Archivo de Julio, 2009

StadtRAD Hamburg

Ayer, en cuanto di la primera vuelta por el centro de la ciudad para hacerme una idea de cómo era todo, StadtRAD Hamburg me encontré con unas bicis rojas bastante resultonas que tenían toda la pinta de ser el Hamburgbici que me iba a ahorrar los casi 50 euros del abono mensual de metro. Investigué un poco por Internet y me registré de forma muy sencilla usando mi tarjeta de débito. Cuesta 5€, que se acumulan como saldo, la primera media hora es gratis y a partir de ahí, 4 céntimos por minuto.

El sistema de uso estas bicis públicas de Hamburgo es tan sencillo y lógico como la declinación de los adjetivos en alemán. Usando la pantalla táctil del terminal, activas “sacar bici”, te identificas con tu tarjeta y eliges la bici que quieres mediante un número de 4 dígitos escrito en la propia bici (las bornetas no están numeradas). A continuación, la pantalla te muestra un código de desbloqueo, el Öffnungscode, también de 4 dígitos que debes introducir en una pequeña pantalla táctil situada en la propia bicicleta. Con eso se desbloquea el cierre de seguridad y la pantallita te desea un feliz paseo. Devolver una bici es aún más ameno. Buscas una borneta libre, introduces el cierre de seguridad en la bici y aprietas un botón de bloqueo que emerge en un lateral de la cajetilla con la pantalla. El cierre reconoce la borneta donde la has aparcado y la pantallita te muestra un código de devolución de 4 dígitos, el Quittungscode. Con 8 dígitos en tu cabeza (4 de la bici y 4 del Quittungscode) vas de nuevo al terminal, pulsas en “devolver bici” e introduces el código de la bici y el Quittungscode. La pantalla te muestra los minutos y el dinero que te ha costado si se da el caso.

Tras registrarme, decidí probarlo inmediatamente, desde el instituto Goethe hasta la calle Eichholz en St. Pauli, donde comparto un piso bohemio con una alemana de 1.90m muy simpática. Por supuesto, cuando me dirigí a la estación del StadtRAD al lado del instituto Goethe pensaba que sería parecido al de Sevilla o al de Viena y no me había leído el manual de instrucciones on-line. Cuando elegí la bici que quería y el terminal me mostró el código de 4 cifras de desbloqueo, me pilló tan de sorpresa que sólo me quedé con 3 de las 4 cifras. Mientras trataba de averiguar qué eran esos números leyendo los mensajes en alemán de la pantalla, el cacharro impaciente volvió a mostrar la pantalla de inicio. Me fui entonces hacia la bici, donde localicé la tapita que cubría su pantallita táctil. Me pidió el código pero no tenía ni idea de cuál era ni dónde iba la cifra que me faltaba. Me puse a probar unos cuantos números pero no acertaba, así que me dije, “bueno, vamos a decir que la devuelvo y saco otra”. Volví al terminal y pulsé en “Devolver bici”. Ahí me quedé a cuadros cuando el malvado cacharro me pidió 2 números de 4 cifras. Uno era el de la bici, vale, 8139 y el otro era el Quittungscode. Pensando en voz alta qué diablos sería Quittungscode me fui otra vez a la bici y estuve revisándola en busca de cualquier indicio de Quittungscodes. Probé con toda clase de números escritos en la bici o en la borneta e intenté de nuevo adivinar el código de desbloqueo sin éxito, todo eso al sol y rodeada de abejas y avispas de los numerosos arriates con flores de la que es la ciudad más verde de Alemania. Al borde de la desesperación, como habían pasado más de 20 minutos, llamé a un número de teléfono que estaba escrito en la bici (el número ese tampoco se libró de ser partido y probado como Quittungscode) y tras explicarle la situación a un eficiente operario, me facilitó el código de desbloqueo completo y pude sacar la bici. La devolví inmediatamente para no sobrepasar la media hora y alcé las manos al cielo en señal de agradecimiento cuando tras pulsar el botón de bloqueo, la pantallita de la bici me reveló las 4 maravillosas cifras del Quittungscode. Fui al terminal con los 8 dígitos en mi cabeza (los 4 de la bici y los 4 del Quittungscode) y al fin la pude devolver.

Convertida ya en una experta del StadtRAD Hamburg, saqué otra vez la misma bici y me dirigí a casa, consultando de vez en cuando el mapa. El sistema será enrevesado, pero las bicis son una pasada, nada que ver con mi bici plegable o con las del Sevici. Cuando estaba en proceso de devolverla cerca de casa, un pobre alemán novato del StadtRAD gritaba a la pantalla de su bici “Welchen Knopf? WELCHEN KNOPF? (¿qué botón? ¿QUÉ BOTÓN?)”. Identificándome con su frustración y sufrimiento, le eché una mano y eso me hizo olvidar parte del código de mi bici, que estaba intentando retener en la memoria junto con el nuevo Quittungscode. No es problema, claro, si la bici está cerca del terminal, tienes muy buena vista o corres muy rápido.

StadtRAD Hamburg

De Los Remedios a La Macarena

Aunque estoy escribiendo esto en la mañana del 26 de julio, no sé cuándo podré publicarlo puesto que me encuentro en un tren de camino a Málaga, donde cogeré un avión hacia Hamburgo. Allí voy a quedarme con una mujer alemana de la que sólo conozco el nombre y la dirección, así que todavía tengo que investigar el tema de la conexión a Internet. Así pues, me largo de nuevo, esta vez para mucho tiempo. De hecho, para no volver. De Hamburgo vuelo directamente a Londres el día 23 de agosto. Estas 4 semanas voy a hacer un curso intensivo de alemán en el Goethe-Institut Hamburg. No lo había planeado pero conseguí una beca que me pagaba todo así que me dije, ¿y por qué no? Nada mejor que perfeccionar el alemán antes de ir a Londres, así aumentaré la probabilidad de mezclar todos los idiomas en mi cabeza o de olvidar el inglés y maximizaré el ridículo que haré el día 24 cuando me presente por primera vez en el Imperial College London.

Desde el jueves por la mañana he estado en Sevilla, terminando de recoger todas mis cosas, limpiando habitaciones, haciendo y deshaciendo maletas hasta conseguir meter el máximo de cosas sin superar el límite de equipaje de las compañías aéreas (es una variante muy conocida del Knapsack problem), despidiéndome de mi querido “jefe” Mario, etc. Desde que me fui de mi pueblo a estudiar a la universidad, he vivido en 6 sitios diferentes, con esta última van ya 7 mudanzas y he tenido en total 17 compañeros de piso distintos. Este último piso ha sido con diferencia el mejor: tres niñas adorables para compartirlo, un proyector instalado para ver pelis y jugar a la consola en una pantalla de 1,5 x 2 metros y a 15 minutos en bici de la Escuela. La verdad, estoy harta de empaquetar mis cosas. Da pena ver las fotos de antes y después de recoger mi habitación, es como si me hubiese borrado.

El viernes por la mañana tenía cosas que hacer cerca de la Plaza Nueva y también en la calle Dr. Marañón, que está detrás del Hospital de La Macarena, así que me dediqué a despedirme un poco de Sevilla. Cogí la bici en Los Remedios, donde vivo vivía, la aparqué enfrente del Ayuntamiento y estuve dando un bonito y caluroso paseo a pie entre guiris colorados. Luego me dirigí de nuevo en bici hacia La Macarena. Atravesé la calle Amor de Dios hasta la Alameda y desde allí tiré por la calle Feria hasta Resolana. Pasé al lado de la muralla de La Macarena, del Parlamento de Andalucía y de la Facultad de Medicina hasta llegar a mi destino final. Quizá no es el camino más corto o más cómodo para ir pedaleando, pero a las 13:15 aproximadamente había tal bullicio y tal caos en todas esas calles que me pareció el escenario perfecto para recordar Sevilla justo como quería. Tampoco faltaban los 40º ni el riesgo de insolación.

Me cuesta mucho explicar cómo es Sevilla a los alemanes que me han preguntado últimamente. Creo que no consigo transmitirles las sensaciones de alboroto, desorden y, sobre todo, vida, que me provoca esta ciudad. La forma de conducir de los sevillanos (la peor de todas las ciudades que he visto), que antes me enfadaba y ahora que no me afecta gracias a la bici me hace mucha gracia, los viejos miarma que se quejan y te riñen por todo, los grupos de canis escandalosos y los grupos de pijas esperpénticas, la luz casi peremne y la belleza extrema de algunos lugares. Nunca he pensado en quedarme toda la vida en Sevilla, me gustaría escoger un lugar un poco más civilizado donde desempaquetar mis cajas para siempre, pero nunca dejaré de ir y de echar de menos ciertas cosas. Cuando en Viena anochece y todo es silencio y oscuridad en las calles o cuando andaba por Jena un domingo durante un par de horas sin ver más que a 2 o 3 personas y sin escuchar nada de nada, cuando entro en una tienda en Alemania o espero la cola de la panadería y nadie me habla para contarme cualquier tontería sin conocerme de nada, en esos momentos desearía estar caminando por Triana o soltando la bici en la Plaza del Salvador. Sevilla es tan preciosa…

Jena

Jena en AlemaniaComo veis, sobreviví a mi discurso incluso para ser capaz de coger un par de aviones. Yo tampoco sabía donde estaba Jena hasta que no me enteré de que iba a viajar allí. Desde el viernes pasado ando por Alemania oriental, concretamente por el estado de Turingia, dejando que me exploten un poco en la Fiedrich Schiller Universität Jena (que lleva ese nombre porque el propio Schiller dio clases en ella). Como bien afirman los panfletos, no es que Jena sea una ciudad con universidad, si no que toda la ciudad es la universidad. Tras 11 días aquí puedo confirmar que es cierto. También es donde Carl Zeiss empezó a hacer sus pinitos con las lentes y hay una gran fábrica de Carl-Zeiss. Multitud de cosas se llaman Zeiss-loquesea (hasta el equipo de fútbol). Es un sitio bastante bonito aunque pequeño y vacío de gente los domingos y que durante las vacaciones universitarias se transforma en una ciudad fantasma.

Uno de los aspectos traumáticos de mi estancia aquí ha sido mi alojamiento, colocado en una montaña (ya decía yo que el nombre del sitio, “Am Herrenberge”, no presagiaba nada bueno) que he tenido que subir y bajar a diario para coger el autobús. La tienda más cercana era un supermercado a más de 2 km de distancia. Os podéis imaginar el panorama: bosques, casitas, ausencia de ruido, ausencia de contaminación… Para algunos el paraíso, para mí el infierno. Creo que mis pulmones no están hechos para respirar aire puro y que no soy capaz de dormirme sino hay unos canis borrachos gritando debajo de mi ventana. Y por cierto, subir la montaña después de que unos alemanes te expriman en sesiones de trabajo durante el día, cargando con el portátil y con la compra, sujetando el paraguas y esquivando el agua que baja no es un contacto con la naturaleza nada agradable.

Lo mejor del viaje ha sido básicamente poder estar en Alemania: la seguridad y limpieza total en las calles, todos los tipos de pan tan rico, el reciclaje, los helados italianos baratísimos, las comidas “turingenses” a las que me han invitado y poder practicar muchísimo mi alemán. Ayer, aprovechando que mi jefe alemán se despidió de mí definitivamente el viernes, cogí un par de trenes y me fui a visitar las ciudades de Erfurt y Weimar. Son realmente preciosas, sobre todo la última. He puesto ya bastantes fotos en mi cuenta de Flickr y el martes pondré las que faltan.

Este viaje subvencionado por mi grupo de investigación pone el cierre a mi etapa investigadora en la universidad (si es que se la puede llamar así). Aunque de docencia me quedan un par de meses, el 14 de julio cumple mi contrato de investigación. Estaría feo describir el profundo sentimiento de liberación y alivio que me invade, así que diré que está muy bien concluir una etapa, haber probado cómo era eso de trabajar en la uni y encontrarme lista para volver a ser alumna de nuevo en Londres.

Mañana regreso a Sevilla. Me espera un viaje bastante largo entre trenes y aviones pero tengo ganas de volver a sentir los 40º y el sol, porque aquí lo que se lleva más es la lluvia y que el termómetro no suba de 20º en julio. Mi próximo destino, a partir del 26 de julio, también en tierras teutonas.

Anterior1Siguiente