Este día, exactamente hace un año, aterricé en Heathrow volando desde Hamburgo. Un repaso de los últimos 365 días lleva inevitablemente a una única conclusión: desperdicio. El balance global es que este año ha sido un verdadero desperdicio. He pasado 12 meses en uno de los mejores sitios que se me ocurren, haciendo un máster con asignaturas chulísimas en una pasada de universidad y he sido más infeliz que nunca. Apenas he disfrutado de nada, y eso os lo dice alguien que tenía que contener el entusiasmo para no gritar cuando daba clase de Teoría de la Computabilidad. Vaya modo de malgastar lo más valioso que se supone que tenemos.
Vale, sí, tengo algunas excusas. Hubo un par de incidentes desafortunados y algunas circunstancias desfavorables de mi vida que no dependen de mí se agravaron hasta límites insostenibles, pero todo eso en otro contexto habría provocado mucho menos daño. El balance global es, en última instancia, responsablidad mía. Me quedo con que no todos los efectos han sido negativos. Después de tanto tiempo yendo cuesta abajo, andando por las vías del tren o como queráis ilustrar los últimos años de mi vida, por fin he avistado el fondo y he hecho algo al respecto (mis últimas decisiones son un tipo de prueba de ello).
Este post es más para mí que otra cosa, para cuando me relea en el futuro recuerde cuando me propuse de verdad no volver a tirar más días a la basura de manera tan tonta, ya sea en Londres, en Alemania (que desde que me largué de Hamburgo he estado echando de menos con bastante frecuencia), en Oz o en Rosápolis (algún día me mudaré allí, cuando sepa cómo conseguir el visado).
Dentro de poco formarás parte del selecto grupo de gente que comprenden aquellas palabras que pronunció Goethe:
“He aprendido a vivir; prolongadme, oh dioses, el tiempo.”
Y esos 365 días _desperdiciados_ los acabarás convirtiendo en una experiencia que no querrás borrar nunca de tu memoria ;)