Sobre ruedas

Siento mi ante­rior post, pro­vo­cado en parte por el infor­tu­nio de com­par­tir mate­rial gené­tico y man­te­ner con­tacto regu­lar con la per­sona equi­vo­cada. Por suerte, ahí está Lon­dres para solu­cio­nar tem­po­ral­mente mis pro­ble­mas. Bueno, de hecho está aquí.

Ayer me corté el pelo en el Soho, en un sitio genial que podía pagar (es un requi­sito que muchas de las pelu­que­rías lon­di­nen­ses no cum­plen). Que te cor­ten el pelo exac­ta­mente como tú quie­res es ya sufi­ciente motivo para poner de buen humor a un ser humano con cro­mo­so­mas XX, sí, pero yo fui más allá y le pro­por­cioné a mi pei­nado una esti­losa forma de casco estando sobre la bici todo el día. Soy una mal­dita pesada con la bici­cleta, lo sé, pero es que no creo que me vaya a can­sar nunca, a menos que me atro­pe­lle un auto­bús, enton­ces pro­meto dic­tar desde mi cama de hos­pi­tal con el 90% del cuerpo esca­yo­lado un mon­tón de posts en con­tra de las bici­cle­tas, defen­diendo su prohi­bi­ción (o la de los autobuses).

A mí Sevi­lla no me gus­taba espe­cial­mente hasta que no empecé a ir en bici a todas par­tes y al prin­ci­pio, aun­que lo com­pen­sara el resto de cosas, uno de los aspec­tos que más me moles­taba de la vida aquí era el no poder ir en bici a los sitios. Bueno, eso es lo que yo creía, tam­bién me habían con­tado que en Lon­dres llo­vía mucho.

Des­cu­brir una ciu­dad en bici no tiene nada que ver con andar por ella. A mí me gusta pasear pero muchas veces me deses­pera la len­ti­tud, la mul­ti­tud de calles y rin­co­nes que no ves por­que tar­da­rías siglos. Si encima te gusta des­cu­brir las ciu­da­des solo, como es mi caso, sin hablar con nadie, pasear pierde gran parte de su sentido.

De todas las vuel­tas que di ayer me quedo con las calles com­ple­ta­mente desier­tas de la City en sábado por la tarde, con mi parada en la Bri­tish Library para ver el pri­mer pro­grama de orde­na­dor des­crito por Ada Love­lace en una carta ori­gi­nal y con mi recor­da­to­rio per­so­nal de que Eus­ton Road es una ruta com­ple­ta­mente a evi­tar, a menos que ten­gas un día kamikaze.

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