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¡Esto se acaba!

Pues sí, en los últimos dos días he tenido una despedida detrás de otra. La más triste fue ayer de Jarek, al que no sé si volveré a ver y al que me he arrepentido bastante de no haber conocido mejor. La segunda más triste ha sido hoy, de Karolina, pero como nos volveremos a ver, puede que en Viena el día 10 o este verano con total seguridad cuando me vaya a Berlín (es casi el único plan no sujeto a cambios del verano que viene), no estoy demasiado triste por haberle dicho adiós. No tengo la sensación que se te queda en el cuerpo cuando dices adiós para siempre.

Karolina se ha convertido en alguien realmente especial en los últimos meses. Ayer se cogió una borrachera tremenda y aparte de acabar dentro de un carrito de supermercado traído por un húngaro y de derramar una botella de agua por toda su habitación, incluido el interior de su maleta a medio hacer, me dijo unas cosas realmente bonitas y emotivas. Si la mitad de todas ellas continúan siendo ciertas cuando se le pase la resaca, puedo andar por ahí con la certeza de tener un segundo hogar en Varsovia. Ich werde dich vermissen, meine alter Schwester.

Por lo demás, ahora estoy con el estrés de tener que meter todas las porquerías que he ido acumulando durante 5 meses en una maleta que luego tendré que arrastrar por Centroeuropa. Mañana por la mañana salgo para Český Krumlov, con Fabio y con Georg. Allí nos encontraremos con Šárka, que viene desde Praga para hacernos de intérprete y de guía. Será mi última despedida.

Ahora ya puedo decir que me alegro muchísimo de haber venido. A pesar de los momentos malos que ha habido, ha compensado con creces. Me da un poco de pena irme pero me alegro de contar ahora con tantos recuerdos y experiencias. Sólo por descubrir un país como Austria ya habría merecido la pena y en general creo que el erasmus ha superado mis expectativas.

Galletas de coco

La compañera de tandem de Antonio y mía, Margaretta, que es una austriaca de unos 45-50 años, nos invitó a cenar a su casa una comida típica austriaca. Habíamos fijado la fecha para hoy y al final Antonio encontró un vuelo muy barato a Inglaterra esta mañana y se largó, por lo que fui yo sola. Me encantan este tipo de cosas, porque además de comer el típico asado que las amas de casa de la tele sacan del horno (Schweinbraten), con Semmelknödel y ensalada de col (Krautsalat), pude pasar un rato con una familia austriaca (Margaretta, su marido, su hija que estudia en Viena y otra hija que está en el instituto) y por supuesto hablar muchísimo alemán.

Según me inculcaron en clase de alemán, cuando en Austria te invitan a comer has de demostrar tu buena educación llevando algo que hayas hecho tú mismo. Por esto, decidí usar una receta de galletas de coco que Sarka me había explicado y así de paso usar los huevos que tenía en mi nevera, antes de irme de aquí para siempre. Para que no se me olvide y por si a alguien le sirve, aquí está, día de receta en Rosapolis.net. Es tan fácil que hasta yo puedo hacerlas sin demasiados incidentes y sin correr el riesgo de que alguna familia austriaca me odie de por vida por obligarles a comer mi asquerosa comida. Las cantidades son aproximadas porque yo lo calculo todo siempre de forma instintiva, guiándome por el humor con el que me he levantado ese día o por si el color que adquiere pega con mi ropa. Normalmente funciona.

Ingredientes

  • 6 claras de huevo
  • 250 - 300 gramos de azúcar
  • 200-250 gramos de coco rallado

Preparación

Lo primero es batir las claras a punto de nieve. Eso significa que tienes que coger una batidora con un accesorio de batir claras a punto de nieve y cualquier otro no vale. Hazme caso, lo he intentando a veces y lo más que consigues es una cosa blanca repugnante que parece leche cortada. Los accesorios de batir claras se caracterizan porque no tienen cuchillas y son como de alambre con muchos huecos. Una vez has encontrado el accesorio adecuado, tienes que batir hasta que estén montadas. Esto se sabe dándole la vuelta al recipiente y si no se caen es que están listas. Procura acertar.

Batiendo claras

El siguiente paso es coger el coco y el azúcar y mezclarlos con las claras. Si la pasta que se forma no es demasiado sólida ni consistente, añade más coco. Si está demasiado seca y no puedes quitar el coco, igual deberías batir más claras a punto de nieve y mezclarlo de nuevo. Por último, si la pasta no es blanca plantéate comprar las galletas ya hechas en el futuro.

Mezclando

Una vez que la consistencia de la pasta es la adecuada, tienes que coger una bandeja del horno, ponerle papel de alumnio y con ayuda de una cuchara, poner pegotes en el papel. Esos pegotes serán las galletas. También puedes ir calentando el horno, igual a 200º está bien. Cuando la bandeja esté llena, déjala en el horno hasta que las galletas empiecen a dorarse. Ni idea de cuánto tiempo porque estuve hablando con Karolina todo el rato y no miré ni una vez el reloj.

Haciendo las galletas

Cuando presientas que han acabado de hacerse o empieces a oler a quemado, sácalas del horno y déjalas enfriar un rato. Seguramente te pase como a nosotras, que con la impaciencia incontrolable destruimos unas cuantas galletas intentando despegarlas del papel cuando todavía no estaban lo suficientemente frías y duras. Cuando esto ocurra te lo pensarás mejor y las dejarás enfriar.

En el horno

Cuando las despegues todas ya las puedes dejar enfriar más rato y listas. Están muy buenas y sirven para impresionar a la gente que nunca cocina.

Terminadas

Nota: tirar las 6 yemas de los huevos jode, pero yo las intenté aprovechar haciendo crema catalana y lo que conseguí fue un líquido grotesco y asqueroso que igualmente tuve que tirar por el fregadero después de haberlo removido durante media hora y haber usado un litro de leche sin lactosa en él. Si no eres un cocinero alquimista nivel 20, úsalas para dar brillo a tu pelo o algo similar.

Meine letzte Prüfung

Esta mañana he hecho mi último examen aquí, pero también el que podría ser (crucemos los dedos) mi último examen de la carrera. Para que eso ocurra han de conjugarse ciertos factores y alinearse ciertos planetas, pero a mí, desde mi optimista posición, me gusta pensar que he acabado y vivir en la feliz ignorancia mientras salen todas las notas.

En realidad mi último examen estaba planificado para el día 6 de febrero pero como esa fecha no encajaba demasiado bien con mis planes, Petr de Praga y yo suplicamos de rodillas a nuestro griego profesor para que nos hiciese el examen antes, alegando múltiples obligaciones en nuestras universidades y explicando la vital importancia de que estuviésemos de vuelta en nuestros países cuanto antes. Así pues, hicimos el examen ayer en la secretaría del Departamento y cuando el resto de gente haga el examen el día 6 Petr estará deslizándose con sus esquíes en algún lugar de la República Checa mientras yo estoy de camino a Bratislava.

En la forma de hacer los exámenes en Austria se nota la completa ausencia de picaresca por parte del alumnado. Para empezar, tienes que llevar tus propios papeles. Sí, como leéis. En el primer examen que hice, me senté esperando a que repartiesen los folios y de pronto observé atónita como todo el mundo arrancaba páginas de sus cuadernos y escribían ahí. Algunos ni siquiera las arrancaban sino que escribían directamente en el cuaderno. He entregado todos mis exámenes en papel cuadriculado y no, no me he copiado ninguna vez aunque el sistema pide a gritos que apuntes a lápiz todo lo que puedas en los folios que luego vas a usar. Luego, no tienen aulas de exámenes, con grandes espacios abiertos que maximizan el campo de visión del profesor y minimizan la posibilidad de comunicación entre alumnos, tienen que usar aulas normales. Debido a esto, no sólo no se hacen los exámenes con una separación adecuada sino que yo hice hasta un examen entre dos notas que apenas me dejaban sitio para colocar mis cosas, de tan apretujados que estábamos. Y no eran ni siquiera diferentes versiones de examen. Con todo esto, debido a mi lastre cultural español, me siento hasta mal por no haberme copiado.

Entre esto, lo de dejar las bicis sin atar en cualquier sitio y lo de apenas controlar los tickets en el transporte público, pienso que los austriacos tienen demasiada confianza en el género humano. Creo que aquí simplemente no ocurren cosas malas porque no están permitidas. En el Cultural Sensitivity Training de septiembre estuvimos hablando sobre el sentimiento de rechazo que tienen aquí (y aún más en Alemania) hacia no cumplir las reglas establecidas y yo les dije que en España era más bien al contrario, que si cumplías todas y cada una de las reglas la sociedad entera te hacía sentir como un estúpido por ello. Ahora, tras 5 meses, comprendo bastante bien el asombro que mostraron entonces.

La guinda

Aunque pensaba que todos los cabos de mi plan estaban atados, no contaba con mi prodigiosa capacidad de cambiar de opinión en el último momento, por lo que hasta hoy he seguido con los preparativos de mi plan para febrero. Ahora ya no hay cambio de opinión que valga.

Gracias a mi ascético estilo de vida en Austria, el precio de mi residencia comparado con una habitación en un piso en Sevilla y la sustanciosa cantidad de la beca Erasmus con la que me obsequian la Universidad de Sevilla y el MEC, creo que debo de ser una de las pocas personas que acaban su estancia tras un Erasmus, no sólo no estando arruinadas, sino con más dinero que cuando empezaron. Como además en febrero tengo 2 semanas de vacaciones, desde que acabo los exámenes aquí hasta que empieza el segundo cuatrimestre en España, hacer un viaje se convirtió en algo casi obligatorio.

Desde mi corta experiencia organizando viajes, lo que se me antoja más complicado de conseguir es que alguno de mis atareados y cargados de obligaciones familiares amigos venga conmigo. En navidad se me ocurrieron unos cuantos viajes chulos y baratos y nadie quiso venir e incluso a Lisboa, mi compañero de viaje se echó atrás 8 horas antes de que saliera el autobús. Después de pasármelo genial en Portugal, decidí que nunca más dependería de la gente para ir de viaje. Sin embargo, hacer un viaje de 14 días en soledad me daba cierta pereza (llevo una maleta muy gorda). Por esto, concentré todas mis energías en conseguir compañía para al menos alguna parte del viaje y aunque de nuevo esto fue lo que más tiempo llevó organizar, estoy bastante satisfecha con el resultado.

Así pues, éste es mi plan para febrero:

  • 3.02 - 5.02 Český Krumlov
  • 5.02 Viena
  • 6.02 Bratislava
  • 6.02 - 10.02 Budapest
  • 10.02 - 12.02 Viena
  • 12.02 - 13.02 Salzburgo
  • 13.02 - 16.02 Munich
  • 16.02 Munich - Barcelona - Sevilla

He tenido que usar mis poderes como estudiante erasmus para cambiar un examen de fecha, he revisado prácticamente todos los vuelos y fechas desde Austria y sus 8 países vecinos a España entre el 10 y el 20 de febrero, tengo los horarios de media red ferroviaria austriaca en mi cabeza, he hablado con gente de Hungría, República Checa, Eslovaquia y Eslovenia, he hecho tratos de intercambio de comida española por noches gratis con albergues húngaros, he concertado una reunión por motivos académicos en pleno viaje… Decididamente, gestionar una agencia de viajes ha engrosado la lista de trabajos que no quiero tener.

En total, 14 días, 5 países, 3 cambios de moneda y 6 ciudades. Ahora sólo queda preguntarse en cuál de esas ciudades perderé mi móvil y a cuánta gente tendré que enseñarle mi partida de nacimiento para demostrar mi procedencia no gabacha.

La cuesta de enero

Para cualquier universitario que se precie, enero es un mes chungo. Para mí hasta este año significaba horas y horas interminables en la biblioteca o en el centro de cálculo, adelgazar un par de kilos, estrés… Digo hasta este año porque, si bien enero ha sido un mes realmente chungo, no ha tenido nada que ver el ámbito académico. Si soy sincera, la biblioteca de la Universidad de aquí todavía no la he visto (un día lo intenté pero tenías que dejar la mochila en una taquilla para entrar y no conseguí hacer funcionar el cierre electrónico de la misma, por lo que me largué a la cómoda y apestosa sala de estudio de fumadores), el centro de cálculo es inexistente (aun tengo que hacer una foto de la habitación que ellos pretenden llamar “PC-labor”) y debido a mi exceso de tiempo libre y a la comida austriaca (que me gusta demasiado), lo de adelgazar y del estrés ni siquiera en mis mejores sueños.

He estado estudiando, he terminado trabajos y todo eso, pero a un ritmo bastante relajado. He tenido tiempo de leer, de nadar 1 Km al día al menos 4 días por semana, de ver la última temporada entera de Las chicas Gilmore y lo que es peor, de pensar demasiado. En las 3 semanas que llevo aquí desde que llegué de Portugal, 3 semanas que se me antojan 3 años, me he sentido realmente sola. Siempre he admitido que me gusta estar sola, pero lo que en realidad valoro es la posibilidad de elegir cuándo no quiero ver a nadie. El problema viene cuando de repente todo el mundo tiene planes en los que tú no encajas o encajar en ellos te aburre. Algo así es lo que me ha ocurrido estas tres semanas y es lo que ha provocado en mayor medida mi decisión final de no extender la beca al segundo cuatrimestre. No he estado triste, ha sido más bien apatía y la sensación de que ya he vivido todo lo que tenía que vivir aquí. Los que me conocen saben que me aburro bastante deprisa de las cosas, así que estar aquí no ha sido menos. 5 meses está bastante bien para ser yo.

Por supuesto, ha habido momentos interesantes en estas tres semanas, como el cumpleaños gitano de Karolina de 4 días de duración, cuando fui a una discoteca por primera vez desde los 14 años y bailé, la cena austriaca que nos preparó Georg, la Schengen Party a la que no fui porque entendí “Chenga’s Party” y no conocía a ninguna Chenga, cuando me emborraché con chupitos de tequila mano a mano con Lenka de Eslovaquia… no sé, ha sido divertido. En general mi recuerdo de la beca Erasmus va a ser más que bueno, me voy sin sentir que me he perdido cosas y sé que cuando en el futuro mire atrás, recordaré estos meses como uno de los mejores períodos de mi vida. No quiero estropearlo con 4 meses más de apatía. Llevo 18 días subiendo la cuesta y prefiero irme antes de que me vuelvan a empujar. Estoy bastante feliz y satisfecha.

Esta semana promete, a pesar de que tengo 3 exámenes, porque hay más cosas para hacer que tiempo para hacerlas y porque cuando queda poco de algo se disfruta mucho más. Bueno, y también porque cuando esta semana acabe, comienza mi plan para febrero, responsable en gran parte de lo ilusionada, feliz y entusiasmada que estoy, del que he atado hoy el último cabo tras bastantes horas de preparación. Pero de eso hablaré mañana.

Una semana en España

Y parece que llevo como un mes. Durante los 3 primeros días fui sometida a una dura re-sensibilización cultural: mucho sol, 18º, una yonqui me intentó robar la cartera cerca de los Arcos amenazándome con quemarme un ojo con su cigarro, atascos de una hora para llegar a Reina Mercedes, gente gritando en los bares, camareros extremadamente maleducados… Y aun hay gente que me pregunta qué se me ha perdido en Austria.

No he trabajado tanto como habría querido estos días aunque he conseguido acabar dos trabajos. Me quedan otros 6 con deadline inminente pero mi rendimiento es casi nulo. Estoy aquí en mi pueblo bastante estancada, no tengo ganas ni de jugar a la consola así que os podéis hacer una idea de mi nivel de apatía. Aprovecho para decir que si hay algún experto en Model Checking, verificación de sistemas distribuidos y SPIN en la sala, debería ponerse en contacto conmigo y cumplir con su buena acción navideña.

Ayer estuve con toda mi familia paterna celebrando las bodas de oro de mis abuelos. Además de comer demasiado y cosas demasiado buenas, encajar todos los comentarios de “estás más gordita pero así estás mejor”, repartir bolas de Mozart y contar cosas sobre Austria, mis abuelos nos regalaron a cada uno una medalla de oro conmemorativa con nuestro número dentro de la familia (en orden cronológico). Cuando todos la llevábamos puesta era como la mafia.

El día 28 de diciembre vuelvo a Sevilla, donde pasaré fin de año. Mi plan por el momento para esa noche es jugar a videojuegos hasta el amanecer, sin droga, pero se acepta alcohol. El día 2 de enero me haré la foto para la orla y el día 3 me largo a Lisboa. Después de que todos los viajes que planeé para enero y de los que escribí aquí se arruinasen, decidí organizar otra cosa pero no informar en el blog hasta que estuviesen todos los cabos atados. Andaré por tierras portuguesas hasta el día 7, que cojo un avión desde Oporto a Girona y luego uno de Girona a Linz.

De vuelta

Ayer, cuando me desperté en el albergue el baño estaba ocupado por uno de los australianos de mi habitación, así que tuve que esperar para entrar y luego tuve que darme bastante prisa para llegar a tiempo al autobús del aeropuerto. Al final llegué bastante bien porque el albergue estaba muy cerca de la estación de tren Westbahnhof.

Cuando estaba en el autobús me di cuenta de que me había dejado el móvil olvidado en la cama (un móvil viejo con la tarjeta SIM austriaca, mi móvil nuevo con la tarjeta SIM española lo perdí en Praga, no sé si os acordáis). Me imaginé explicando a la gente que había perdido mi móvil en Viena y me entró la risa floja. Esto de perder móviles en los viajes es algo a lo que te acostumbras ya y te puedes reir y todo.

De todas formas no estaba todo perdido porque no era como en Praga, que estaba en la calle cuando me di cuenta que no tenía el móvil. Al llegar al aeropuerto, gracias a la red wifi gratis que tienen, llamé al albergue con skype y encontraron mi móvil. Luego recordé que Ray aún seguía en Viena porque tenía el tren a Budapest más tarde así que lo llamé. Casualmente se encontraba andando por la calle de mi albergue, de camino a la estación de tren, así que ahora mi móvil está en poder de un taiwanés al que conocí el sábado a las 6:00.

Este año no sé qué me pasa, lo pierdo todo. ¡Ah! Aquí no lo dije, creo, pero mis llaves (aquéllas por las que tenía que pagar 110€) aparecieron. Alguien las encontró y las dejó en recepción, así que ya no me descuentan todo ese dinero de la fianza. La semana pesada perdí mi tarjeta de la Universidad con 6€ dentro (es una tarjeta monedero que se usa para pagar los cafés, las bebidas, las fotocopias…) y también la encontré, con todo el dinero.

En fin, a lo que iba en el post es a que ya estoy en Sevilla sana y salva. Me resulta rarísimo todo, aunque por otro lado me siento como si nunca me hubiese ido. Ayer a las 17:15 de la tarde hice una foto a un termómetro en la calle porque marcaba 16º y porque además era de día. Hacía ya un par de meses que no veía 2 cifras en un termómetro. Todavía no me he puesto el abrigo aquí. Por la noche estuve un rato en el brasero viendo la tele (llevaba tres meses sin ver la tele). El otro día recuerdo que intenté explicar a Karolina y Sarka lo que era un brasero pero no sé si llegaron a imaginárselo.

Haré fotos de mis vacaciones en España, aunque de vacaciones tengan poco. Ahora me iré al Centro de Cálculo de mi Escuela a intentar acabar los miles de assignments que tengo que entregar en enero. Si alguien me quiere visitar, es fácil encontrarme.

Langer Wiener Tag

Después de una ducha en el baño que comparto con dos australianos, conseguir un café gratis y una bolsa de cacahuetes (sehr gesundes Abendessen) dispongo de las energías suficientes para contar mi día de hoy mientras se me seca el pelo, desde el vestíbulo de un albergue bastante chulo y que recomiendo a quien esté pensando en venir a Viena.

Hoy por la mañana había quedado con Karolina, Jarek y Anieska (no se escribe así, pero es como me suena, lo siento) a las 5:55, que es una hora con personalidad, en el vestíbulo de la resi para ir a coger nuestro tren. Yo me dejé la maleta y todo hecho la noche de antes así que me puse el despertador a las 5:00 para levantarme y que me diese tiempo a comer kiwis, tomar un café tranquilamente, revisar todo, dejar mi llave en recepción, etc. A las 5:00 efectivamente el despertador/móvil sonó y yo hice algo al respecto, supongo, porque la segunda vez que abrí los ojos, cogí el móvil y vi la hora, eran las 5:53. El verbo rush adquiere una nueva dimensión en estos casos. A las 5:59 me estaba abrochando las botas, lavándome los dientes, intentando cerrar la maleta y gritándole a Karolina por teléfono “Zwei Minuten, zwei Minuten!!!!”, todo a la vez. Cuando por fin llegué abajo y salimos corriendo a por el tranvía, me encontraba presa de tal ataque de nervios que por poco me mato corriendo con la maleta en el suelo lleno de hielo. Ni que decir tiene que ni kiwis ni café ni llave en recepción.

Al final, gracias a que Karolina es bastante previsora y me conoce, llegamos a nuestro tren sin problemas. También venían con nosotros un ruso, compañero de cuarto de Jarek y un taiwanés, Ray, con el que nunca había hablado. Cuando llegamos a Viena y nos separamos, descubrí que Ray se quedaba también un día aquí porque coge mañana un tren a Budapest. Como sus planes eran ver los mercados de Navidad de Viena y poco más, decidimos ir juntos. Tras soltar las maletas en nuestros respectivos albergues, que estaban bastante cerca, nos dirigimos primero al más grande, el de la plaza del Ayuntamiento. No voy a ponerme a describir mucho como son esos sitios, para eso tenéis todas las fotos que he hecho hoy, en mi cuenta de Flickr. Es una pena que todo cueste tan caro porque con las cosas que venden ahí te dan ganas de decorar tu casa entera de navidad y dejarla todo el año así.

Después de ver el Christkindlmarkt del Ayuntamiento fuimos a ver otro que está enfrente del Museums Quartier, en la plaza de María Teresa. Era más de lo mismo pero en pequeño. Después de eso fuimos hasta Schönbrunn a ver el que ponen allí y también a ver los jardines del palacio en invierno (cuando yo estuve era Otoño y todo era amarillo, lleno de hojas y eso). No he mencionado un importante detalle del día de hoy y es que ha estado todo el día nevando, así que los jardines estaban todos blancos. Era precioso y también doloroso. Hoy para sobrevivir me he tenido que tomar 2 ponches de manzana (Apfelpunsch), uno en el mercado del ayuntamiento y otro en el de Schönbrunn. Concretamente cuando compré el de Schönbrunn estaba ya temiendo por la próxima amputación de mis manos y pies, después de media hora andando por los jardines bajo la nieve. Realmente lo del ponche y el Glühwein es algo curioso. Los austriacos se pasan el año bebiendo en pubs, locales o bares o lo que sea, hasta que llega el invierno con la nieve y los -5º que hemos tenido hoy todo el día y entonces lo que hacen es salir a beber a la calle. Como uno corre el riesgo de morir, pues lo arreglan sirviendo el vino con zumo prácticamente hirviendo, que te quemas las manos con la taza, vaya.

En Schönbrunn, además de casi morir congelada, me puse de barro hasta las rodillas. No estoy muy segura de cómo lo hice, pero no he llevado ropa más asquerosa en mi vida. Parecía que me había estado revolcando por el suelo, porque para colmo, iba casi entera de negro con lo que el barro era bastante visible, una vez que se secó. Con semejante atuendo, nos dirigimos al lugar más apropiado posible en Viena, la Ópera (Staatoper). Allí estuvimos esperando 2 horas para poder comprar nuestras entradas de estar de pie por 2€. Al cabo de 2 horas lo conseguimos, fuimos a por un café para recuperar fuerzas y entramos a ver la Traviata de Verdi. Yo, una vez que conseguí ignorar las miradas que todo el mundo en traje dirgía a mis pantalones y mi aspecto en general, me lo pasé bastante bien. La ópera me pareció una pasada, es la primera vez que voy y me ha encantado. Lo de estar de pie 3 horas se hace pesado pero realmente lo vale. Espero volver en el futuro.

Sólo me quedan 5 minutos de batería y no veo ningún enchufe a la vista, así que me vale como excusa para dejar de escribir. Mañana cojo el vuelo para Sevilla, así que al 80% de mis lectores creo que los veré pronto.

Nieve flotante

Hoy estaba tomándome un café (el tercero de hoy) en la cocina a las 3 de la tarde antes de ir a nadar y mirando por la ventana. Lo que se ve son muchos pinos y montañas y a esa hora aquí el sol está bastante bajo ya (a las cuatro es de noche). El caso es que estaba cayendo mi nieve preferida, que es una que no cae, sino que se queda en el aire flotando y moviéndose en todas direcciones, como haciendo remolinos. Es muy chulo y cuando hay sol todavía más. Yo normalmente no me suelo fijar en estas cosas pero hoy tenía el ánimo melancólico y a veces mi mente ingenieril se transforma en cursi y pienso en la naturaleza y en la belleza de las pequeñas cosas que nos rodean y esas historias.

Ha sido un día triste porque les he dicho adiós a Sarka, a William y a Fabio, hasta después de navidad. Voy a echarlos mucho de menos. Estoy apurando mis últimos momentos antes de irme mañana a las 6:00 para Viena. Como al final no tuve mi pequeña aventura viajando sola a Munich hace 2 meses, he aprovechado mi viaje de vuelta a España para quedarme una noche en Viena, intentar ir a la ópera y ver el Christkindelmarkt (mercado de Navidad) que ponen enfrente del Ayuntamiento. Mañana voy en tren con Karolina y otros dos polacos que tienen que coger un vuelo a Varsovia bastante temprano, duermo en un albergue que ya tengo reservado y el domingo cojo un vuelo a Sevilla. Se me hace muy raro pensar que en 2 días estoy ahí, hablando con la gente en español y todo eso. Me siento una persona completamente diferente de la que vino aquí en septiembre.

Si es que…

Esta tarde a eso de las 18:30, mientras estaba intentando descifrar el nuevo assignment para Formal Methods in Software Development, se me ocurrió que podía preparar algo para la fiesta pre-navidad de hoy (es que alguna gente vuelve ya mañana a su país), ya que no llevé nada a la fiesta pre-fiesta-pre-navidad de ayer, así que me puse el abrigo y sin bufanda ni guantes ni nada (el clima austriaco ya no tiene nada que hacer contra mi capacidad de adaptación al medio) corrí al Hofer antes de que cerraran.

A las 20:50 estaba sacando esto del horno:

Apfelstrudel

Sí, son 2 Apfelstrudel. He de decir que conté con la ayuda de Georg, que apareció por la resi cuando estaba todavía cortando manzanas. Él puso el toque austriaco. Con mi Apfelstrudel, las espectaculares galletas de coco que hicieron Karolina y Sarka y la especie de Topfenstrudel de Lenka (Eslovaquia), no entiendo cómo mi abuela se sigue sorprendiendo de que no eche de menos la comida española.

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