Los compañeros de piso

Los 4 años y medio que llevo viviendo en Sevi­lla me han dado la opor­tu­ni­dad de con­vi­vir con varia­dos espe­cí­me­nes y algu­nas for­mas de vida pri­ma­rias más cono­ci­das como com­pa­ñe­ros de piso. Ahora me gus­ta­ría com­par­tir todas mis expe­rien­cias con vosotros.

El pri­mer año que vine, siendo joven, incauta e igno­rante de la vida, com­partí piso con dos cha­va­les de mi pue­blo. A uno de ellos, Gosku, lo recuerdo como un gran com­pa­ñero de piso que nunca quiso impo­ner­nos su volun­tad mediante téc­ni­cas dic­ta­to­ria­les y al que nunca se le pudie­ron oir fra­ses como “¡esto no se pone ahí por­que no me sale de los cojo­nes!”, y que ade­más me deja tener este weblog en su hos­ting por la cara.

El otro, al que lla­ma­re­mos P., salió de mi pue­blo siendo lo que podría­mos lla­mar un chico sano, juga­dor de balon­cesto, no fuma­dor, inocente, amante de la bio­lo­gía… Dicha afi­ción le llevó a matri­cu­larse de 1º de Far­ma­cia. Influen­ciado, supo­ne­mos, por los per­so­na­jes que pobla­ban su facul­tad y alre­de­do­res, y vién­dose lejos del con­trol materno, P. me dio la posi­bi­li­dad de ver durante dos años el pro­ceso de deca­den­cia humana en todo su esplen­dor. Empezó pri­mero a no pisar las cla­ses, a vege­tar en el sillón viendo la tele y a leer de vez en cuando alguno de los libros que nos dejá­ba­mos por el salón. Este modo de vida lo sumió en el más abso­luto de los abu­rri­mien­tos. De ahí al con­sumo de dro­gas por apa­tía y a la dedi­ca­ción abso­luta a la mas­tur­ba­ción en sitios poco afor­tu­na­dos hay un pequeño paso que P. no dudó en dar.

Nues­tra diver­gen­cia de opi­nio­nes con el casero a pro­pó­sito del sofá y la ubi­ca­ción de la vivienda (pró­xima a las 3000) nos hizo aban­do­nar nues­tro pri­mer piso de estu­dian­tes y bus­car otro, de 4 dor­mi­to­rios (3 dor­mi­to­rios y 1 agu­jero en la pared). Como noso­tros éramos 3, nos vimos en la obli­ga­ción de encon­trar a alguien para que ocu­pase el zulo sin ven­ta­nas que nadie que­ría. Así fue como cono­ci­mos a R., com­pa­ñera de piso ejem­plar donde las haya, con la única pega de que su novio pare­cía mili­tar en las juven­tu­des hitle­ria­nas. Al prin­ci­pio sólo la mal­tra­taba psi­co­ló­gi­ca­mente a ella, cuando olvi­daba las lla­ves o no había estu­diado lo sufi­ciente, hasta que un des­afor­tu­nado día nos escu­chó a Jorge y a mí hablar refi­rién­do­nos a él como el pequeño dés­pota. Desde enton­ces nos declaró la gue­rra y estu­vi­mos sufriendo sus mues­tras de hos­ti­li­dad el resto de curso. Entre eso, la ame­ri­cana que se ins­taló en mi piso para ale­grarle la vida a Gosku y P. fumando peren­ne­mente en un sillón en la pipa de agua que se había fabri­cado con una bote­lla de agua Lan­ja­rón roñosa, ese año fue cuanto menos curioso.

Al aca­bar el curso mi vida dio un giro radi­cal y cam­bié de carrera, de piso y de com­pa­ñe­ros. Tres chi­cos fue­ron los afor­tu­na­dos. El pri­mero de ellos, mi amigo Juanjo, es todo lo que alguien que­rría como com­pa­ñero de piso: es el típico mani­tas, lo arre­gla abso­lu­ta­mente todo, desde la cis­terna a las per­sia­nas, desde la nevera a la mam­para de la ducha, no importa lo que sea­mos capa­ces de des­tro­zar. Ade­más, es un gran coci­nero, posee una Play Sta­tion 2 y es muy diver­tido, lo cual sirve para poder des­co­jo­nar­nos del resto de com­pa­ñe­ros cuando no están o cuando no nos escuchan.

El segundo de ellos, Miguel, ya ha apa­re­cido en algu­nos posts y no está ahora en mi piso. Todos los que cono­ce­mos a Miguel coin­ci­di­mos en que es un tipo pecu­liar. Fruto de su edu­ca­ción dis­persa (en Ando­rra, Cádiz, EEUU, cole­gio en fran­cés, inglés, espa­ñol…), sus esque­mas de razo­na­miento y cono­ci­miento no se corres­pon­den con lo nor­mal. Es capaz de estu­diar inge­nie­ría de tele­co­mu­ni­ca­cio­nes sin dema­sia­dos pro­ble­mas pero tro­pieza al relle­nar pape­les con pala­bras como “domi­ci­lio”, al inten­tar recor­dar los meses del año o el abe­ce­da­rio. Miguel vive ahora en un cha­let de estu­dian­tes en Madrid y estu­dia en una uni­ver­si­dad pija. Intento man­te­ner con él una corres­pon­den­cia regu­lar (irre­gu­lar por mi parte). Para que os hagáis una idea de sus excen­tri­ci­da­des men­ta­les, la pri­mera carta que me envió la mandó por Seur, des­pués de expre­sar su asom­bro por los ele­va­dos pre­cios del correo. Tras varios inten­tos des­cu­brió Correos, los sellos y los buzo­nes amarillos.

El ter­cer com­pa­ñero de piso, J.E.S.U.S. el robot cris­tiano, daría para varios posts de his­to­rias espe­luz­nan­tes, así que lo deja­re­mos para Hallo­ween o para cuando se olvide acci­den­tal­mente de que la esco­bi­lla del váter no es un adorno y des­pierte mis deseos de venganza.

Casi a punto de empe­zar el nuevo curso, Miguel anun­ció que nos aban­do­naba para ir en busca de una vida mejor. Para evi­tar la ruina enco­nó­mica, comen­za­mos a colo­car car­te­les para encon­trar un nuevo com­pa­ñero de piso. Con sep­tiem­bre empe­zado nues­tras expec­ta­ti­vas no eran muy bue­nas. Tras recha­zar a una fran­cesa robusta y a una ita­liana que sólo que­ría que­darse hasta febrero para des­gra­cia de Juanjo, ele­gi­mos a “La nueva”. Pro­ce­dente de un pequeño pue­blo del norte de Cór­doba y dis­puesta a estu­diar 1º de Indus­tria­les, el pri­mer día llegó con toda su fami­lia y sus esca­sas per­te­nen­cias. Como bue­nos com­pa­ñe­ros de piso, ade­más de lim­piar a fondo para que su madre pen­sase que dejaba a su hija en bue­nas manos, deci­di­mos hacer que se inte­grara un poco jugando todos una par­tida de Risk. Como “La nueva” des­co­no­cía los entre­si­jos del juego, no se nos ocu­rrió nada mejor que ponerla de pareja con J.E.S.U.S. La pobre nunca se recu­peró de aque­lla par­tida de casi 4 horas y no nos habló en todo el resto del curso. Se limi­taba a res­pon­der­nos con mono­sí­la­bos cuando le pre­gun­tá­ba­mos y a des­pla­zarse sigi­lo­sa­mente de la cocina a su habi­ta­ción. Comía con sus pro­pios pla­tos, cubier­tos y ser­vi­lle­tas, supongo que para no con­ta­giarse de nues­tras infec­cio­nes, y se piraba todos los fines de semana a su pue­blo. En una de sus ausen­cias la curio­si­dad nos pudo y entra­mos en su cuarto a ver si ave­ri­guá­ba­mos qué tipo de per­ver­sión se traía entre manos para ser así de extraña. Lo único que des­cu­bri­mos fue que tenía las pare­des total­mente recu­bier­tas de pós­ters, cual tinei­yer, de todos los ídolos juve­ni­les habi­dos y por haber, desde Fran Perea hasta Car­los Baute.

Durante un año, como bien defi­nió Jorge una vez, fue como si el 4º juga­dor de nues­tro piso hubiera sido la máquina. La última semana de curso vino a visi­tarla una her­mana y un tipo bas­tante alto que nunca supi­mos quién era ni qué tipo de rela­cio­nes (sexua­les) man­te­nían. Durante 7 lar­gos días vege­ta­ron los tres frente a la tele devo­rando todas las tele­no­ve­las que yo jamás ima­giné que ponían. Como “La nueva” no tuvo un año nada pro­ve­choso en pri­mero de indus­tria­les, deci­dió bus­car un futuro mejor en otra parte y tras esa semana se largó. Ni siquiera nos dejó lle­varla a la esta­ción. Creo que si ahora me la encon­trase por la calle se pon­dría a mirar algún esca­pa­rate fin­giendo que no me conoce.

Como ya venía siendo habi­tual, en junio nos pusi­mos a bus­car otra com­pa­ñera de piso para este año. Des­pués de un duro cas­ting que rea­li­za­mos entre Juanjo y yo, encon­tra­mos a Catie, yan­kee de pro. Pen­sá­ba­mos que podría­mos mejo­rar nues­tro inglés y todas esas cosas. El día que fui­mos a reco­gerla al aero­puerto no sabía­mos que está­ba­mos metiendo en nues­tro piso a una ver­da­dera arma de des­truc­ción masiva ame­ri­cana con la misión de no dejar ni un solo elec­tro­do­més­tico fun­cio­nando cuando ter­mi­nase el curso. La tía, en lo que va de año, ha des­tro­zado lo menos 6 o 7 cosas, ade­más de algu­nas de las que no nos habre­mos dado cuenta. Cada vez que se escu­cha un estruendo en algún lugar de la casa, Catie viene y dice su frase mágica: “Rosa, he rotado otra cosa en el piso” y noso­tros nos echa­mos a tem­blar por nues­tra fianza.

Así a bote pronto recuerdo que ha roto, desde prin­ci­pios de octubre:

  • La bati­dora. A juz­gar por como quedó la tapa, segu­ra­mente la tiró al suelo y la piso­teó con sus pode­ro­sos pies (la tía anda des­calza sin inmu­tarse por nues­tro asque­roso piso de estu­dian­tes, hasta por la cocina). Hay que decir a su favor que com­pró otra bati­dora casi igual que habría des­tro­zado nada más sacar de la caja, si Juanjo no llega a intervenir
  • La cerra­dura de la puerta, aun­que de esto tene­mos que atri­buirle parte del mérito a J.E.S.U.S. La broma nos costó 90€ de cerra­jero ade­más de un buen rato tira­dos en la calle sin poder entrar.
  • Un toa­llero, supo­ne­mos que el con­cepto de col­gar las toa­llas es dife­rente en Amé­rica. Allí implica apli­car una gran fuerza ver­ti­cal para que que­den bien colgadas
  • La gro­tesca taza más ancha que alta que la bisa­buela de J.E.S.U.S. le entregó en su lecho de muerte y que éste le había prohi­bido ama­ble­mente a Catie usar. Cuando Juanjo y yo vimos que Catie había olvi­dado la prohi­bi­ción y gol­peado dicha taza con una cuchara de helado hasta rom­perla, por poco nos mori­mos de la risa allí mismo.
  • La sand­wi­chera. Gol­peó con su hom­bro for­nido la balda de la cocina donde estaba colo­cada hasta tirarla al suelo donde reventó. Aún pudi­mos sal­var los leds de encendido.

Des­gra­cia­da­mente podré actua­li­zar esa lista durante el resto del curso. Qui­tando todo eso de rom­per cosas, la tía es gra­ciosa, sim­pá­tica y no es mala com­pa­ñera de piso. Es la coci­nera más nefasta que hemos visto nunca, prueba de ello son sus famo­sas cro­que­tas con­ge­la­das en el micro­on­das y su ali­men­ta­ción a base de tos­ta­das con Noci­lla (ya que aquí no tene­mos man­te­qui­lla de cacahuete), y tiene millo­nes de ami­gos de todas las nacio­na­li­da­des que inva­den nues­tro salón un fin de semana sí y otro también.

Por cierto, a todos los que aún vivís con vues­tros papás os reco­miendo que pro­béis la expe­rien­cia de com­par­tir piso, yendo de Eras­mus o en verano a tra­ba­jar a algún país o lo que sea. Ahora que ya no hay mili obli­ga­to­ria, hay que bus­car for­mas alter­na­ti­vas de cur­tirse en la vida.

6 comentarios en Los compañeros de piso

  1. Joaquín dice:

    Pues sí que has escrito xD, al final he con­se­guido leerlo entero ^^, a ver si con­sigo resu­ci­tar mi blog, y a ver si la pro­xima vez que jugue­mos al fut­bo­lin me ganais o Jorge o tu :P, quien pierda paga xDDDD

    P.D. Soy la segunda per­sona que te ha visto con­du­cir, que honor xD

  2. Jorge dice:

    No me acor­daba del \“pequeño dic­ta­dor\”.
    De un día para otro dejó de hablarme.
    Fué el día des­pués de leer a escon­di­das el poema que le escri­bió a R.:
    \“Si el mundo fuera monár­quico, sólo tú serías mi reina\”.
    Nos escu­chó cachon­dean­do­nos y reci­tando una ver­sión más adap­tada a él:
    \“Cuando ins­taure mi dic­ta­dura, sólo tú serás mi brazo derecho\”.

  3. adobo dice:

    Jojo, “he rotado otra cosa” XDD

    Me he reído un buen rato con lo que has escrito, muy bueno :)

  4. Joaquín dice:

    Ya veo que has arre­glado esto de los comen­ta­rios, espero con ganas tu redac­ción del inci­dente ocu­rrido esta tarde en el gim­na­sio xD, saludos

  5. Laura dice:

    xDDDDD Sin pala­bras… me dan ganas de irme a vivir a un piso de estudiantes…

    PD: yo SI man­tuve una con­ver­sa­ción con la nueva xD

  6. Lolore dice:

    NO me he des­co­jo­nado mas en la vida. xD y al ser de sevi­lla ma exo gra­cia lo d las 3000 xD y lo de rotado tb es weni­simo, k isto­rias xD

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