Bratislava — Budapest (I)

Si alguna vez antes de empe­zar este viaje tuve dudas, del tipo “es mucho dinero”, “tengo que lle­var mi equi­paje de 5 meses con­migo”, “hay bas­tan­tes pro­ba­bi­li­da­des de ir sola”… si alguna vez me lle­gué a plan­tear no venir, des­pués del día de hoy creo que mi deci­sión final de venir ha entrado en el top 10 de las mejo­res deci­sio­nes de la historia.

Creo que ayer cuando dije que me había ale­grado mucho reci­bir un SMS de Jarek diciendo que venía a Bra­tis­lava no dejé lo sufi­cien­te­mente claro lo feliz que me sentí en ese momento. Puedo afir­mar con bas­tante segu­ri­dad que no cono­cer mejor a Jarek y a Lenka fue de lo que más me arre­pentí al ter­mi­nar mi estan­cia en Linz. La opor­tu­ni­dad de pasar un día entero en Bra­tis­lava con ellos era acon­te­ci­miento de suerte nivel 7 al menos.

Cuando lle­ga­mos a la esta­ción de Bra­tis­lava y nos reci­bie­ron con un mon­tón de galle­tas case­ras y pas­tel de fru­tas hechos por Lenka, una gran tableta de cho­co­late polaco que me traía Jarek y rega­los que Karo­lina me man­daba con él, empecé a intuir que el mejor día de mi viaje acaba de comen­zar. Como por la noche pre­ten­día­mos coger un tren para Buda­pest, lo pri­mero que inten­ta­mos tras sol­tar mis 30 kilos de equi­paje en la con­signa, fue ir a com­prar los bille­tes de tren. Ahí fue cuando nos ente­ra­mos de la huelga ferro­via­ria que hay ahora en Hun­gría, con lo cual, sólo podía­mos lle­gar hasta la fron­tera. La única posi­bi­li­dad era pillar algún autobús.

De cual­quier manera, nos fui­mos a ver cosi­tas por la ciu­dad. Lenka nos cuidó como nunca he visto a nadie hacerlo antes. Nos com­pró rega­los, nos llevó de un lado a otro hablando con todo el mundo, nos invitó a millo­nes de cosas típi­cas eslo­va­cas todo el día… no sé, fue increí­ble. Pude pro­bar Makove Sulance, una espe­cie de pos­tre con semi­llas de ama­pola y azú­car, real­mente espe­cial, sen­tir la atmós­fera sovié­tica que flo­taba junto con la nie­bla y los gri­ses edi­fi­cios, subir y bajar calles en tro­le­bús… ?aku­jem, Lenka, lu‘bim ta!

Los pla­nes ini­cia­les de Jarek eran estar hasta el vier­nes en Bra­tis­lava con Lenka, pero ésta tenía millo­nes de cosas que hacer para la uni­ver­si­dad, así que deci­dió que se podía venir para Buda­pest con noso­tros. Al hacerse tarde, comen­za­mos a preo­cu­par­nos un poco por nues­tro para­dero en las pró­xi­mas horas por­que no tenía­mos nin­gún billete para nin­gún sitio y ade­más sólo había un auto­bús que viniese para Buda­pest. Gra­cias a Lenka, encon­tra­mos una agen­cia de via­jes para estu­dian­tes que fle­taba un par de auto­bu­ses espe­cia­les al día. Allí nos enca­mi­na­mos y minu­tos des­pués salía­mos de allí con 3 bille­tes de ida y vuelta a Buda­pest por el pre­cio de 5€ cada uno. Sí, 5€, ida y vuelta, Bra­tis­lava — Buda­pest, vivan las huel­gas de los ferro­ca­rri­les hún­ga­ros. Como está­ba­mos en racha, llamé al alber­gue que tenía­mos reser­vado en Buda­pest a ver si tenían algún espa­cio donde Jarek pudiese dor­mir y como no podía ser de otra manera, tenían una cama libre pero sólo para el número exacto de noches que Jarek nece­si­taba. De ahí fui­mos dere­chi­tos al Slo­vak Pub a brin­dar por nosotros.

Des­pués de unas 2 horas y media de viaje en un auto­bús como­dí­simo en el que nos die­ron té gra­tis (yo creo que los 2.5€ que cos­taba el viaje de ida eran por el té y el viaje venía de regalo con la taza), lle­ga­mos a una esta­ción de auto­bu­ses desierta, sin dinero (sólo euros) en la que per­di­mos el último metro. Tras ser víc­ti­mas un sablazo tre­mendo de un taxista hún­garo y de subir 3 plan­tas en un ascen­sor de prin­ci­pios del siglo XX, ate­rri­za­mos en una suerte de comuna hip­pie en la que com­parto habi­ta­ción con siete tíos (7), que sólo tiene un baño para unas 20 per­so­nas sin pes­ti­llo ade­más (cuando entras tie­nes que col­gar un car­tel que pone “Ni se te ocu­rra pen­sar en abrir esta puerta”) y en la que creo que si me pongo a pin­tar las pare­des o a hacer agu­je­ros en el suelo de madera el dueño ven­drá a ofre­cerme herra­mien­tas para faci­li­tar mi tarea. Mien­tras miro la pul­sera fluo­res­cente que me han dado con la direc­ción y el telé­fono del alber­gue por si, lite­ral­mente, “estoy tan borra­cha que no soy capaz de vol­ver”, me siento sen­ci­lla­mente feliz.

Llevo 5 días dur­miendo una media de 5 horas, hoy he lle­vado una mochila de 10 kilos a cues­tas durante todo el día, he pasado por 3 paí­ses y ahora, a las 3 de la mañana, en vez de estar muerta en mi cama en las altu­ras estoy escri­biendo esto. Creo que saco la ener­gía de tanta feli­ci­dad. Jarek me decía en el auto­bús que ayer estaba abu­rrido en Var­so­via sin saber qué hacer y desde luego sin ima­gi­nar que 24 horas más tarde esta­ría en un auto­bús con­migo camino de Buda­pest des­pués de haber pasado un día increí­ble en Bra­tis­lava. Estu­vi­mos hablando sobre el valor que tiene ate­so­rar recuer­dos de este tipo. Yo antes no lo tenía tan claro, pero ahora, jamás me vol­veré a arre­pen­tir de no haber hecho algo, jamás.

Fotos, como siem­pre, aquí.

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