Ayer volví a casa de la biblioteca a las siete y media, con mi primer ataque de pánico tras haber comenzado la tarea de estudiar 7 asignaturas en 4 semanas para hacer 6 exámenes en 5 días y 1 examen 3 días después. Un dolor de cabeza con el que llevaba ya 22 horas y que había intentado eliminar sin éxito, primero con altas dosis de ibuprofeno y luego con nolotil, no ayudaba para nada. Ni siquiera la gran noticia que recibió Jorge ayer y que contaré esta noche en otro post, que además supone millones de excusas para engrasar los moldes de bizcocho, consiguió animarme.
A las ocho y media ya había vomitado mi merienda consistente en una zanahoria y tres ciruelas y me había convertido en un amasijo asqueroso de apuntes de Cognitive Robotics, almohadas y lloriqueos. No estaba, pues, en el mejor estado para acompañar a Jorge y a sus papás en su última cena en Londres. Me despedí de ellos en el portal y me metí en la cama a autocompadecerme y a pesar del dolor de cabeza, a leer una novela de intriga nórdica y asesinos sádicos de una sueca de ésas que van a chupar lo que pueden tras el boom Stieg Larsson.
Estos estados no me duran demasiado tiempo porque me doy asco, siento una profunda vergüenza de mí misma y me grito que no se puede ser tan moña moña moña. Ayer concretamente, duró muy poco porque cuando me desperté a la 1 de la mañana, tenía en mi escritorio una auténtica oveja-huevo de pascua de chocolate.
Es un regalo de los padres de Jorge que la vieron en el Mark&Spencer y como son buenos y saben que las ovejas traen la felicidad allá donde van, especialmente sin son comestibles, pensaron que estaría bien dármela para que no estuviera triste. Sé que de vez en cuando se pasan por Rosapolis.net así que quería darles las gracias desde aquí :)
