Es cierto que desde que vivo en Madrid he dejado la bici bastante de lado, más que nada porque casi todo me pilla cerca caminando y a pie es mucho más fácil subir y bajar las cuestas de Lavapiés, La Latina y Malasaña. Pero sigo teniendo mi bici, mi casco y no he perdido ni un ápice de interés por todo el mundillo de las dos ruedas y el ciclismo urbano, y supongo que cuando mi situación actual cambie volveré a usar la bici como transporte habitual. Por eso, después de lo mucho que me gustó su primera edición el año pasado, no podía perderme la nueva entrega del FestiBal con B de bici en Matadero Madrid.
Bicicletas everywhere, también en libros y cuadernos
Este año estaba genial, incluso con el frío y la lluvia que insisten en aparecer por Madrid en mayo: música estupenda, el carrito de Toma Café (que no se pierde ni un sólo sarao cool), catering de Olivia te cuida, talleres de Peseta, una bicilicuadora para hacerse zumos, puestos con cosas súper bonitas y sobre todo bicicletas por todas partes. Más fotos chulis del festiBal por aquí.
Zumos a pedales en la bicilicuadora by CiclaLab
Aprovechando la visita me pasé también a ver las nuevas exposiciones en La Casa del Lector. No he hablado en el blog de este espacio, que se inaguró hace varios meses y está dedicado exclusivamente a los lectores, con exposiciones, espacios para leer, actividades constantes, clubes de lectura o un sistema de préstamo de kindles. Creo que es lo que más me gusta de Matadero.
Para terminar de exprimir el sábado, al salir de la exposición me marché para el Thyssen, gratis con motivo del Día Internacional de los Museos. Alguien me diría que no era el mejor día, puesto que cuando llegué la plaza de Neptuno estaba ya completamente tomada por los hinchas del Atleti y acordonada por la policía. Sin embargo, aunque el fútbol ni me va ni me viene, me anima el ambiente festivo y de celebración. El broche al sábado, por raro que parezca, lo pusieron un par de horitas en la ofi.
Desde que volvimos de Japón he estado básicamente habitando la oficina (es otra vez esa época del año) y tratando de disfrutar los cambios de temperatura y el montón de planes disponibles. Por supuesto, eso implica dejar de lado otras cosas como escribir aquí a pesar de que había cogido algo de carrerilla durante el viaje.
Sin embargo, hoy no podía dejar de escribir como ya hice el año pasado, con motivo del Día del Libro. Tengo ganas de que el 23 de abril caiga en sábado para poder participar en más actividades de los cientos que hay organizadas en Madrid un día como éste. A la hora de comer me escapé rápido para ver los puestos que algunas de mis librerías favoritas habían montado en la Plaza de Callao. Por la tarde sólo teníamos tiempo para hacer algo corto a partir de las siete, así que el Círculo de Bellas Artes era el candidato perfecto. Por supuesto, tenía que marcar el día de hoy con un plan bien cultureta-gafapasta.
Para terminar con la visita, la subida obligada a la azotea para admirar el cielo de Madrid que, me avergüenza reconocer, todavía no había visto desde allí.
Los últimos días en Tokyo los hemos dedicado a rellenar los huecos pendientes de nuestra lista, de la guía Tokyo Encounter de Lonely Planet y a hacer cosas que no nos había dado tiempo antes o que nos apetecía repetir.
Preciosos jardines pasados por agua y Super Potato
El miércoles teníamos planeado ir por la mañana a los jardines Koishikawa Korakuen, que nos habíamos saltado al principio, y eso hicimos. Craso error, porque estuvo lloviendo cada vez más fuerte desde que salimos del hotel y lo que habría sido una visita bastante chula porque los jardines eran preciosos, se convirtió en un asco de mañana. Para compensar un poco, secarnos y entrar en calor nos fuimos a Akihabara a comer unagi y a buscar la tienda de Super Potato, que nos habíamos saltado el primer día.
Koishikawa Korakuen bajo la lluvia
Super Potato es una pasada de tienda de videojuegos retro, nunca había visto nada igual. Está en las plantas 3, 4 y 5 de un edificio un poco escondido. Subiendo por unas escaleras llenas de cosas pegadas en la pared (recortes, dibujos…) te encuentras estanterías repletas de juegos de NES, SNES y Gameboy y sus respectivas consolas, merchandising antiguo, Virtual Boys, Game & Watch en sus cajas originales, decenas de guías antiguas, un montón de juegos y plataformas desconocidas (al menos para mí)… En la última planta tenían además un arcade con máquinas retro y un puesto con un montón de chuches japonesas. Es un sitio chulísimo que me extraña que no venga mencionado en la Tokyo Encounter, ya que ese tipo de sitios tan llamativos casi siempre aparecen.
Guía de Super Mario World en Super Potato
De paseo por el barrio hipster: Shimo-kitazawa
El penúltimo día lo pasamos en gran parte dando vueltas por las calles de Shimo-kitazawa, al parecer uno de los barrios más cool de Tokyo, Está lleno de tiendas de ropa vintage y de segunda mano, boutiques independientes y cafés chulis y venía como highlight en la Lonely Planet y recomendado en distintos sitios. Era un cambio con respecto a los rascacielos que tanto abundan en otras partes de la ciudad y la verdad es que ciertas calles me recordaron incluso un poco a Europa.
Paseando por Shimo-kitazawa
Karaoke!
Casi al final del viaje todavía nos quedaba una cosa pendiente por hacer: ir a un karaoke. Busqué cuál era el que salía en la peli de Lost in Translation y resultó ser uno de Shibuya que nos pillaba genial: Karaoke-kan, súper cerca de la estación. No es que a nosotros nos encante el karaoke la verdad, como mucho nos gusta jugar al Ultrastar, pero era por la gracia de la experiencia.
La entrada del Karaoke-kan en Shibuya
Cuando llegamos al sitio la chica que atendía no hablaba nada de inglés y tenían todos los folletos y carteles en japonés, así que el principio fue un pelín complicado. Comprendimos que se pagaba en franjas de 30 minutos y que teníamos que pedir como mínimo una bebida por persona, que acabó siendo una fanta de melón con hielos para cada uno. Una vez aclarado el mecanismo, nos subimos a la habitación que nos habían asignado y que no tenía nada que ver con las espaciosas 601 y 602 (las que salen en la peli), que tienen estupendas vistas de Shibuya y están a la altura de Scarlett Johansson y Bill Murray. Era más bien un cubículo con micrófonos, sofás y unos tablets para controlar el karaoke. El problema es que todo estaba en japonés. Después de mucho esfuerzo conseguimos poner parte de la interfaz en inglés y cantar Hotel California, Michelle y Wonderwall mientras nos acabábamos nuestras fantas de melón justo a tiempo para salir antes de los primeros 30 minutos. La verdad es que por menos de ¥1000 en total (unos 8€ y pico) fue bastante divertido.
Despedida en el Edo-Tokyo Museum
Para el último día no teníamos nada pensado para antes de salir hacia el aeropuerto, así que decidimos visitar el Edo-Tokyo Museum, que lo ponían muy bien en la guía y que nos habíamos saltado sin saber muy bien por qué. Y menos mal que fuimos porque nos gustó muchísimo, más que el Tokyo National Museum.
Fachada de teatro y miniaturas de en maqueta en el Edo-Tokyo Museum
Además de la exhibición permanente sobre la historia de Tokyo, que es realmente interesante, de pura casualidad coincidimos con la exposición temporal Katsushika Hokusai Exhibit, donde pudimos ver pinturas tan famosas como The Great Wave off Kanagawa o Fine Wind, Clear Morning.
Y del Edo-Tokyo Museum a por las maletas al hotel y de camino a Narita. Más de 30 horas después aquí estamos, ya en Madrid, aguantando el sueño como podemos para vencer el jetlag. Echaremos un poco de menos la limpieza extrema, la gente súper educada, los baños guays por todas partes y la comida rica y barata disponible a cualquier hora y en cualquier lado. Aunque entender todo lo que te dicen se agradece, la verdad.
Que Japón es un país lleno de contrastes y que en Tokyo se pueden experimentar al máximo imagino que no se le escapa a nadie. Eso permite intercalar actividades muy diferentes incluso en pocos días de viaje
Budas y templos en Kamakura
El lunes era nuestro último día de Japan Rail Pass, así que decidimos dedicar la mañana a ir de excursión a Kamakura. Era un poco rollo porque hacía bastante frío y lloviznaba todo el rato. Aun así, la molestia mereció muchísimo la pena porque allí pudimos ver dos de las mejores cosas del viaje:
El gran buda de Kamakura, una estatua gigante del buda Amida en el templo Kotoku-in. Es más pequeño que el buda de Nara, pero al estar al descubierto y poder acercarte mucho más (puedes incluso entrar dentro de él), creo que la impresión es mayor.
El precioso templo de Hase-dera, construido en una ladera en varios niveles. Había una cueva a la que podías entrar agachado y recorrer pasillos y distintas estancias, con estatuas de la diosa Benzaiten, alumbradas con velas y montones de pequeñas estatuillas que la gente deja con mensajes.
Estatuillas dentro de la cueva y un buda muy mono en Hase-dera
Al salir del templo, como la lluvia era más fuerte y hacía mucho frío, decidimos volver a Tokyo y ponernos a cubierto cediendo ante el consumismo: ¡Ginza!
De tiendas en Ginza
Nuestra primera parada para refugiarnos de la lluvia, justo al lado de la estación del JR, era la enorme tienda de Muji, una especie de mini-IKEA versión japonesa. Con un supermercado, un café-restaurante y hasta una casa de dos plantas a la que puedes entrar decorada completamente con cosas de Muji, es el paraíso para los fans de la marca sin nombre. Una pena que las cosas no valgan más baratas.
Cruce de Ginza
Camino del cruce de Ginza pasamos por el Sony Building, un poco decepcionante, para continuar hasta la flagship de Uniqlo. Echamos un montón de menos esta tienda desde que nos mudamos de Londres y aquí, con los precios más bajos y un montón de plantas, Jorge aprovechó para hacer una de sus súper compras de ropa bi-anuales. De allí, con algunas paradas intermedias más, llegamos a la última tienda de nuestra lista, Itoya, el paraíso para los fanáticos de las cositas de papelería y el material de oficina elevado al máximo gracias a la obsesión japonesa por estos temas. En mis papelerías favoritas de Londres no había una sección tan guay de washi o de útiles de caligrafía japonesa.
Miffy en kimono
El día siguiente también tuvo su espacio de consumismo, en algunas tiendas de Shibuya. En particular, en la octava planta de los grandes almacenes Seibu tenían una sección de mercería genial, con toda clase de kits DIY extremadamente kawaii y una tienda pop-up many many Miffy muy graciosa.
Sushi para desayunar en Tsukiji
Una de las cosas que más tenía ganas de hacer cuando planeamos el viaje a Japón era visitar el mercado de Tsukiji, la lonja de pescado más grande del mundo. Para ver la subasta del atún que tiene lugar a diario hay que llegar sobre las 4:00 de la mañana y la verdad es que nuestro interés no llegaba a tanto, así que nos levantamos a eso de las 6:30 y llegamos un poquito más tarde pero con bastante frío.
Pescado expuesto y pescadero rallando bonito seco (katsuobushi)
Una vez en Tsukiji tienes que tener muchísimo cuidado y estar alerta todo el tiempo, ya que el mercado es un ajetreo brutal de carros motorizados, motos y pescaderos con armas muy afiladas intentando hacer su trabajo a pesar de todos los turistas mirones. En la parte exterior hay puestos de verduras, útiles de cocina, cuchillos y diversos ingredientes en cantidades grandes y a precios más bajos que en las tiendas, abiertos desde muy temprano. La parte interior, con los puestos de pescado, abre al público a partir de las 9:00. Una vez te cansas de dar vueltas por los puestos y de admirar lomos de atún gigantes, gambas rarísimas y pescaderos con cuchillos enormes cortando pescado, es obligatorio ir a uno de los mini-restaurantes de sushi que están al lado para desayunar sushi súper fresco.
La cola de la puerta y el sushi de Daiwa Sushi
Para elegir el sitio donde comer, habíamos leído que el truco era ir a donde había más japoneses haciendo cola, y que los dos mejores (o al menos más famosos) eran Sushidai y Daiwa Sushi. La cola de Daiwa Sushi era un poco más pequeña y además estaba más resguardada del viento y del frío, así que allí nos pusimos a esperar (creo que unos 45 minutos). Cuando por fin ocupamos nuestros taburetes en la apretada barra eran como las 10:30, así que para nuestros horarios japoneses se podría considerar casi un brunch más que un desayuno. Los chefs preparan el pescado delante de ti y van colocando los trozos de sushi directamente en la tabla donde también te ponen el wasabi y el jengibre. Y sí, todos los que me habían hablado del sushi de Tsukiji tenían razón: es el mejor sushi que he comido en mi vida, además de haber podido probar algunos hasta ahora desconocidos para mí como el de ikura gukan (huevas de salmón) o el de uni (gónadas de los erizos de mar, así como suena). Jorge, que pensaba que no le gustaba el sushi, cambió radicalmente de opinión al primer bocado de la pieza de toro (corte graso del vientre del atún).
Rascacielos y Dragon Quest en Roppongi
Habiendo comido posiblemente el mejor sushi de nuestra vida, pillamos el metro dirección Roppongi para ver muchos rascacielos y la Tokyo Tower. La zona de Roppongi Hills me recordó una barbaridad a Canary Wharf en Londres. En Roppongi teníamos además un sitio marcado en el mapa: el Luida’s Bar, un bar temático de Dragon Quest donde puedes comer limos y beber pociones con la música del videojuego de fondo y Luida dando vueltas por allí. Nunca había estado en un bar temático y aunque no soy fan del Dragon Quest me pareció chulísimo, así que nos quedamos un rato. Después de reponer fuerzas por unas pocas monedas de oro y aprovechando que ya no hacía tanto frío, seguimos dando vueltas por Roppongi durante un buen rato y luego nos volvimos a Shibuya andando, unos 3km, que en distancias de Tokyo se traducirían en “más cerca imposible”, imagino.
Araña en Roppongi Hills, con la Tokyo Tower al fondo
La desintoxicación de templos y naturaleza fue inmediata al volver de Kyoto y salir de la estación de Shibuya, justo en su famoso cruce, de camino a nuestro segundo hotel en Tokyo. Nada más soltar las maletas nos fuimos a dar vueltas por la zona, pasar por la Love Hotel Hill y por supuesto ver bien el cruce. Pasamos por él varias veces junto al resto de la marea humana, lo fotografiamos desde la ventana enorme del Starbucks y fuimos a ver la estatua de Hachiko. Las calles de Shibuya molan muchísimo, creo que representan un poco la imagen mental que muchos tenemos de Tokyo.
Cruce de Shibuya
Estos últimos días la migraña ha decidido atacar así que nos ha costado bastante mantener el ritmo pero aun así hemos podido ver cosas muy chulas.
Sakura, historia y templos en Ueno, Asakusa y Harajuku
El sábado por la mañana nos levantamos bastante temprano para ir al parque de Ueno. Esta vez sí que estaban todos los cerezos en flor y el parque era un hervidero de gente, incluso antes de las 9 de la mañana. Ya había gente haciendo picnic y puestos de comida en pleno funcionamiento como si fuesen las 12 del mediodía. Nos pasamos primero por los templos Benten-do y Kiyomizu Kannon-do para ir luego a visitar el Tokyo National Museum, donde además había un jardín precioso.
Al salir del museo fuimos andando en dirección a Asakusa. La primera parada era la zona de Kappabashi-dori, básicamente una calle con decenas de tiendas que venden todo lo que un restaurante puede necesitar, excepto la comida. Nuestra intención era ver las tiendas que venden réplicas de comida hechas en cera o plástico. En Japón un montón de restaurantes exponen modelos de los platos que sirven en una especie de escaparate, algo bastante práctico para gente como nosotros que no tiene ni idea de japonés. La verdad es que es cuanto menos curioso.
Luego nos dirigimos hacia la parte más guay: el templo Senso-ji y la zona de alrededor. No sé si por ser sábado o por las flores de cerezo o simplemente porque es Tokyo, había una cantidad de gente increíble. Casi todas las calles alrededor del templo son peatonales y están abarrotadas de sitios para comer, muchos con mesas en la calle para aprovechar el buen tiempo. En uno de ellos comimos genial (soba fríos, mis noodles favoritos, y arroz con tempura) por una cantidad irrisoria de dinero, como hasta ahora en Tokyo.
Una de las calles que llevan a Senso-ji y gente comiendo por la zona
El domingo por la mañana nos fuimos andando al parque de Yoyogi, que no es tan bonito ni mucho menos como el de Ueno pero que estaba lleno de gente haciendo toda clase de deportes, algunos un poco raros. Estaba en nuestro camino a Meiji-jingu, un santuario que me encantó por lo sobrio y majestuoso que parecía. El camino de entrada está como en medio de un bosque, marcado por unos altos torii de madera. Se estaban celebrando dos bodas y todo emanaba un aire muy solemne y tradicional.
El sábado por la tarde nos fuimos a ver la zona de Ikebukuro. Aquí se suelen encontrar las otome, algo así como el equivalente femenino de otaku, principalmente en Otome Road donde hay varias tiendas de manga que hacen mucho enfásis en el género yaoi. Sin embargo, mi mayor interés en esa zona era el Japan Traditional Craft Center por lo que fue una gran decepción encontrárnoslo cerrado por renovación. No obstante, aprovechamos para tachar otra cosa de nuestra to-do list edición Japón entrando en un Cat café, básicamente un sitio donde pagas por jugar con gatos durante un rato. Suena tan absurdo que teníamos que probarlo, aunque luego los gatos no nos hacían ni caso.
Chicas en Shibuya
Una buena parte del domingo la pasamos en Harajuku, zona conocida por la avenida Omote-sando, que al parecer es algo así como el equivalente en Tokyo a los Campos Elíseos de París. No es tan bonita ni mucho menos, pero es ancha y está repletas de tiendas de grandes firmas y centros comerciales lujosos. Destaca la tienda de Prada Aoyama, a la que merece la pena acercarse sólo por ver el edificio. En Shibuya también hay un montón de tiendas y grandes almacenes, algunos de ellos muy fashion que me recuerdan mucho a algunas de Londres o NY pero con diseñadores desconocidos para mí, y por supuesto, con unos precios en general altísimos. Los que más me gustaron fueron Parco (Part 1, 2 y 3), en Shibuya y Laforet en Harajuku, ambos con muchas tiendas pop-up diferentes, espacios para exposiciones y eventos, cafés… Allí descubrí la marca Pou Dou Dou.
Mascota callejera en Harajuku
Pero la ropa no era lo importante en nuestro caso. La tienda de Kiddyland en Harajuku y la Character Street en la inmensa estación de Tokyo eran dos lugares que tenía apuntados en mi lista de tiendas cute y la verdad es que no han defraudado. Kiddyland son 4 plantas de juguetes y cositas súper monas, con su propia Snoopy Town y una tienda entera del oso Rilakkuma. También tienen una buena selección de merchandising de Ghibli. En la Character Street de la estación de Tokyo hay un buen montón de tiendas de distintas TVs japonesas, vendiendo merchandising de personajes, desde Doraemon hasta nuestro nuevo descubrimiento, el hamster con patitas minúsculas Kapibara-san.
En estos tres días en Kyoto hemos visto posiblemente algunas de las vistas más espectaculares del viaje entre templos y santuarios patrimonio de la Unesco. También hemos aprovechado para quedarnos en un ryokan, una de posada tradicional japonesa donde los suelos son de tatami y duermes en un futón. Nunca había probado antes a dormir en uno y la verdad es que es muy cómodo y se duerme genial. A pesar de eso, en Kyoto no he conseguido dormir más de 5 horas ningún día. Mi cuerpo se revela contra las vacaciones y la diferencia horaria, y se empeña en despertar a las 4 de la mañana para revisar los e-mails de trabajo recibidos en horario español. Lo único bueno de eso es que en Kyoto y alrededores todos los templos y santuarios cierran sobre las 17:00 y abren tempranísimo, así que en vez de dar vueltas en el futón, hemos aprovechado para ver cosas a horas muy tempranas.
Templos en Kyoto
Uno de los templos que más nos impresionó, tal vez por ser el primero al que fuimos, es Kiyomizu-dera. Se llega subiendo por una calle empinada llamada Chawan-zaka (algo así como callejuela de las teteras), con muchas tiendas de souvenirs y artesanía de Kyoto. Al salir y como ya era tarde y todo cerraba, decidimos darnos una vuelta por Gion, el distrito de las geishas. Había leído que molaba ir al atardecer o por la noche y la verdad es que las calles llenas de tiendecitas de artesanía, wagashi (dulces japoneses), casas de té y adornadas con farolillos encendidos eran bastante bonitas. No vimos ninguna geisha y se nos había pasado hacer planes para ver algún espectáculo de danza, ikebana o de la ceremonia del té, un poco fail.
Kiyomizu-dera y farolillos alumbrando la calle
El día siguiente con el cielo nublado y llovizna, visitamos el Nishi Hongan-ji porque nos pillaba al lado del ryokan, para luego dirigirnos en bus a la parte norte de Higashiyama, un lugar lleno de cosas para ver. Caminamos un trozo del Tetsugaku no michi o Camino del Filósofo, que desgraciadamente está repleto de cerezos a los que les queda todavía una semana o así para florecer. Nuestro destino era el Ginkaku-ji, también conocido como Templo del Pabellón de Plata, aunque el sueño de su constructor de recubrirlo con plata nunca se cumpliera. El jardín que rodea este templo es realmente precioso. Al lado está Honen-in, otro templo con un cementerio que nos gustó bastante.
Conejitos de la suerte entre Ginkaku-ji y Honen-in y velas en Kinkaku-ji
Después del Pabellón de Plata tocaba el famoso y fotografiado Templo del Pabellón Dorado, Kinkaku-ji, un lugar donde hacer fotos de postal con el recubrimiento dorado reflejado en el estanque Kyoko-chi.
Kinkaku-ji, el Pabellón Dorado
Andando durante un rato llegamos al Ryoan-ji, un templo zen con un famoso jardín seco que supuestamente transmite paz y tranquilidad a quienes lo contemplan. No sé si me hizo efecto, la verdad, pero ésta fue la última parada del día a causa del cansancio por no dormir y de la lluvia que caía.
Excursión a Nara
Uno de nuestros planes mientras estuviéramos en Kyoto era hacer una excursión hasta Nara. Gracias a nuestro adquirido biorritmo kyotense, pudimos pillar el tren a eso de las 7 de la mañana. De camino hicimos una parada en el santuario de Fushimi Inari-taisha, al pie del monte Inari, que es espectacular. Hacía mucho frío y estuvimos corriendo arriba y abajo atravesando miles de torii que recorren los caminos montaña arriba, cada vez más asombrados. El conjunto es una pasada y me alegro mucho de haber visto algo así al menos una vez en la vida.
Al llegar a Nara, una ciudad muy turística, hospitalaria y amigable, nos dirigimos a su famoso parque lleno de ciervos, donde están la mayoría de lugares que merece la pena ver. Había leído que por los templos y por el parque había bastantes ciervos, pero no me imaginaba que pudiese haber tantos. Había puestos en los que podías comprar una especie de galletas de barquillo para alimentarlos, pero la gente que lo hacía corría el riesgo de ser perseguida por un grupo de ciervos curiosos que podían terminar comiéndose tu chaqueta o tu mapa.
Nuestra primera parada a la entrada del parque era el templo Kofuku-ji. Después tocaba el sitio estrella de la excursión: el templo Todai-ji, donde se encuentra una gigantesca estructura de madera, el Daibutsu-den en cuyo interior está la estatua de bronce más grande del mundo del Buda Vairocana. “Espectacular” e “impresionante” se quedan cortas para describirlo, creo. Allí además tuve la oportunidad de hacer algo divertido, uniéndome a la fila de niños y mujeres de pequeño-mediano tamaño para atravesar una de las columnas por un agujero bastante angosto. Menos mal que convencí a Jorge de que no lo intentase.
El impresionante Daibutsu-den y lámparas en Kasuga-taisha
Al final estuvimos viendo el Kasuga-taisha (santuario de Kasuga), lleno de lámparas de piedra por todas partes, antes de volver a Kyoto.
Bosque de bambú, jardín y té matcha
Al llegar, como era temprano, teníamos tiempo de ir a ver lo que nos habíamos saltado el día anterior, el bosque de bambú de Sagano que termina al lado del Okochi-Sanso. El pasillo entre los bambúes es toda una experiencia, especialmente si sopla viento y todos se mueven haciendo un ruido que casi podría parecer música. Allí además pudimos ver a dos geishas. Al final del camino nos esperaba el Okochi-Sanso, una villa propiedad del actor de pelis de samurais Okochi Denjiro, cuyo jardín está abierto al público y es precioso. La entrada es más cara que las de los templos pero incluye un rico y fuerte té matcha con un pequeño dulce típico en el salón de té que tienen a la entrada. Lo más chulo del jardín es que andas casi todo el rato por un sendero marcado realmente estrecho, a veces agachando la cabeza al atravesar algunos arcos, y terminas subiendo hasta un montículo desde el que admirar la ciudad.
Hoy, despierta desde las 3:50 de la mañana y con sobredosis de templos y santuarios, volvemos en el shinkansen para Tokyo donde la desintoxicación en forma de Shibuya nos espera.