para acabar la carrera en 4 años) sino en cuanto a la presión general que siento sobre mí. El Imperial es un sitio de excelencia, nos recuerdan constantemente, su reputación se construye sobre nuestros hombros y nuestro duro trabajo y esfuerzo, nos sugieren de vez en cuando por e-mail. El ambiente en clase está enrarecido, nadie tiene dudas, sólo se plantean inteligentes preguntas en voz alta o se puntualiza algo que el profesor ha explicado, nadie saca menos de A en un coursework y la palabra opcional carece de significado (si algo es opcional, simplemente se asume que todos lo vamos a hacer). Supongo que poner juntas a 30 o 40 personas acostumbradas a ser siempre los mejores es lo que tiene. En cuanto a mí, estar en este ambiente puede derivar en dos posibles situaciones: una, me dejo llevar por mi perfeccionismo (que en 2009 ha alcanzado el estatus de patología psiquiátrica, aunque me resisto) y definitivamente me muero del asco, o dos, tengo uno de esos cambios de personalidad de película de Hollywood y empiezo a ser quién realmente quiero ser en vez de quién me he convencido que tengo que ser. En noviembre iba peligrosamente de cabeza a la primera pero ahora mismo me inclino ligeramente hacia la segunda. Habrá que esperar al trimestre de primavera para ver.

En otro orden de cosas, este trimestre también ha significado mi completa reconciliación con Londres. No puedo evitarlo, soy una persona de extremos que odia y ama con gran intensidad y pasa fácilmente de un estado al otro. Así pues, ahora podría escribir el post opuesto a éste. De todas formas, a mí Londres ya me encantaba de antes, lo que pasa es que las condiciones en las que pasé aquí septiembre y parte de agosto me habrían hecho odiar a muerte el paraíso terrenal. No sé si me quedaría aquí para siempre (aún hay cosas que no me gustan nada), pero al menos veo muy poco probable que vuelva cuando termine el máster. Tampoco estoy ya tan convencida de querer mudarme a Alemania en cuanto se presente la oportunidad. Supongo que el tiempo o uno de mis repentinas decisiones sin base lógica ni fundamentos sólidos lo dirá.

Una última cosa sobre la que tengo el deber de expresar mi opinión antes de desaparecer hasta cuando me dé por escribir de nuevo: quitando el frío de esta última semana, el clima en Londres es genial, todos los que digan lo contrario mienten como bellacos y merecen ser enviados al norte de Escocia. La oscuridad no es peor que en Austria, creo que las horas de luz son algo menos pero las calles están mucho mejor iluminadas. Me habían contado tantas cosas que yo ya me había hecho a la idea de vivir en la noche permanente, enfermar de depresión e ir por ahí con una linterna vistiendo con ropas góticas. La lluvia es completamente soportable, recuerdo días de lluvia en Sevilla que me suponían mucha más molestia que aquí por el caos tan tremendo que se montaba en la ciudad y por la forma de llover a lo bestia durante varias horas. En cuanto a la frecuencia, dicen que este año ha llovido menos que de costumbre, pero aún así, creo que tendría que llover el triple para que me pudiese llegar a afectar. También me habían dicho tantas cosas que me había imaginado teniendo que llevar botas de agua e impermeable góticos las 24 horas del día. Tampoco está siempre nublado, he visto el sol lo suficiente como para no echarlo de menos demasiado pero a la vez para alegrarme un montón y estar de excelente humor cuando sale. Ea, ya está, si era el clima lo que os echaba para atrás para venir a visitarme, podéis ahorraros la excusa.

La ciudad libre y hanseática de Hamburgo

Coat of Arms of HamburgEse título tan rimbombante es el nombre completo de la ciudad en la que me encuentro desde hace tres semanas. Eso de libre y hanseática viene desde la Edad Media, pero a mí me interesa más el presente. Para los que no tengáis ni idea de Hamburgo os diré que está en el norte de Alemania, que es la segunda ciudad más grande después de Berlín y que tiene uno de los puertos con más tráfico del mundo porque el río Elba, que la atraviesa, es perfectamente navegable por barcos grandes. En mitad de la ciudad hay un lago enorme, el Alster. Hamburgo tiene más puentes que Amsterdam y Venecia juntas, disfruta de la mayor renta per cápita de Alemania y el 75% de los medios de comunicación alemanes tienen su sede aquí, así como más de 120000 empresas. Todo eso, creo yo, hacen que Hamburgo esté llena de gente de todas partes del mundo y que no sea una ciudad espectacular por su belleza (como lo es por ejemplo Viena o Berlín en algunos sitios). El bundesland de Hamburgo es el único de Alemania que no tiene ningún sitio declarado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El centro, con el ayuntamiento y sobre todo el lago, sí que es realmente bonito. Sin embargo, lo que me ha gustado de Hamburgo no es eso. Es la ciudad más animada y alternativa en la que he estado. No importa el tiempo que haga, ni la hora que sea, que todos los días he encontrado montones de gente en la calle. Las aceras llenas de mesas, las terrazas a rebosar, las calles tan concurridas…

En cuanto a mí, he tenido mucha suerte con el sitio donde vivo. El instituto Goethe era el que me buscaba una habitación en una casa para quedarme estas 4 semanas. El emplazamiento, la calidad y los desórdenes mentales de mi/s anfitrión/es dependían exclusivamente del azar. El destino me ha traído a un piso diminuto y caótico que comparto con una alemana de 1.90 de estatura en el barrio de St. Pauli al lado del Landungsbrücke (a 15 minutos en bici del instituto Goethe y a 5-10 minutos del centro). Maike, pues así es como se llama, se dedica a trabajar en una agencia de viajes, a cocinar y a salir de fiesta todo lo posible, puesto que vivimos en uno de los dos barrios de moda de la ciudad, junto con el Schanzenviertel o Schanze. A todos esos españoles convencidos de que en España es donde más bares hay, donde la gente sale más y más se divierte, les recomendaría que se dieran una vuelta por aquí y se enfrentasen a la realidad. En St. Pauli además está el Reeperbahn (la milla del pecado), que es la zona roja de la ciudad al más puro estilo Amsterdam. Ahí fue donde Los Beatles empezaron su carrera musical y por supuesto, no falta el callejón donde las señoritas se exhiben en los escaparates. Como casi todas las ciudades de Alemania, hay bicis y carriles bici por todas partes. Aquí en Hamburgo el peligro lo tienen los peatones, ya que los ciclistas conducen en general como si el diablo los persiguiera. Además, son los ciclistas los que increpan a los peatones y no al revés como pasa en Sevilla.

En estas tres semanas, además de hacer turismo por Hamburgo, estuve un día en Bremen (sí, la ciudad del cuento de los 4 músicos de Bremen de los hermanos Grimm), que es realmente preciosa. Me he dejado unas cuantas cosas para ver porque Jorge me va a honrar con su presencia a partir del martes :) He hecho bastantes fotos que podéis ver como siempre en mi cuenta de Flickr. En general, mi impresión de Hamburgo es que es la ciudad menos alemana de Alemania, quizá sea por la cantidad de inmigrantes, no sé. La gente habla mucho con los desconocidos, las calles no están especialmente limpias (aunque la suciedad no puede compararse a la de España, no vayáis a pensar) y el reciclaje no está tan a la orden del día. Es verdad que no echo de menos Sevilla y que no tengo ningunas ganas de irme a Londres. Creo que me voy a esconder en una caja del puerto o en un club del Reeperbahn y que vengan los del Imperial a buscarme.

Hamburg Meine Perle

Aún tengo pendiente una entrada contando un poco lo que he hecho y visto estas casi dos semanas en Hamburgo. De momento, os las resumo diciendo que después de estar aquí un mes no sé de dónde voy a sacar el ánimo y el optimismo para mudarme a Londres (ciudad que ahora imagino como insultantemente cara, gris y enemiga declarada de los ciclistas) y que dejé de echar de menos Sevilla en cuanto di mi primer paseo por el centro y por St. Pauli, puse los pies en el Schanzenviertel y me levanté a las 6 de la mañana para ir al Fischmarkt. De todas formas, os recuerdo mi condición de adolescente hormonada que se enamora intensamente de cualquier ciudad, para en breve traicionarla, olvidarla y caer rendida en los brazos de la siguiente.

Para que os hagáis una idea de cómo las gastan los “Hamburgueses”, os dejo aquí el himno del equipo de fútbol Hamburgo SV (con un intento de traducción por mi parte, se aceptan correcciones). La letra es el complemento perfecto a la música.

Hamburg Meine Perle Hamburgo Mi Perla

Wenn du aus Dortmund kommst,
schießt Geld dir keine Tore.
Wenn du aus der Hauptstadt kommst,
scheißen wir auf dich und dein Lied.
Wenn du aus Leverkusen kommst,
dann lass den Torwart gleich zu Hause
Wenn du auf Schalke kommst,
ist das für uns ‘nen Auswärtssieg.

Wenn ich weit, weit weg bin
Ob in Juve oder Rom
dann denk ich “Hamburg meine Perle” und singe:
home sweet home!

Refrain:

Ohh Hamburg meine Perle
du wunderschöne Stadt
du bist mein Zuhaus, du bist mein Leben
du bist die Stadt auf die ich kann, auf die ich kann

Wenn du aus Bremen kommst,
gibts für dich hier nix zu holen.
Wenn du aus Rostock kommst,
bleibst am besten gleich zu Haus.
Wenn du aus Cottbus kommst,
kommst du eigentlich aus Polen.
Wenn du aus München kommst,
ziehen wir dir die Lederhosen aus.

Wenn ich weit, weit weg bin
In Athen oder auf’m Dom
dann denk ich “Hamburg meine Perle” und singe:
home sweet home!

Refrain:

Hamburg meine Perle
du wunderschöne Stadt
du bist mein Zuhaus, du bist mein Leben
du bist die Stadt auf die ich kann, auf die ich kann

[...]

Wenn ich weit, weit weg bin
Ob in Juve oder Rom
dann denk ich “Hamburg meine Perle” und singe:
home sweet home!

Refrain 2 x:

Hamburg meine Perle
du wunderschöne Stadt
du bist mein Zuhaus, du bist mein Leben
du bist die Stadt auf die ich kann, auf die ich kann

Si vienes de Dortmund,
el dinero no os marcará ningún gol.
Si vienes de la capital,
nos cagamos en ti y en tu himno.
Si vienes de Leverkusen,
entonces da igual que dejes el portero en casa.
Si vienes a Schalke (Gelsenkirchen),
ganamos fuera de casa.

Cuando estoy lejos,
en Juve (Turín) o Roma
entonces pienso “Hamburgo mi perla” y canto
home sweet home!

Estribillo:

Ohh Hamburgo mi perla
tú, maravillosa ciudad
eres mi hogar, eres mi vida
eres la ciudad en la que soy capaz, en la que soy capaz

Si vienes de Bremen,
no tienes nada que recoger aquí.
Si vienes de Rostock,
quédate mejor en casa.
Si vienes de Cottbus,
en realidad de donde vienes es de Polonia.
Si vienes de Munich,
te quitamos los Lederhose.

Cuando estoy lejos,
en Atenas o en el Dom
entonces pienso “Hamburgo mi perla” y canto
home sweet home!

Estribillo:

Ohh Hamburgo mi perla
tú, maravillosa ciudad
eres mi hogar, eres mi vida
eres la ciudad en la que soy capaz, en la que soy capaz

[...]

Cuando estoy lejos,
en Juve (Turín) o Roma
entonces pienso “Hamburgo mi perla” y canto
home sweet home!

Estribillo 2 x:

Ohh Hamburgo mi perla
tú, maravillosa ciudad
eres mi hogar, eres mi vida
eres la ciudad en la que soy capaz, en la que soy capaz

StadtRAD Hamburg

Ayer, en cuanto di la primera vuelta por el centro de la ciudad para hacerme una idea de cómo era todo, StadtRAD Hamburg me encontré con unas bicis rojas bastante resultonas que tenían toda la pinta de ser el Hamburgbici que me iba a ahorrar los casi 50 euros del abono mensual de metro. Investigué un poco por Internet y me registré de forma muy sencilla usando mi tarjeta de débito. Cuesta 5€, que se acumulan como saldo, la primera media hora es gratis y a partir de ahí, 4 céntimos por minuto.

El sistema de uso estas bicis públicas de Hamburgo es tan sencillo y lógico como la declinación de los adjetivos en alemán. Usando la pantalla táctil del terminal, activas “sacar bici”, te identificas con tu tarjeta y eliges la bici que quieres mediante un número de 4 dígitos escrito en la propia bici (las bornetas no están numeradas). A continuación, la pantalla te muestra un código de desbloqueo, el Öffnungscode, también de 4 dígitos que debes introducir en una pequeña pantalla táctil situada en la propia bicicleta. Con eso se desbloquea el cierre de seguridad y la pantallita te desea un feliz paseo. Devolver una bici es aún más ameno. Buscas una borneta libre, introduces el cierre de seguridad en la bici y aprietas un botón de bloqueo que emerge en un lateral de la cajetilla con la pantalla. El cierre reconoce la borneta donde la has aparcado y la pantallita te muestra un código de devolución de 4 dígitos, el Quittungscode. Con 8 dígitos en tu cabeza (4 de la bici y 4 del Quittungscode) vas de nuevo al terminal, pulsas en “devolver bici” e introduces el código de la bici y el Quittungscode. La pantalla te muestra los minutos y el dinero que te ha costado si se da el caso.

Tras registrarme, decidí probarlo inmediatamente, desde el instituto Goethe hasta la calle Eichholz en St. Pauli, donde comparto un piso bohemio con una alemana de 1.90m muy simpática. Por supuesto, cuando me dirigí a la estación del StadtRAD al lado del instituto Goethe pensaba que sería parecido al de Sevilla o al de Viena y no me había leído el manual de instrucciones on-line. Cuando elegí la bici que quería y el terminal me mostró el código de 4 cifras de desbloqueo, me pilló tan de sorpresa que sólo me quedé con 3 de las 4 cifras. Mientras trataba de averiguar qué eran esos números leyendo los mensajes en alemán de la pantalla, el cacharro impaciente volvió a mostrar la pantalla de inicio. Me fui entonces hacia la bici, donde localicé la tapita que cubría su pantallita táctil. Me pidió el código pero no tenía ni idea de cuál era ni dónde iba la cifra que me faltaba. Me puse a probar unos cuantos números pero no acertaba, así que me dije, “bueno, vamos a decir que la devuelvo y saco otra”. Volví al terminal y pulsé en “Devolver bici”. Ahí me quedé a cuadros cuando el malvado cacharro me pidió 2 números de 4 cifras. Uno era el de la bici, vale, 8139 y el otro era el Quittungscode. Pensando en voz alta qué diablos sería Quittungscode me fui otra vez a la bici y estuve revisándola en busca de cualquier indicio de Quittungscodes. Probé con toda clase de números escritos en la bici o en la borneta e intenté de nuevo adivinar el código de desbloqueo sin éxito, todo eso al sol y rodeada de abejas y avispas de los numerosos arriates con flores de la que es la ciudad más verde de Alemania. Al borde de la desesperación, como habían pasado más de 20 minutos, llamé a un número de teléfono que estaba escrito en la bici (el número ese tampoco se libró de ser partido y probado como Quittungscode) y tras explicarle la situación a un eficiente operario, me facilitó el código de desbloqueo completo y pude sacar la bici. La devolví inmediatamente para no sobrepasar la media hora y alcé las manos al cielo en señal de agradecimiento cuando tras pulsar el botón de bloqueo, la pantallita de la bici me reveló las 4 maravillosas cifras del Quittungscode. Fui al terminal con los 8 dígitos en mi cabeza (los 4 de la bici y los 4 del Quittungscode) y al fin la pude devolver.

Convertida ya en una experta del StadtRAD Hamburg, saqué otra vez la misma bici y me dirigí a casa, consultando de vez en cuando el mapa. El sistema será enrevesado, pero las bicis son una pasada, nada que ver con mi bici plegable o con las del Sevici. Cuando estaba en proceso de devolverla cerca de casa, un pobre alemán novato del StadtRAD gritaba a la pantalla de su bici “Welchen Knopf? WELCHEN KNOPF? (¿qué botón? ¿QUÉ BOTÓN?)”. Identificándome con su frustración y sufrimiento, le eché una mano y eso me hizo olvidar parte del código de mi bici, que estaba intentando retener en la memoria junto con el nuevo Quittungscode. No es problema, claro, si la bici está cerca del terminal, tienes muy buena vista o corres muy rápido.

StadtRAD Hamburg

Jena

Jena en AlemaniaComo veis, sobreviví a mi discurso incluso para ser capaz de coger un par de aviones. Yo tampoco sabía donde estaba Jena hasta que me enteré de que iba a viajar allí. Desde el viernes pasado ando por Alemania oriental, concretamente por el estado de Turingia, dejando que me exploten un poco en la Fiedrich Schiller Universität Jena (que lleva ese nombre porque el propio Schiller dio clases en ella). Como bien afirman los panfletos, no es que Jena sea una ciudad con universidad, si no que toda la ciudad es la universidad. Tras 11 días aquí puedo confirmar que es cierto. También es donde Carl Zeiss empezó a hacer sus pinitos con las lentes y hay una gran fábrica de Carl-Zeiss. Multitud de cosas se llaman Zeiss-loquesea (hasta el equipo de fútbol). Es un sitio bastante bonito aunque pequeño y vacío de gente los domingos y que durante las vacaciones universitarias se transforma en una ciudad fantasma.

Uno de los aspectos traumáticos de mi estancia aquí ha sido mi alojamiento, colocado en una montaña (ya decía yo que el nombre del sitio, “Am Herrenberge”, no presagiaba nada bueno) que he tenido que subir y bajar a diario para coger el autobús. La tienda más cercana era un supermercado a más de 2 km de distancia. Os podéis imaginar el panorama: bosques, casitas, ausencia de ruido, ausencia de contaminación… Para algunos el paraíso, para mí el infierno. Creo que mis pulmones no están hechos para respirar aire puro y que no soy capaz de dormirme sino hay unos canis borrachos gritando debajo de mi ventana. Y por cierto, subir la montaña después de que unos alemanes te expriman en sesiones de trabajo durante el día, cargando con el portátil y con la compra, sujetando el paraguas y esquivando el agua que baja no es un contacto con la naturaleza nada agradable.

Lo mejor del viaje ha sido básicamente poder estar en Alemania: la seguridad y limpieza total en las calles, todos los tipos de pan tan rico, el reciclaje, los helados italianos baratísimos, las comidas “turingenses” a las que me han invitado y poder practicar muchísimo mi alemán. Ayer, aprovechando que mi jefe alemán se despidió de mí definitivamente el viernes, cogí un par de trenes y me fui a visitar las ciudades de Erfurt y Weimar. Son realmente preciosas, sobre todo la última. He puesto ya bastantes fotos en mi cuenta de Flickr y el martes pondré las que faltan.

Este viaje subvencionado por mi grupo de investigación pone el cierre a mi etapa investigadora en la universidad (si es que se la puede llamar así). Aunque de docencia me quedan un par de meses, el 14 de julio cumple mi contrato de investigación. Estaría feo describir el profundo sentimiento de liberación y alivio que me invade, así que diré que está muy bien concluir una etapa, haber probado cómo era eso de trabajar en la uni y encontrarme lista para volver a ser alumna de nuevo en Londres.

Mañana regreso a Sevilla. Me espera un viaje bastante largo entre trenes y aviones pero tengo ganas de volver a sentir los 40º y el sol, porque aquí lo que se lleva más es la lluvia y que el termómetro no suba de 20º en julio. Mi próximo destino, a partir del 26 de julio, también en tierras teutonas.

Bajo el mar

No he muerto ni me he quedado atrapada para siempre en la red de metro de Manhattan, entre todos los trenes exprés, locales y los que sólo pasan los sábados de 1pm a 4pm si no es un mes par o no han nacido 3 niños albinos. Una serie de acontecimientos que se han ido precipitando en mi vida me ha impedido actualizar el blog debidamente, por lo que ésta es la primera de una larga serie de historias atrasadas. Empezamos, pues, con el fin de semana en Nueva York en compañía de Fernando.

Un alemán boracho nos había invitado a ir el sábado por la noche a un club del Meatpacking, si recordáis. Como hacemos con todo, investigamos el sitio previamente por Internet y resultó ser el Tenjune, famoso por las visitas de Britney Spears y otra chusma similar. Los amigos del alemán querían ir allí a ver a todas las modelos que seguramente habría con motivo de la semana de la moda. Tras evaluar nuestro vestuario y nuestra glamurosa presencia en general y calcular la probabilidad de que el tipo de la puerta nos humillase públicamente y nos echara a patadas de allí, decidimos no ir y probar suerte en la taquilla del TKTS para un musical de Broadway por la noche.

Por la mañana hicimos un viaje de ida y vuelta en ferry hasta Staten Island con una humedad del 1000%, dimos un paseo por el solar de la zona cero y por Wall Street y acabamos en South Street Seaport, que es una especie de zona marítina/turística/portuaria de Manhattan. Las calles son de piedras, la humedad es insufrible y hay muelles con barcos. Además de eso, hay una taquilla de TKTS como la de Times Square pero que en vez de abrir a las 15:00 con una cola kilométrica en la puerta abre de 11:00 a 18:00 y apenas hay gente. Nosotros llegamos sobre la una, esperamos 10 minutos y salimos de allí con tres entradas para La Sirenita en un sitio genial del teatro por $66 cada una (normalmente cuestan más de $120). Las entradas que se venden en cualquier taquilla de TKTS para la sesión de la noche siempre son para el mismo día.

Estábamos dando vueltas cerca del ayuntamiento y pensando qué hacer cuando el huracán Hanna decidió manifestarse. No he visto llover así en mi vida, tan fuerte y en horizontal. Teníamos un paraguas para los tres que se rompió nada más abrirlo, llegamos hasta la boca de metro más próxima completamente calados y a partir de ahí, nos trasladamos de forma subterránea hasta Eileen’s Special Cheesecake a comer auténtica tarta de queso neoyorquina. Vi un reportaje sobre la tarta de queso en Nueva York y decidí que ése era un buen sitio para probarla. En Manhattan hay por todas partes y es muy distinta a la que tenemos por España (que al parecer se hace con una receta italiana).

Por la noche, tras ducharnos y ponernos ropa seca, nos largamos a Broadway a nuestro musical. En los escasos 100 metros que separaban la estación de metro del teatro Lunt-Fontanne nos volvimos a empapar bajo nuestro paraguas roto para tres. A pesar de ver todo el espectáculo tiritando y con los pies mojados, nos quedamos sorprendidos de lo chulísimo que era. Al salr, como había escampado, nos fuimos a cenar y luego a entrar en calor a base de Long Island Iced Tea. Volvimos a las cuatro de la mañana, con el propósito de madrugar al día siguiente para la misa gospel en Harlem, pero eso lo dejo para el siguiente post.

Tarta de queso

El viernes más divertido de todos los que estuvimos en Nueva York antes del 6 de septiembre de 2008

Tanto el contenido como el título de este post contienen alusiones a bromas que sólo entenderá el 5% de mis lectores habituales, es decir, 2 =)

Fernando consiguió encontrar nuestra escuela de forma bastante eficiente, incluso dando antes un paseo por Soho, Noho y alrededores. Después de perdernos en el metro, soltar sus cosas en la resi y disfrutar de una bonita vista de Manhattan desde el Brooklyn Heights Promenade, nos fuimos a pasear por la Quinta Avenida, a ver Times Square y a comer en el Burguer Junction. Por la noche decidimos subir al Empire State Building y de camino, pasamos por Bryant Park, donde había montadas una especie de carpas enormes con motivo de la Fashion Week que empezó ayer.

La subida al Empire State nos pareció objetivamente un timo, para los $19 que cuesta. Durante todo el rato que tenías que esperar en las colas te acosaban insistentemente con publicidad de otras cosas, no sólo del edificio en sí, si no de tours turísticos por ejemplo. Luego, cuando subías al piso 86 donde está el mirador (se puede subir al 102 pero te hacen pagar $15 más), no podías ver casi nada porque estaba atestado por completo. Había que esperar a tener un huequito en un lado de la barandilla e intentar hacer alguna foto. La vista de Central Park es horrible, puesto que está tapado casi por completo por otro rascacielos. Está claro que el Empire State es el edificio más famoso y por eso sube tanta gente, pero si alguien va a Nueva York y quiere verlo bien de verdad desde arriba, yo recomendaría pasar del Empire State y subir sólo al Top of the Rock. Cuesta sólo $1 más y la vista no tiene ni punto de comparación.

Aparte de mis críticas al sitio, nos lo pasamos genial ahí arriba, intentando hacernos fotos con iluminación de linternas o intentando identificar edificios en el mapa panorámico old-fashioned que Fernando se compró (en cuanto consiga algunos duros te pagaré, pero opino que es un precio abusivo) y que unos turistas japoneses pisotearon.

Luego volvimos a la residencia para salir pero los amigos de clase de Jorge nos dejaron tirados. Yo decidí entonces quedarme, viendo el primer capítulo de Gossip Girl, que transcurre en Manhattan y me vale para practicar inglés, mientras ellos se internaron en la vorágine nocturna de alcohol y drogas de Brooklyn. Su mayor hallazgo fue un alemán borracho al que acababa de dejar su novia y que les invitó a ir a una especie de club del Meatpacking esta noche.

Ahora en un rato, si conseguimos despertar a Fernando, nos iremos a Wall Street, la zona cero y a coger el ferry de Staten Island.

Jorge, Fernando y Rosa, en el Empire State

Very organized nature

Han pasado unos cuantos días desde mi último post, supongo que me he vuelto más vaga y cuando termino de etiquetar y subir fotos a Flickr no me apetece ponerme a escribir. Peeeeeero tenía que contaros cosillas del fin de semana pasado, que para nosotros duró tres días porque el lunes fue fiesta nacional en EEUU (Labor Day, o día del trabajo).

El mejor sitio al que fuimos fue sin duda Central Park, el domingo. Este parque tan famoso está en el centro de Manhattan, tiene forma de rectángulo y mide 4.1 Km de largo por 830 m de ancho y es el parque más visitado de los Estados Unidos. Ha salido en un montón de películas y series, hay partes del parque que seguro que habéis visto más de una vez incluso sin saberlo. La verdad es que es precioso y reúne las características perfectas para alguien reacio a la naturaleza, como yo. Mi amiga Caroline, de Linz, me dijo que a mí sólo me gustaba la naturaleza muy organizada y manipulada por la mano del hombre, y es verdad. No soporto ni el campo, ni la playa ni la montaña. Este año he tenido suerte y me he librado por completo de pisar cualquiera de los tres sitios (el año pasado no fue así y tuve que ir un día a la playa). Para mí la naturaleza perfecta es como Central Park, por muchos motivos:

  • Hay wifi gratis en casi todo el parque (aunque en algunas zonas no funciona nada bien). Tienen además una bonita versión de su web para iPhone/iPod touch, donde usando Google Maps puedes saber dónde estás y obtener información varia, como lugares de interés a menos de 10 minutos caminando o donde están los baños más cercanos.
  • Los baños, sí. Existen, hay suficientes y están limpios y desinfectados, aunque el domingo, estando el parque a rebosar de gente, había cola en la mayoría.
  • Puedes caminar por donde quieras, pero hay senderos de asfalto o de cemento, separados en bicicletas, coches de caballos y peatones, con sus semáforos y eso. Si eres un lunático como yo, que no soporta caminar sobre tierra o piedras, puedes llegar a todas partes sin una mota de polvo.
  • Hay lugares súper bonitos para ver, como el Strawberry Fields Memorial, el castillo Belvedere o el jardín de Shakespeare (y un buen puñado más que me dejo sin poner).
  • Las zonas habilitadas para estar tirado o hacer picnic son enormes extensiones de cesped perfecto y mullido. La creo que es la más grande se llama Sheep Meadow (el nombre les honra, se ganaron todo mi aprecio ^^). El domingo pasamos y estaba atestada de gente en bañador, tomando el sol o jugando al frisbee.
  • Y lo más importante para mí: cuando te hartas de insectos, ardillas, cosas verdes y árboles, andas 15 minutos o menos según dónde estés y te encuentras de nuevo en una de las ciudades más grandes del mundo, con todos sus rascacielos, contaminación y gente corriendo.

El día siguiente, lunes festivo, nos fuimos al museo Metropolitano de Arte, que es absolutamente inabarcable. Es enorme e impresionante. A riesgo de quedar aquí como una inculta desgraciada, os diré que me aburrí bastante debido a mi completa ignorancia en temas de Historia del Arte. Supongo que para la gente que sí que sepa del tema, este sitio tiene que ser como el paraíso de los museos.

Después de vagar por montones de salas durante unas cuantas horas, nos fuimos dando un paseo hasta la tienda de juguetes FAO-Schwarz, donde está el piano gigante de la peli Big. Fue decepcionante porque sólo dejan tocar a los niños, aunque la tienda era muy divertida.


Al final del día subimos al Top of the Rock en el Rockefeller Center. Es un mirador encima de un rascacielos para ver la ciudad desde arriba que compite con el piso 86 del Empire State. La verdad es que nada más por ver Central Park ya merecía la pena. Cuando subimos todavía era de día, así que al Empire State subiremos de noche para tener otra imagen de la ciudad.

El resto de la semana ha sido mucho menos turística. Hicimos una cola en la taquilla de TKTS para sacar entradas para Broadway y cuando nos tocó descubrimos que sólo se podía pagar en efectivo y que no teníamos suficiente. A este paso, nos iremos de aquí sin ver ningún musical. Paseamos mucho por el East Village, el Soho, el Noho y Nolita, fuimos al cine en el Upper East Side al módico precio de $12 por persona y vimos muuuuchas tiendas alrededor de Union Square. El motivo de haber dejado un poco las cosas turísticas de lado es que esperamos visita. Nuestro amigo Fernando, que está buscando vida extraterrestre en el SETI en Silicon Valley con una beca integrants ha encontrado un vuelo barato desde San Francisco a Nueva York y va a estar con nosotros desde hoy hasta el martes por la mañana, aprovechando que podemos tener invitados gratis en nuestra residencia. En estos cuatro días haremos turismo intensivo y veremos muchos de los sitios que nos faltan, como la Estatua de la Libertad, Wall Street y la zona cero o misa gospel en Harlem, y por supuesto, haremos un picnic en Central Park.

Wha?

El “bar ruso” al que Jorge me dijo que íbamos a ir era en realidad un club de jazz del Greenwich Village, llamado Cafe Wha?. El concierto, que no era de jazz, estuvo bastante chulo y las bebidas, aunque caras, también. Tenemos pendiente visitar el barrio, junto con el East Village que es donde está nuestra escuela de inglés, más a fondo durante el día porque parece muy bonito. Es donde se supone que vivían los de Friends :)

Al día siguiente, tras levantarnos con gran esfuerzo para ir a las 3 últimas horas de inglés de la semana, nos fuimos a pasear por Chelsea y el Meatpacking District. Una de las cosas chulas que hay por allí, si te gusta la comida gourmet, es el Chelsea Market. Está enfrente de una gran tienda Apple, en la planta baja de un edificio enorme que era la fábrica de las galletas Nabisco (creadora de las oreo). Hay unas 25 tiendas de alimentación, cada cual más apetecible, en un entorno industrial de ladrillo y metal.

La zona del Meatpacking District es rara, las calles son como de piedra y mucho menos turísticas que el resto de sitios por donde hemos estado. Me recordaban más a Europa. Antes era un sitio bastante sórdido, la calle principal era un matadero y la prostitución ejercida por transexuales estaba a la orden del día. Ahora está lleno de tiendas y restaurantes de diseño. Cosas de las modas.

Después de comer en un sitio en el que toda la comida tenía soja, nos fuimos al MoMA porque resulta que los viernes de 16:00 a 20:00 es gratis entrar. Aún así, hay que conseguir un ticket que ponga $0.0 y la cola daba la vuelta a la manzana. En la tienda del museo Jorge se compró el reloj más guayísimo de la historia, aunque sus bordes pinchan.

Reloj pixelado

Hoy, día feliz sin clase, nos fuimos al Upper West Side y al museo de Historial Natural, donde nos hemos tirado gran parte del día y aún así no hemos conseguido verlo entero. El resto del tiempo hemos paseado bastante, por allí cerca hay edificios famosillos, como el Dakota, donde se cargaron a John Lennon. Lo más destacable es el cupcake (¿hay palabra en español para cupcake?) que me comí por la tarde, en la pastelería Magnolia, que estaba por la zona. Estaba tan bueno que al llegar me puse a investigar por Internet y resulta que es muy famosa en la ciudad, por ser de los primeros sitios que hacían cupcakes en Nueva York pero sobre todo por salir en varios capítulos de Sexo en Nueva York. Hasta forma parte del tour turístico Sex in the City que hay. Qué cosas.


Helado, fortuna y templos budistas

Definitivamente, las cosas con 13 años impresionan más y parecen mucho más enormes y espectaculares que a los 24. Recordaba la visita a la ONU muchísimo más especial de lo que ayer fue. En fin, había que repetirla, de cualquier forma.

El día de hoy ha resultado bastante más interesante. Después de clase, fuimos caminando por el Soho hasta Little Italy y Chinatown. Lo de Little Italy es básicamente una calle, Mulberry St, que está petada de turistas, tiendas de souvenirs y restaurantes italianos. Lo más guay es que al seguir andando por ella, de forma totalmente abrupta, aterrizas en una especie de planeta distinto llamado Chinatown. Es como otro mundo. Hay muchos turistas, sí, pero las calles, llenas de carteles en chino, de puestos con frutas extrañísimas y por supuesto, de chinos, son algo para ver.

Allí en Chinatown teníamos un destino en mente, la famosa Chinatown Ice Cream Factory, considerada por algunos la mejor heladería de Nueva York. Como adicta a los helados que soy, ya había investigado, qué creíais. Tengo por ahí apuntados los mejores cupcakes y los mejores muffins ;) Allí nos pedimos un helado de té verde y otro de judías azuki, que son una especie de cosa dulce. La carta de sabores es enorme y bastante original (sésamo, gengibre o calabaza, por ejemplo).

Chinatown Ice Cream Factory

Muy cerca hay un parque chulísimo, el Columbus Park, con mesas y bancos. Cuando llegamos estaba súper concurrido, lleno de abuelitas chinas jugando a las cartas y hombres chinos jugando al mah-jongg. Después de eso pasamos por un templo budista, donde donando $1 podías coger un papelito para conocer tu fortuna. Esto es lo que me salió:

No. 12

Probability of Success: Excellent

Work hard so that your dream will come true, though it may seem difficult for you.

You may soon shape the whole nation’s view, or design a space ship for its crew.

Ahí se ve plasmado mi futuro como líder de masas ovinas. A Jorge le salió esto otro:

No. 47

Probability of Success: Poor

The world is full of traps which cause many mishaps.

Don’t sail and get aground nor run circling around.

Como podéis ver, los papelitos estos son sinceros. Podían haber escrito cosas buenas en todos pero no, prefieren que uno afronte la cruda realidad.

Tras conocer nuestro destino, decidimos volver andando cruzando el puente de Brooklyn. Ahora volveremos a Manhattan porque hemos quedado con unos coreanos y japoneses de la clase de Jorge para ir a un bar ruso, confirmando lo cosmopolita que es esta ciudad. Mañana os contaré.

Columbus Park
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