Archivo de Febrero, 2007

Matemática, ¿estás ahí?

matemática, ¿estás ahí?

  • Adrián Paenza
  • Editorial RBA
  • ISBN: 8478717919
  • 253 páginas

LOVE it!!

Sigo con mi propósito de los libros hablando de este librillo que amenizó mi vuelta de Madrid en el autobús. Tengo que advertir que mi valoración y opinión no son del todo objetivas porque las matemáticas son, probablemente, lo que más me gusta en el mundo (rivalizando con el desayuno y otros placeres más carnales). Bien, pues este libro es una pasada. En concreto, en él se abordan aspectos de las mates que me atraen especialmente, como los distintos infinitos y la teoría de números.

En principio pensaba que el libro se dedicaba a explicar aspectos de la vida cotidiana relacionados con las mates, como cosas de probabilidad y votaciones, pero va más allá, sobre todo con lo del concepto de infinito. Adrían Paenza explica también bastantes anécdotas personales y de gente que ha conocido. Cuenta cosas sobre matemáticos famosos y hace algunas demostraciones de forma realmente simple y bonita.

Me ha gustado el hincapié que hace el autor en intentar explicar a qué se dedican los matemáticos y para qué sirve lo que hacen a todos los lectores que presumiblemente no tragan mucho las mates. Atribuye toda la culpa de la mala fama de las mates a los propios profesores, que no saben transmitir a los alumnos toda su belleza. Dice el autor que es curioso que las mates es de las pocas cosas de las que la gente se jacta de no saber nada sobre ellas, y eso es algo que no deja de sorprenderme.

En cuanto al contenido “técnico”, la verdad es que yo no he leído nada que no supiera, pero me ha encantado la forma en que estaba planteado y explicado todo. Creo que si no hubiera sabido las cosas que se cuentan en este libro y las hubiera descubierto en la forma en la que están escritas, me habría emocionado bastante (de hecho me emocioné aún sabiéndolas). Es el típico libro que voy a ir dejando a toda la gente que se queja de las mates. Es realmente ameno (me duró más o menos la mitad del viaje), entretenido y, en mi opinión, muy fácil de comprender.

A mí las matemáticas me parecen la cosa más increiblemente hermosa que existe y me resulta un poco frustrante que la mayoría de la gente sienta poco menos que asco por ellas. Por eso me gustaría que mucha gente leyera todo lo que ahí está escrito y se emocionase al menos la mitad de lo que lo hice yo.

Además, por si fuera poco, el libro se puede descargar gratuitamente aquí, así que ya no tenéis ninguna excusa.

Campaña de marketing

Para compensar que por algún oscuro motivo que no alcanzo a averiguar la página no se ve en Internet Explorer os pongo aquí una foto de unas bragas. Son un regalo de San Valentín del todo inesperado (yo nunca he recibido nada por San Valentín, aparte de las típicas rosas que se regalaban en el instituto), pero muy apropiado. Espero que atraigan más visitas que mis anteriores posts llenos de texto ;)

Regalo de San Valentín

Este fin de semana parto hacia Madrid a visitar a Miguel a su chalet de estudiantes. Sexo, drogas, rock & roll y sobre todo allanamientos de morada… no alcanzo a imaginar lo que me depara la visita, pero sea como sea, lo contaré por aquí la semana que viene.

Situaciones humillantes (II)

En la segunda entrega de este bonito tema dedicado a subiros la autoestima voy a relataros la que creo que es la situación más humillante que he soportado en mi vida. En este caso mi subconsciente y Freud me han traicionado y la anécdota en cuestión no ha sido reprimida y olvidada en absoluto.

Resulta que mi madre, lejos de ser una de esas personas super protectoras de sus retoños, era partidaria de que los niños cuanto antes espabilasen y aprendieran a apañárselas solos mejor. Es por esto que cuando tenía 8 años le dio por mandarme 15 días en verano a una especie de campamento llamado colonia infantil. Una colonia infantil es un recinto con instalaciones como campos deportivos, piscina, etc, donde varios cientos de niños enrabiados de entre 8 y 12 años intentan convivir en base a la ley de la jungla. Es como los campamentos de idiomas en Inglaterra donde van los niños pijos, pero en mi caso, el campamento estaba en Ronda y el idioma era el español malagueño.

Contra todo pronóstico, no me convertí en el mono de feria del campamento e incluso me divertí allí. Mi madre consideró que era positivo para mi educación, dado que durante el curso yo tendía al aislamiento social y a la inadaptación que provoca el hablar con las Barbies. Así pues, al año siguiente tocó repetir en el mismo sitio. Después de los primeros días, reencuentros con las antiguas amigas, antiguos monitores y todo eso, andaba yo en bikini una tarde por la piscina en unas horas libres que teníamos. No recuerdo qué pasaba por mi mente en esos momentos, pero algún motivo estúpido provocado por mi inexperiencia me impulsó a tirarme en bomba a la piscina (ya sabéis, agarrando las rodillas en el aire). Después de hundirme en las profundidades de la piscina, decidí que era hora de tomar el sol, así que enfilé la escalerilla y salí. Mientras llegaba a mi toalla me paré educadamente a saludar a unas cuantas conocidas desperdigadas por el cesped, que me miraron con cara ciertamente extraña y divertida. Continué andando, escuchando gritos de niños a mi alrededor pero que obviamente no iban conmigo. Llegué, al fin, a mi toalla donde estaba mi amiga del campamento gesticulando. Se me quedó mirando muy seria y me señaló el torso. Miré hacia abajo y dije “Tierra, trágame, pero YA”. Había estado paseándome por medio cesped con la parte de arriba del bikini medio enrollada en el cuello.

Al contrario que la mayoría de las niñas de 9 años, yo sí que tenía de lo que avergonzarme. Os diré que fui una niña bastante precoz en mi crecimiento y el resto lo dejo a vuestra guarra imaginación. Al parecer, mi amiga había intentado advertirme desde lejos cuando salí del agua, pero a esa edad yo ya era miope perdida y en la piscina no llevaba gafas.

A estas alturas de la vida, he aprendido que tirarse en bomba con un bikini tipo top no es una idea brillante. Ni que decir tiene que después de ese año no volví a pisar una colonia infantil.

Situaciones humillantes (I)

Este es un tema que siempre da mucho juego para escribir, sobre todo si la persona que lo escribe no se caracteriza por su destreza y habilidad. La naturaleza ha querido que nunca me falten anécdotas de este tipo para contar. Ayer, sin ir más lejos, en el gimnasio me metí un buen chute de humillación pública gracias a ese artefacto endemoniado llamado máquina de correr.

Llegué al gimnasio como siempre, cogí el iPod y la toalla y todas las cosas y me dispuse a correr 11 minutos (que es lo que toca esta semana como parte de mi entrenamiento de superación personal para conseguir correr 20 minutos seguidos sin que luego me tengan que intubar). Me subí en la máquina de correr, la encendí y se me ocurrió la estupenda idea de practicar un poco de alemán durante la carrerita. Resulta que tengo metidos en el iPod dos CDs de mi libro de alemán con los textos, la pronunciación y todo eso, así que mientras corría me puse los auriculares y apreté el play. El destino es caprichoso y quiso que el iPod tuviese puesto el volumen al máximo después de la última vez que lo usé con la radio de un coche. Un estruendo en alemán me atravesó los tímpanos. En esos momentos sólo podía pensar en bajar el volumen inmediatamente, pero con los nervios y la presión de una sordera prematura no atinaba con la dichosa ruedecita táctil. Como además estaba corriendo, el iPod al final se me resbaló de las manos, se soltó de los auriculares salvándome de tener que llevar audífonos el resto de mi vida y desapareció de la cinta. Yo estaba tan desconcertada con todo que olvidé que me encontraba sobre una cinta a 8 km/h y quise recuperar mi iPod del suelo, así que no sé por qué, me paré. Hacer eso y salir despedida hacia atrás fue todo uno. Trastabillé como pude casi apoyando las manos en la cinta consciente de que estaba haciendo el más absoluto de los rídiculos y gracias a que un amable lector de este blog se encontraba en la cinta de al lado y paró la mía no acabé estampada contra las bicicletas estáticas del fondo.

Una amable chica me trajo mi iPod de vuelta. Eché un vistazo alrededor y vi a toda la gente del gimnasio (mucha gente a esa hora) mirándome con una expresión que no era precisamente de preocupación.

El iPod afortunadamente salió ileso gracias a la funda de silicona que tiene puesta. Lástima que no vendan fundas para el orgullo y la dignidad.

Los compañeros de piso

Los 4 años y medio que llevo viviendo en Sevilla me han dado la oportunidad de convivir con variados especímenes y algunas formas de vida primarias más conocidas como compañeros de piso. Ahora me gustaría compartir todas mis experiencias con vosotros.

El primer año que vine, siendo joven, incauta e ignorante de la vida, compartí piso con dos chavales de mi pueblo. A uno de ellos, Gosku, lo recuerdo como un gran compañero de piso que nunca quiso imponernos su voluntad mediante técnicas dictatoriales y al que nunca se le pudieron oir frases como “¡esto no se pone ahí porque no me sale de los cojones!”, y que además me deja tener este weblog en su hosting por la cara.

El otro, al que llamaremos P., salió de mi pueblo siendo lo que podríamos llamar un chico sano, jugador de baloncesto, no fumador, inocente, amante de la biología… Dicha afición le llevó a matricularse de 1º de Farmacia. Influenciado, suponemos, por los personajes que poblaban su facultad y alrededores, y viéndose lejos del control materno, P. me dio la posibilidad de ver durante dos años el proceso de decadencia humana en todo su esplendor. Empezó primero a no pisar las clases, a vegetar en el sillón viendo la tele y a leer de vez en cuando alguno de los libros que nos dejábamos por el salón. Este modo de vida lo sumió en el más absoluto de los aburrimientos. De ahí al consumo de drogas por apatía y a la dedicación absoluta a la masturbación en sitios poco afortunados hay un pequeño paso que P. no dudó en dar.

Nuestra divergencia de opiniones con el casero a propósito del sofá y la ubicación de la vivienda (próxima a las 3000) nos hizo abandonar nuestro primer piso de estudiantes y buscar otro, de 4 dormitorios (3 dormitorios y 1 agujero en la pared). Como nosotros éramos 3, nos vimos en la obligación de encontrar a alguien para que ocupase el zulo sin ventanas que nadie quería. Así fue como conocimos a R., compañera de piso ejemplar donde las haya, con la única pega de que su novio parecía militar en las juventudes hitlerianas. Al principio sólo la maltrataba psicológicamente a ella, cuando olvidaba las llaves o no había estudiado lo suficiente, hasta que un desafortunado día nos escuchó a Jorge y a mí hablar refiriéndonos a él como el pequeño déspota. Desde entonces nos declaró la guerra y estuvimos sufriendo sus muestras de hostilidad el resto de curso. Entre eso, la americana que se instaló en mi piso para alegrarle la vida a Gosku y P. fumando perennemente en un sillón en la pipa de agua que se había fabricado con una botella de agua Lanjarón roñosa, ese año fue cuanto menos curioso.

Al acabar el curso mi vida dio un giro radical y cambié de carrera, de piso y de compañeros. Tres chicos fueron los afortunados. El primero de ellos, mi amigo Juanjo, es todo lo que alguien querría como compañero de piso: es el típico manitas, lo arregla absolutamente todo, desde la cisterna a las persianas, desde la nevera a la mampara de la ducha, no importa lo que seamos capaces de destrozar. Además, es un gran cocinero, posee una Play Station 2 y es muy divertido, lo cual sirve para poder descojonarnos del resto de compañeros cuando no están o cuando no nos escuchan.

El segundo de ellos, Miguel, ya ha aparecido en algunos posts y no está ahora en mi piso. Todos los que conocemos a Miguel coincidimos en que es un tipo peculiar. Fruto de su educación dispersa (en Andorra, Cádiz, EEUU, colegio en francés, inglés, español…), sus esquemas de razonamiento y conocimiento no se corresponden con lo normal. Es capaz de estudiar ingeniería de telecomunicaciones sin demasiados problemas pero tropieza al rellenar papeles con palabras como “domicilio”, al intentar recordar los meses del año o el abecedario. Miguel vive ahora en un chalet de estudiantes en Madrid y estudia en una universidad pija. Intento mantener con él una correspondencia regular (irregular por mi parte). Para que os hagáis una idea de sus excentricidades mentales, la primera carta que me envió la mandó por Seur, después de expresar su asombro por los elevados precios del correo. Tras varios intentos descubrió Correos, los sellos y los buzones amarillos.

El tercer compañero de piso, J.E.S.U.S. el robot cristiano, daría para varios posts de historias espeluznantes, así que lo dejaremos para Halloween o para cuando se olvide accidentalmente de que la escobilla del váter no es un adorno y despierte mis deseos de venganza.

Casi a punto de empezar el nuevo curso, Miguel anunció que nos abandonaba para ir en busca de una vida mejor. Para evitar la ruina enconómica, comenzamos a colocar carteles para encontrar un nuevo compañero de piso. Con septiembre empezado nuestras expectativas no eran muy buenas. Tras rechazar a una francesa robusta y a una italiana que sólo quería quedarse hasta febrero para desgracia de Juanjo, elegimos a “La nueva”. Procedente de un pequeño pueblo del norte de Córdoba y dispuesta a estudiar 1º de Industriales, el primer día llegó con toda su familia y sus escasas pertenencias. Como buenos compañeros de piso, además de limpiar a fondo para que su madre pensase que dejaba a su hija en buenas manos, decidimos hacer que se integrara un poco jugando todos una partida de Risk. Como “La nueva” desconocía los entresijos del juego, no se nos ocurrió nada mejor que ponerla de pareja con J.E.S.U.S. La pobre nunca se recuperó de aquella partida de casi 4 horas y no nos habló en todo el resto del curso. Se limitaba a respondernos con monosílabos cuando le preguntábamos y a desplazarse sigilosamente de la cocina a su habitación. Comía con sus propios platos, cubiertos y servilletas, supongo que para no contagiarse de nuestras infecciones, y se piraba todos los fines de semana a su pueblo. En una de sus ausencias la curiosidad nos pudo y entramos en su cuarto a ver si averiguábamos qué tipo de perversión se traía entre manos para ser así de extraña. Lo único que descubrimos fue que tenía las paredes totalmente recubiertas de pósters, cual tineiyer, de todos los ídolos juveniles habidos y por haber, desde Fran Perea hasta Carlos Baute.

Durante un año, como bien definió Jorge una vez, fue como si el 4º jugador de nuestro piso hubiera sido la máquina. La última semana de curso vino a visitarla una hermana y un tipo bastante alto que nunca supimos quién era ni qué tipo de relaciones (sexuales) mantenían. Durante 7 largos días vegetaron los tres frente a la tele devorando todas las telenovelas que yo jamás imaginé que ponían. Como “La nueva” no tuvo un año nada provechoso en primero de industriales, decidió buscar un futuro mejor en otra parte y tras esa semana se largó. Ni siquiera nos dejó llevarla a la estación. Creo que si ahora me la encontrase por la calle se pondría a mirar algún escaparate fingiendo que no me conoce.

Como ya venía siendo habitual, en junio nos pusimos a buscar otra compañera de piso para este año. Después de un duro casting que realizamos entre Juanjo y yo, encontramos a Catie, yankee de pro. Pensábamos que podríamos mejorar nuestro inglés y todas esas cosas. El día que fuimos a recogerla al aeropuerto no sabíamos que estábamos metiendo en nuestro piso a una verdadera arma de destrucción masiva americana con la misión de no dejar ni un solo electrodoméstico funcionando cuando terminase el curso. La tía, en lo que va de año, ha destrozado lo menos 6 o 7 cosas, además de algunas de las que no nos habremos dado cuenta. Cada vez que se escucha un estruendo en algún lugar de la casa, Catie viene y dice su frase mágica: “Rosa, he rotado otra cosa en el piso” y nosotros nos echamos a temblar por nuestra fianza.

Así a bote pronto recuerdo que ha roto, desde principios de octubre:

  • La batidora. A juzgar por como quedó la tapa, seguramente la tiró al suelo y la pisoteó con sus poderosos pies (la tía anda descalza sin inmutarse por nuestro asqueroso piso de estudiantes, hasta por la cocina). Hay que decir a su favor que compró otra batidora casi igual que habría destrozado nada más sacar de la caja, si Juanjo no llega a intervenir
  • La cerradura de la puerta, aunque de esto tenemos que atribuirle parte del mérito a J.E.S.U.S. La broma nos costó 90€ de cerrajero además de un buen rato tirados en la calle sin poder entrar.
  • Un toallero, suponemos que el concepto de colgar las toallas es diferente en América. Allí implica aplicar una gran fuerza vertical para que queden bien colgadas
  • La grotesca taza más ancha que alta que la bisabuela de J.E.S.U.S. le entregó en su lecho de muerte y que éste le había prohibido amablemente a Catie usar. Cuando Juanjo y yo vimos que Catie había olvidado la prohibición y golpeado dicha taza con una cuchara de helado hasta romperla, por poco nos morimos de la risa allí mismo.
  • La sandwichera. Golpeó con su hombro fornido la balda de la cocina donde estaba colocada hasta tirarla al suelo donde reventó. Aún pudimos salvar los leds de encendido.

Desgraciadamente podré actualizar esa lista durante el resto del curso. Quitando todo eso de romper cosas, la tía es graciosa, simpática y no es mala compañera de piso. Es la cocinera más nefasta que hemos visto nunca, prueba de ello son sus famosas croquetas congeladas en el microondas y su alimentación a base de tostadas con Nocilla (ya que aquí no tenemos mantequilla de cacahuete), y tiene millones de amigos de todas las nacionalidades que invaden nuestro salón un fin de semana sí y otro también.

Por cierto, a todos los que aún vivís con vuestros papás os recomiendo que probéis la experiencia de compartir piso, yendo de Erasmus o en verano a trabajar a algún país o lo que sea. Ahora que ya no hay mili obligatoria, hay que buscar formas alternativas de curtirse en la vida.

Anterior1Siguiente