Este año conseguí mantener el sentimiento de culpa bajo niveles tolerables para los seres humanos estándar y decidí que en vez de gastarnos la pasta en dos billetes de AVE de la línea Madrid — Infierno para pasar 24 horas ahí abajo que no me aportarían más que dolor de cerebro insoportable para los próximos meses, nos la íbamos a gastar en un brunch de Navidad en el hotel Palace y nos íbamos a quedar cerquita del Kilómetro 0. Poco a poco hay que plantarle cara a la vida.
Así pues, Nochebuena para dos, con Mary Poppins y cava en copas balón de gin tonic para intentar evadir tristeza y remordimientos, y Navidad bajo la espectacular cúpula de cristal llena de mariposas de la Rotonda del Palace, con ópera en directo y niños sacados de un catálogo de D&G Kids paseando con platitos entre las bandejas de marisco. Mola ir al menos una vez en la vida, aunque sea para probar la bomba de foie con oro y arándanos o el sorbete de limón con gelatina de tequila, entre unas doscientas cosas más, igualmente deliciosas.

No todos tenemos una casa a la que volver por Navidad así que vamos de un lado a otro intentando hacer de donde estamos nuestra casa. Es una suerte toparse con ciudades como Madrid y sitios como mi trabajo por el camino.