Archivo de Junio, 2010

Sólo me interesa a mí

pero tenía que escribirlo en un lugar público ahora mismo o explotaba (y era muy largo para el Buzz).

Instrucciones para alcanzar un estado de euforia absoluta programando un automatic theorem prover

Trace Prolog

Empezar a depurar un predicado en Prolog a las 8 de la mañana usando trace/0 porque tus inconscientes inclinaciones al sadomasoquismo camufladas en forma de pereza te impiden intentar hacer funcionar el graphic debugger en Mac OS X.

Sentir como el cerebro se te va calentando de retener en la cabeza sustituciones, ramas del árbol de backtracking y cláusulas con 6 variables amablemente renombradas por el intérprete como _G393, _G394, _G395...

Reprimir los tremendos impulsos animales de estrellar el portátil contra la pared cuando Prolog no explora las 3 alternativas que llevan a completar el tablero a profundidad 5, volviendo arriba del todo en el árbol e incrementando la profundidad a 6 para no acabar nunca.

Probar 80 soluciones a cuál más absurda y seguir observando el maldito fail en las trazas durante 2 horas más, mientras imaginas tu futuro en una cámara de aislamiento con una camisa de fuerza gritando creep en medio de convulsiones.

Darte cuenta de que lo que tú creías que era un complejo error introducido por un corte en una rama debido a la implementación de SWI-Prolog de la estructura if-then-else es en realidad tu brillante implementación, producto de un momento de aguda estupidez de esos que ocurren contadas veces en la vida de una persona, del predicado assert_clauses/1 en el que compruebas si una cláusula C=[H|B] existe previamente usando cla(H,B,_) en vez de subsumed(C), dando carta blanca a Prolog para que instancie tus variables en medio de una orgía unificadora que finaliza con tu conjunto inicial de cláusulas reducido a la mitad y convertido naturalmente en satisfactible.

Arreglarlo y comprobar que ahora sí funciona y que encuentra un tablero cerrado para el conjunto de más abajo muchísimo más rápido que leanCoP.


p( a, b, c ).
p( X, e, X ).
p( e, X, X ).
p( X, X, e ).
- p( b, a, c ).
- p( U, V, Y ) | - p( X, U, Z ) | - p( Z, V, W ) | p( X, Y, W ).
- p( U, V, Y ) | - p( X, U, Z ) | - p( X, Y, W ) | p( Z, V, W ).

Un pulpo en un garaje

Era la primera vez que me invitaban a algo y la primera vez que no me escaqueaba con cualquier excusa. Ayer por la noche estuve en una pequeña reunión en casa de una compañera del máster junto con más compañeros del máster. La reunión consistía en consumir combinados alcohólicos alrededor de una mesa, charlar y jugar al pictionary cuando todo el mundo había bebido lo suficiente hasta las 3 de la mañana. En otro contexto la reunión se llamaría fiesta.

Yo estaba totalmente fuera de lugar. Cada vez veo más claro lo incierto que es mi futuro. Todos los presentes ayer me despreciarán en septiembre y tendrán la seguridad de ser mejores que yo. Y ahora, a diferencia de hace unos años, eso no podría darme más igual.

Sea salted caramel

Estaba pensando en no compartir esto con vosotros, comportarme como una persona egoísta y vil, y guardarme este nuevo descubrimiento sólo para mí. Sin embargo, cuando me desperté esta mañana las primeras palabras que vinieron a mi cabeza fueron salted caramel, luego recordé que había dado un gran paso en la búsqueda del sentido de la vida y me di cuenta de que tenía que hacer llegar esto a toda la gente posible (si lo pusiese en Facebook tendría más efecto pero va en contra de mis principios morales elementales).

paul.a.young fine chocolates Ayer estábamos paseando por Islington, en concreto por el Candem Passage, cuando llegamos a la tiendecita del prestigioso y exclusivo, award-winning chocolatero británico Paul Young, paul.a.young fine chocolates. Obviamente entramos. Di vueltas, probé trocitos de varios platitos y me quedé observando la selección expuesta de bombones y trufas muy atentamente. Por supuesto yo había leído sobre los chocolates de Paul Young (y probablemente sobre cualquier otro medianamente famoso de Londres) así que cuando ayer las conocí por fin en persona, no pude resistirme a comprar una caja de 4 al módico precio de £6.50. La elección era complicada y la amable dependienta me recomendó lo más popular, famoso y con más premios de la casa: el bombón de chocolate negro 64% de Madagascar rellena de caramelo ligeramente sazonado con sal marina (Paul Young’s sea salted caramels). Además de ésa, cogí una trufa con infusión de frambuesa y vodka (creo), un bombón de chocolate negro y queso de cabra (sí, lo que leéis, reminiscencias de tarta de queso, decía la etiqueta) y otro de albahaca y lima. Al pagar me regalaron uno adicional de sea salted caramel y además probé el chocolate negro con Marmite. Fue como una explosión en mi boca y lo odié profundamente, pero probar sabores raros y nuevos es una de mis obsesiones particulares.

Bien, si hasta ahora estáis pensando que poner sal en el caramelo es cualquier cosa excepto una buena idea, estáis profundamente equivocados. No hay lugar para el debate. Es sencillamente algo increíble, el sutil detalle que marca la diferencia entre lo bueno pero ordinario y lo magnífico y único. Después de probarla me agobié bastante, me sentí como una cocainómana, me imaginé en todo tipo de negocios turbios para poder conseguir mis dosis de sea salted caramel a los precios de paul.a.young. Me imaginé intentando mezclar tabletas de Cadbury caramel con sal presa de la desesperación en mitad de la noche. Inmediatamente me puse a buscar sustitutos en Internet. Obviamente encontré trufas hechas por otros chocolateros igual de prestigiosos e igual de caros, pero al final vi la luz. Green & Black’s Caramel y Lindt Excellence - A Touch of Sea Salt. No sé si se podrán encontrar en España y aún no he comprobado su efectividad. Sea como sea, deberíais dedicar vuestra vida al sea salted caramel, deberíamos crear una nueva religión de hecho. Eso sí, espero que ni el bombón de queso de cabra ni el de lima y albahaca provoquen este efecto en mí porque me da que de ésos no va a haber sustitutos fáciles que se puedan encontrar en el Waitrose. Al menos, por el bien de mi cuenta bancaria, ninguna de las dos tiendas de Paul Young en Londres me pillan precisamente de camino.

Los deportes incomprensibles

Esta tarde le estaba contando Paula a Jorge que había ido al críquet, lo que me provocó grandes deseos de ponerme a escribir sobre los dos deportes incomprensibles que conozco. El primero es el críquet, que por si no os suena demasiado de qué va, es un deporte supuestamente originado en Inglaterra, en el que se juega con palos en un campo verde y se batea como en el béisbol. Ah, y los partidos a veces duran 1 día, a veces duran 3 días, a veces 4… Hasta ahí llegan todos mis conocimientos sobre el críquet. Intentar aprender las reglas completas y familiarizarme con la dinámica de juego es una de las tareas que reservo para cuando por fin me concedan la vida eterna (tardan tela en procesar las solicitudes). Baste decir que las reglas del críquet, The Laws of Cricket, están custodiadas por el Marlylebone Cricket Club (MCC) desde el siglo XVIII, se revisan de cuando en cuando y cuentan con una versión mucho más ágil, resumida y fácil de digerir de 151 páginas denominada Open Learning Manual. Si eso no es suficiente para vuestras mentes ávidas de críquet , podéis consultar las 42 leyes y los 5 apéndices en la propia web del MCC o incluso comprarlas impresas. Los títulos de las leyes no tienen desperdicio, estoy luchando contra la tentación de desentrañar la ley 2: Substitutes and runners; batsman or fielder leaving the field; batsman retiring; batsman commencing innings.

El otro deporte incomprensible que se me vino a la cabeza esta tarde se llama Snooker. Lo descubrí un domingo en el gimnasio en el que la conexión de las máquinas elípticas con los canales de TV estaba súper chunga y el único que podía ver era el Sky Sports. Pensé, “total, son 15 minutos, voy a ver el campeonato este de billar“. Para mí existen dos tipos de billar, el normal (hay bolas de 2 colores y agujeros, gana el que meta antes sus bolas, intuitivo) y el grotesco, en el que no hay agujeros y la cosa va de hacer carambolas (no intuitivo). Aprovecho para mencionar que odio y desprecio el billar, sobre todo la modalidad grotesca. También solía odiar a Apple y los kiwis, así que no os extrañe que dentro de 10 años esté desensamblando y enfundando mi propio taco recubierto de fibra de carbono con mis iniciales grabadas para viajar a la LXIV convención de amantes del billar.

En fin, que me desvío. Estaba viendo el Sky Sports en la elíptica, cuando me percaté de que lo que yo había tomado por la variante normal del billar era en realidad el campeonato del mundo de snooker justo a punto de comenzar. Como no había oído hablar de semejante cosa en mi vida, me propuse averiguar de qué iba el juego en los 12 minutos que restaban de mi calentamiento. Todo lo que puedo decir es que los tipos golpeaban las bolas. A veces de un color, a veces de otro. Las bolas se movían. A veces esas bolas golpeaban otras bolas. A veces no. A veces rebotaban en los bordes de la mesa. A veces no. A veces se desplazaban sólo 1 micra. La gente siempre aplaudía con gran fervor y emoción. Luego la máquina me felicitó por el workout finalizado y se acabó mi calentamiento y con eso mi oportunidad de revelar los secretos de tan extraña variante del tipo de billar normal. Seguramente las reglas del snooker son en longitud y complejidad el 1% de las reglas del críquet y podría leerlas rápidamente por ahí, en la wikipedia mismo, pero mi ignorancia me resulta mucho más divertida y reconfortante.

El resto de deportes que conozco son sencillos e intuitivos, hay aros, porterías, bolas, en los más sofisticados hasta raquetas… y los objetivos suelen estar bastante claros. El único que quizá podría resultar podría ir en contra de la intuición es el golf, pero ya desentrañé todos sus secretos hace más de 3 años así que os dejo con esa pequeña incursión en el turbio pasado de Rosapolis.

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