Esta tarde le estaba contando Paula a Jorge que había ido al críquet, lo que me provocó grandes deseos de ponerme a escribir sobre los dos deportes incomprensibles que conozco. El primero es el críquet, que por si no os suena demasiado de qué va, es un deporte supuestamente originado en Inglaterra, en el que se juega con palos en un campo verde y se batea como en el béisbol. Ah, y los partidos a veces duran 1 día, a veces duran 3 días, a veces 4… Hasta ahí llegan todos mis conocimientos sobre el críquet. Intentar aprender las reglas completas y familiarizarme con la dinámica de juego es una de las tareas que reservo para cuando por fin me concedan la vida eterna (tardan tela en procesar las solicitudes). Baste decir que las reglas del críquet, The Laws of Cricket, están custodiadas por el Marlylebone Cricket Club (MCC) desde el siglo XVIII, se revisan de cuando en cuando y cuentan con una versión mucho más ágil, resumida y fácil de digerir de 151 páginas denominada Open Learning Manual. Si eso no es suficiente para vuestras mentes ávidas de críquet , podéis consultar las 42 leyes y los 5 apéndices en la propia web del MCC o incluso comprarlas impresas. Los títulos de las leyes no tienen desperdicio, estoy luchando contra la tentación de desentrañar la ley 2: Substitutes and runners; batsman or fielder leaving the field; batsman retiring; batsman commencing innings.
El otro deporte incomprensible que se me vino a la cabeza esta tarde se llama Snooker. Lo descubrí un domingo en el gimnasio en el que la conexión de las máquinas elípticas con los canales de TV estaba súper chunga y el único que podía ver era el Sky Sports. Pensé, “total, son 15 minutos, voy a ver el campeonato este de billar“. Para mí existen dos tipos de billar, el normal (hay bolas de 2 colores y agujeros, gana el que meta antes sus bolas, intuitivo) y el grotesco, en el que no hay agujeros y la cosa va de hacer carambolas (no intuitivo). Aprovecho para mencionar que odio y desprecio el billar, sobre todo la modalidad grotesca. También solía odiar a Apple y los kiwis, así que no os extrañe que dentro de 10 años esté desensamblando y enfundando mi propio taco recubierto de fibra de carbono con mis iniciales grabadas para viajar a la LXIV convención de amantes del billar.
En fin, que me desvío. Estaba viendo el Sky Sports en la elíptica, cuando me percaté de que lo que yo había tomado por la variante normal del billar era en realidad el campeonato del mundo de snooker justo a punto de comenzar. Como no había oído hablar de semejante cosa en mi vida, me propuse averiguar de qué iba el juego en los 12 minutos que restaban de mi calentamiento. Todo lo que puedo decir es que los tipos golpeaban las bolas. A veces de un color, a veces de otro. Las bolas se movían. A veces esas bolas golpeaban otras bolas. A veces no. A veces rebotaban en los bordes de la mesa. A veces no. A veces se desplazaban sólo 1 micra. La gente siempre aplaudía con gran fervor y emoción. Luego la máquina me felicitó por el workout finalizado y se acabó mi calentamiento y con eso mi oportunidad de revelar los secretos de tan extraña variante del tipo de billar normal. Seguramente las reglas del snooker son en longitud y complejidad el 1% de las reglas del críquet y podría leerlas rápidamente por ahí, en la wikipedia mismo, pero mi ignorancia me resulta mucho más divertida y reconfortante.
El resto de deportes que conozco son sencillos e intuitivos, hay aros, porterías, bolas, en los más sofisticados hasta raquetas… y los objetivos suelen estar bastante claros. El único que quizá podría resultar podría ir en contra de la intuición es el golf, pero ya desentrañé todos sus secretos hace más de 3 años así que os dejo con esa pequeña incursión en el turbio pasado de Rosapolis.